7 de octubre 2008 - 00:00

La ambulancia deberá recoger más heridos

Es un derrumbe con estrépito. Asia, Europa, las Américas, atravesadas todas por un mismo rayo fulminante. No hay más desacople que la cadencia del huso horario. No se requiere tampoco exposición especial de motivos. En su testimonio de ayer ante los investigadores del Congreso, Richard Fuld, quien piloteara los destinos de Lehman Brothers, achacó su naufragio a una «tormenta de miedo» alimentada por rumores, reglas desactualizadas y la lenta reacción de los reguladores. En último instancia, dijo, el culpable fue la pérdida de confianza. Se refería al destino aciago de Lehman; podía estar hablando del desplome vertical de los mercados de capitales. Es claro, sin embargo, que no se puede ser juez y parte. En el tintero de Fuld quedaron omisiones valiosas. Los errores de cálculo en la apreciación de los riesgos, el apalancamiento endemoniado y, a contramano, el abrupto recorte de crédito son más que meros rumores. Y su presencia también jala del gatillo. En el zafarrancho de Lehman y en la caída a plomo de las Bolsas. Después de todo, el miedo no es zonzo.

¿Cómo se explica un lunes tan sombrío? ¿No funcionó el paquete de rescate de Paulson? No es así. Todavía, es obvio, no se lo comenzó a ejecutar. ¿Como anuncio potente no debería, acaso, empezar a rendir frutos desde su aprobación? Era la idea original. No se logró. Desde el salvataje de Fannie Mae y Freddie Mac, la ley de los rendimientos marginales decrecientes gobierna los mensajes de política económica. Los planes escalan en ambición, los efectos de la comunicación se agotan más deprisa. Lo que en tiempos borrascosos dice más sobre las veleidades del estado de ánimo que sobre la capacidad de las iniciativas. Pero tornará todo empeño cuesta arriba.

¿Tendrá el temporal la delicadeza de plegar sus alas hasta que Paulson pueda implementar su programa? Está visto que no lo hará. La crisis ya es un alud. Y lo peor es que avanza en varios frentes. Así como la intervención de las dos grandes agencias hipotecarias frenó las cavilaciones sobre la calidad de su deuda, pero no detuvo su marcha porque, trascartón, Lehman se convirtió en una obsesión dominante; la aprobación del paquete de rescate en el Congreso de los EE.UU. despejó los temores puntuales, pero el reguero de la crisis saltó el Atlántico y clavó su puñal en Alemania. El espectáculo impensado de un salvataje de segunda instancia a Hypo Real Estate (resuelto a último minuto) y Angela Merkel garantizando los depósitos de particulares para evitar lo que hubiera sido una corrida memorable, le dieron ayer el empujón fatídico a las Bolsas. A esta altura, es difícil no pensar que cualquier otro motivo igual hubiera servido.

  • Enfermedad

  • Desde su inicio, la crisis financiera es, ante todo, una enfermedad de los mercados de crédito. Corrosiva y pertinaz. Las Bolsas no lideran. Ni anticipan. Son arrastradas por el huracán que se desplaza bajo sus pies y que emana de un mercado monetario en constante ebullición. La recesión en EE.UU., Europa y Japón es un destino inexorable (desde que el petróleo, en julio, acarició los 150 dólares por barril y obligó a los bancos centrales a disparar su artillería). Sin embargo, las Bolsas acusaron recibo de esa realidad con tardanza y a desgano. Computando la jornada de ayer, el Dow Jones acumula una retracción de 30% desde sus máximos absolutos de octubre 2007. Aunque lastime, no es una retracción extraordinaria. Es la merma promedio que ocurre en un mercado «bear» (bajista) común y silvestre. Y un destrozo muy acotado cuando se repara en que la crisis financiera se graduó en setiembre como la primera de naturaleza verdaderamente sistémica y de alcance global desde la Gran Depresión. En comparación, el mismo Dow Jones se hundió 40% en la última temporada de los osos en 2001-2002.

    No son las Bolsas las que dictan el pulso de la crisis, sino apenas un reflejo. Nada es más dañino que la erosión del mercado monetario. Nada que exija reparación más urgente. Si no se estabiliza el fondeo para bancos, corporaciones y estados provinciales y municipales no tendrá éxito ningún esfuerzo de reconstrucción. Por más que se vuelquen billones de dólares (como lo muestra el titánico esfuerzo de la Fed y otros bancos centrales). Será comparable a sembrar en el agua. Ese objetivo básico es el primer paso imprescindible. Sólo después, propuestas como el paquete de rescate de Paulson podrán traccionar una recuperación. Allí es donde hay que concentrar los empeños.

    La extensión de garantías públicas a los depositantes -aun por parte de quienes manifestarán su cerrada oposición hasta horas antes de dar su brazo a torcer- es una solución expeditiva. Si se quiere, la menor de las herejías que resultarán necesarias. Y una respuesta eficaz. En cambio, el drenaje de recursos de los fondos comunes de money market no cesa, a pesar de la garantía estatal. Ello repercute, en forma directa, sobre el mercado de pagarés empresarios ( commercial papers) cuya secuencia de cancelaciones netas es dramática: 52 mil millones de dólares, 61 mil millones y 95 mil millones (en las tres últimas semanas). No sólo los emisores corporativos sufren el rechazo.

    La banca está expuesta por partida doble. Sus propios pagarés no logran ser renovados al vencimiento. Y ella misma respalda -con un acuerdo de sobregiro o un put de liquidez, pactados con antelación- el pago de las obligaciones empresarias que no pueden refinanciarse. Súmese la parálisis del mercado interbancario y se comprenderá el berenjenal. Para completar el cuadro, estados y municipalidades -todos sujetos de riesgo crediticio (recordar que la ciudad de Nueva York estuvo dos veces al borde de la quiebra)- también padecen la sequía de fondos. Que la realidad es más dura que las películas puede dar fe el gobernador Schwarzenegger. Si no se abre antes una alternativa que allane recursos, California agotará sus disponibilidades antes que culmine octubre. Y no es el único en la lista.

    Esta zozobra de financiamiento es lo que tironea la demanda por redescuentos. Sólo en EE.UU. se pasó de un nivel de 21 mil millones de dólares pre-Lehman a 123 mil millones de dólares, la semana posterior, a 262 mil millones, siete días después, y a 409 mil millones el último miércoles. En los segmentos de mercado donde la asfixia es mayor, los redescuentos son un cable a tierra vital. Sólo los tres grandes bancos de inversión (Merrill Lynch, Morgan Stanley, Goldman Sachs) acumulan un uso de las líneas de la Fed por 150 mil millones de dólares. Pero la asistencia no se agota en los redescuentos, obran también 83 mil millones de dólares en pases y la ventanilla de subasta de fondos TAF por 150 mil millones de dólares. Desde su activo helicóptero, Ben Bernanke ayer anunció que la línea TAF se ampliará nuevamente. Con un par de licitaciones especiales pautadas para atender el pico de demanda estacional de fin de año, este renglón podrá llegar a los 900 mil millones de dólares. De ahí, la importancia de que en el paquete de rescate, el Congreso aprobara la facultad de la Fed de pagar intereses sobre las reservas bancarias. Ello le permitirá recoger los sobrantes de liquidezde aquellos bolsones donde se acumula con fines de precaución (y que no se prestan por los temores generalizados). En el caso del Banco Central Europeo, la ventanilla Lombard absorbe hoy en día unos 45 mil millones de euros.

    Pero, como se dijo, la necesidadtiene cara de hereje. No habría que descartar, si no se calman las aguas por sí solas, que la Fed y el Tesoro extiendan una garantía sábana no sólo sobre los depósitos y los fondos de money market, sino también sobre un espectro de obligaciones más amplio. Así como hubo que atender las penurias de la banca de inversión y de una compañía de seguros como AIG, la ambulancia de la Fed puede tener que recoger otros heridos de excepción. Irlanda (y Suecia en su modelo exitoso de salvataje bancario de los años 90) concedieron una cobertura estatal a las deudas de sus bancos.

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