"Me decidí", expresó anoche en una reunión el ex presidente Carlos Menem. A continuación, mencionó que iniciará una querella penal a los miembros de la oficina anticorrupción. "No es posible que por razones meramente políticas se mantenga aún preso a Víctor Alderete, ni la campaña desatada contra María Julia Alsogaray para disimular ante la opinión pública los errores del gobierno. Alderete fue un correcto funcionario que en un organismo difícil como el PAMI lo mantuvo en $ 600 millones de déficit y ahora la Alianza ya lo llevó a $ 800 millones. Se están incendiando 300 mil hectáreas en La Pampa y nadie dice nada, y cuando a María Julia Alsogaray como funcionaria se le quemaban unos pocos bosques en Bariloche en verano por exceso de calor, la atacaban sin misericordia." Menem esperará el Año Nuevo en Anillaco y el 20 de enero viajará a Estados Unidos para la asunción del presidente electo George W. Bush. A su vez el presidente De la Rúa se ha propuesto evitar que su antecesor lo opaque en la relación con la nueva administración que se instalará en Washington. Por eso, se ha propuesto mantener una entrevista con el nuevo presidente antes del 20, misión que está ahora en manos de Enrique Nosiglia.
Un libro reciente publicado en Brasil, «Diplomacia presidencial», consigna que la prensa de ese país minusvaloraba tanto a Fernando Henrique Cardoso en relación con Carlos Menem que, cuando informaba sobre algún viaje del presidente brasileño, lo hacía de tal manera que siempre se dirigía a algún sitio adonde el argentino estaba por ir o por donde Menem ya había pasado. Fernando de la Rúa parece inclinado al mismo «comparatismo» pero ya aparecieron quienes pretenden evitar, por lo menos, que el riojano llegue primero.
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Uno de ellos es Enrique Nosiglia, quien acaba de conmover al gobierno con una propuesta: que el Presidente visite a George W. Bush antes que Menem, es decir antes del 20 de enero próximo, día de la asunción del nuevo presidente de los Estados Unidos. En esa ocasión, Menem estará entre los invitados especiales, es decir entre los amigos del padre del nuevo mandatario. Desde que los demócratas se ensañaron con Bush Jr. reprochándole «gobernar con los amigos de su padre», el lote que integrará Menem se ha vuelto especial-mente llamativo.
Nosiglia, que será más discreto pero no menos competitivo que el ex mandatario peronista, se ha empeñado en que De la Rúa tenga su foto un rato antes. Claro, no leyó el manual de formalidades que sí obsesiona a Guillermo González, el actual embajador en los Estados Unidos. González se inmortalizó jugando en la nieve con Graciela Fernández Meijide durante el primer viaje de la ministra a Washington.
Negociados
Pero tiene antecedentes más antiguos: fue el negociador discreto a quien Guido Di Tella encomendó llevar adelante su «política de seducción» a los británicos (como el ex ministro es un seductor compulsivo, terminó dedicándose también a los kelpers) desde Berna, cuando representaba al país ante el gobierno suizo. Mucho antes de eso tuvo otro momento de protagonismo.
Fue mientras se desempeñaba como consejero en la representación argentina ante la OEA y debió defender al gobierno militar de las acusaciones formuladas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (lo recuerda bien su colega de entonces, Gerónimo «Tincho» Cortés Funes, quien a diferencia de González se negaba a prestar esos servicios al Proceso; hoy Cortés Funes es director de América del Norte de la Cancillería).
Con tantos pergaminos profesionales, la sangre de González hirvió al enterarse de que en la oficina de Nosiglia planeaban operaciones que están fuera de su alcance. Desde su embajada, el diplomático comenzó a emitir argumentos en contra de la entrevista con Bush que se le propuso a De la Rúa. «Ningún presidente va a hacer algo así» fue una de sus razones. «Eso no se estila», la otra. Como se ve, estos motivos hicieron que De la Rúa viera cada vez con mayor simpatía la iniciativa de «Coti». Tal vez por eso empezaron a circular otros reparos, menos académicos: que «Nosiglia arregló este viaje gracias a los contactos de (José Luis) Manzano y los cubanos de Miami» fue el más insistente. González debe saber que las visitas poco convencionales se consiguen también con métodos poco convencionales, aunque nada más previsible que llegar a un Bush a través de cubanos exiliados: los cubanos castristas son mal recibidos en esa familia. Adalberto Rodríguez Giavarini todavía no emitió una palabra. Acaso se justifique su silencio por más de una razón. Por ejemplo, González no se mostró todo lo eficiente que se esperaba cuando la Cancillería debió enterarse de la apertura de negociaciones entre los Estados Unidos y Chile por el ALCA. Por suerte Peter Romero, el subsecretario de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado, es amigo del canciller y de su segundo, Horacio Chighizola, y les avisó personalmente sobre la inquietante novedad. Habrá que ver si no habrá violado el manual de buenas costumbres del embajador González.
El silencio del canciller se explica también por otro recuerdo, más remoto: fue testigo de la velocidad de Nosiglia para conseguirle una «foto oportunity» a De la Rúa con otro presidente norteamericano. Fue hacia 1996, cuando introdujo al actual presidente en la enorme carpa en la que Bill Clinton ofrecía una comida de campa-ña. Al lado de De la Rúa estaba Ramón Ortega, buscando el mismo retrato. Todo fuera del manual, obviamente.
Presiones
Si en aquel momento De la Rúa admitió las heterodoxias de Nosiglia (el festejo de Clinton era en Miami: González debe tener buena información sobre los modos de llegar de «Coti»), es posible que reincida. Ahora está presionado por la aceleración de negociaciones comerciales con Estados Unidos y también por el aliento de Menem: el riojano se regodeó delante de él hablando con el nuevo presidente norteamericano y no tuvo ni la delicadeza de pasarle el teléfono. Ante esas premuras, la necesidad de establecer contacto con la nueva administración en Washington se hace comprensible. Lógicamente, el camino burocrático que tiene previsto González es muy correcto pero lento. En Dick Morris nadie piensa: se vendió demasiado como antiguo consultor de Clinton como para que alguien recuerde que su verdadero patrón es Trent Lott, senador por Tennessee y figura deci-siva de la bancada republicana (es, precisamente, uno de los amigos del padre del nuevo presidente y suele ocupar una butaca vecina a la de James Baker en la cocina de los Bush). Es comprensible, entonces, que De la Rúa haya pensado en Nosiglia, aunque cada vez que lo mencione aclare: «Lo veo muy poco». No menos de lo necesario.
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