Como si fuera una costumbre, Néstor Kirchner viajó ayer a La Matanza. Allí, como hace siempre, obsequia obras a uno de sus intendentes preferidos, Alberto Balestrini, y se supone que a cambio cosechará adhesiones. Muchas no se han visto -inclusive, el propio Balestrini ya arregló con Eduardo Duhalde su candidatura como segundo en la lista del Senado y hasta el cargo que tendrá en ese cuerpo cuando sea elegido-y sorprende inclusive la escasa devoción de la gente para acompañar estas visitas generosas del mejor cuño peronista (de los años '50, claro, y que Kirchner ha repetido en Santa Cruz cuando era gobernador). Fue tan mínima la participación de adictos y curiosos que hasta en las radios más oficiales, que transmitieron el evento, se veían en figurillas para contar la exangüe repercusión. Eso sí, estuvieron los «guardianes de la democracia» -a cargo de Julio De Vido, ministro de todas las estructuras-, jubones beneficiados por el oficialismo y como tales responden bajo la batuta de un gordo disfrazado de pingüino que en rigor no beneficia al Presidente.
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