Para algunos, es la historia del «Chori» Domínguez, el crack y delantero de Quilmes que pasó a River. De la B a la primera y, seguro, luego a las grandes ligas. Para otros, lo bajaron de un hondazo, del manejo in totum de todas las áreas nacionales al control reducido de una zona semidormida. Entre esos dos límites se analizaba la sorpresiva designación de Aníbal («Hannibal») Fernández, quien pasó de la Secretaría General de la Presidencia al Ministerio de la Producción, plaza vacante desde la breve y poco feliz actuación de Ignacio de Mendiguren. Cargo para el que ingenuamente se mencionó a Carlos Brown (recién operado) o Martín Redrado (al que le encomendaron un trabajo de largo plazo para el comercio exterior).
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Hombre de Quilmes, como el «Chori», Fernández es un contador «up to day» con la Internet que nada sin problemas en las influyentes aguas de Lomas de Zamora, tierra de los Duhalde. Más, satisface los dos polos familiares: le sirve al marido y siempre tuvo la protección de la esposa, dato relevante a considerar. Aún con la resistencia de algunos hombres del entorno, poco afectos a los extraños al barrio.
Fernández, en principio, llega con cierto aval de Roberto Lavagna, quien le reconoce capacidad de interlocutor, cualidad que no suele encontrar en otros hombres de la Casa Rosada. Primer escollo salvado, ya que el titular de Economía dispone de cierto celo en sus dominios. Segundo, Duhalde venía de una crisis personal de hace semanas en la que confesó: «Tantos años en la Gobernación bregando por las PyMEs, por la asistencia a la producción, y tengo vacía en la Presidencia la cartera que más me importa. En algo ando mal». Esa carencia se le hizo más notable cuando escuchaba al secretario nacional de las PyME, su amigo Julio Massara -un industrial obviamente de Lomas-, quien le agobia la oreja con la reacción positiva de las empresas de todo el país luego de la devaluación. Tan fuerte ha sido este mensaje, junto a los óptimos diagnósticos de Lavagna, que Duhalde hoy repite en cualquier conversación «lo bien que se recupera la economía argentina».
• Lanzamiento
Pero sería ingenuo pensar que esta movida sólo apunta a reivindicar un ministerio apagado o darle una simple oportunidad a un colaborador que le resultó eficiente en la Gobernación y ahora en la Presidencia, donde se caracteriza por estar temprano, irse tarde, resolver problemas y, especialmente, atender como un enciclopedista todos los requerimientos. Más bien Duhalde lanza al espacio esta bengala de Fernández con la mirada puesta en su universo preferido, tal vez único: la provincia de Buenos Aires. Y, aunque presuma de un acuerdo para que continúe Felipe Solá, es obvio que los dos hombres se desconfían y, por lo tanto, el oficialismo-duhaldista imagina otras alternativas (no olvidar, además, que la quimera de Duhalde es la fórmula Reutemann - Solá).
Para Fernández, hombre de la política, Producción sólo puede ser un peldaño en su marcha de los sueños: aspira a la Gobernación bonaerense y, en ese rumbo, hoy debe coincidir con Duhalde. Tal vez la función que asume le permita un grado de conocimiento que, ahora, no alcanza desde la Secretaría a pesar de su persistencia en los medios. Su modelo de aproximación es semejante al defectuoso y fallido que en su momento también inspiró Brown, otro cercano al Presidente en Buenos Aires. Lo de Fernández quizás tenga más galladura en los próximos 9 meses, ya que dispondrá de fondos para «corredores productivos», controlar dinero de prefinanciaciones, etc. Además, ofrece otros rasgos: cierta bipolaridad -nunca se inhibió por abrazarse en público con menemistas tipo Alberto Kohan-, fascinación por «Los redonditos de ricota» y la guitarra como terapia, admirador del fuego fatuo de Carlos Ruckauf -quien seguramente influyó sobre el mandatario para la designación-, preferido de Chiche, de confianza infinita sobre temas finitos para el círculo duhaldista, va de «la Producción a la Gobernación» con un bigote más denso que el de Solá. Para ser menos estéticos, a la batalla del barrio Norte contra la zona Sur. La belleza de la política, para sus participantes, consiste en que todos los días se abre una expectativa, aunque muchos de los mensajes sean de humo.
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