Si el blooper del presidente Jorge Batlle fue una cachetada a la diplomacia, el almuerzo de disculpas que compartió en la residencia de Olivos fue un alarde insuperable de buenas maneras. No se podía hablar del incidente, ni de las noticias del día (no había otra que el incidente), ni de la crisis de los mercados, ni de las negociaciones con el FMI.
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Conversar de fútbol hubiera sido una exageración. Como además Duhalde había quedado con las palabras de Batlle más mustio que nunca, como si no se hubiera podido recuperar de la golpiza, los temas los planteó el visitante. Por eso la mesa que integraron junto a los presidentes Hernán Patiño Meyer, Alberto Volonté (embajadores), Jorge Faurie, Raúl Lagos (secretarios de Estado), Carlos Ben y Eduardo Amadeo (voceros) debió tolerar con paciencia lecciones de historia y de agronomía, las dos pasiones de Batlle.
Cuando vio en una pared de Olivos un óleo con paisaje marino, el presidente uruguayo (que, entre otras aficiones, tiene la del coleccionismo de arte y libros) contó la historia de su autor, Eduardo de Martino, un italiano venido a Montevideo como marino mercante en el siglo XIX y devenido en pintor especializado en paisajes marinos. De ahí pasó a Londres -llevado por un embajador inglés en Montevideo-a ser el pintor de marinas de la reina Victoria, Eduardo VII, y Jorge V, para quienes representó escenas de las grandes batallas de la historia británica. Los locales, que habían visto esa hermosa marina en el comedor de Olivos durante años sin saber qué representaba, tomaron nota mentalmente de la lección para repetirla ante futuros visitantes (y presidentes).
•Leyenda
Natural era que Gardel apareciese en el almuerzo. Patiño Meyer recordó que le preguntaron al llegar como embajador a Montevideo si creía que Gardel era francés o uruguayo. «No lo sé pero como no soy francés, prefiero que haya sido uruguayo», respondió. Batlle quiso ser más y volvió sobre la leyenda del nacimiento del zorzal en Tacuarembó en la estancia de su padre hipotético, el estanciero y político Carlos Escayola. Como no estaba Chiche González, dictadora de moralidad en esos ambientes, el socarrón Batlle desplegó anécdotas jugosas sobre la promiscuidad de aquel coronel de Tacuarembó, que regó de hijos de variada madre las cuchillas orientales.
Hasta aquí hablada casi solo, pero Duhalde quiso meter lo suyo. Le preguntó a Batlle cómo impactaban sobre la economía de su país los subsidios de los países europeos y los EE.UU. a la producción agrícola de esos estados. El uruguayo usó para calificar esa política adjetivos que hubieran merecido otra cámara oculta. Eso gatilló la catarsis de la mesa que exageró los festejos por el ingenio verbal de Batlle al calificar a esa manga de subsidiadores del agro, del primero al último.
El visitante llevó aquí también la conversación a sus manías y relató su suerte como productor de lechuga con sus sobrinos en unos cuartelitos que tiene en su país. «Dependo de la góndola de Devoto», rió con referencia al hipermercado que conocen los visitantes a Montevideo y Punta del Este, y donde sus productos compiten con la emergente lechuga hidropónica. Siguió con el cuento del boom arrocero que han inducido inversiones brasileñas en su país. «Reproducen condiciones ideales para el cultivo de arroz en terreno que nadie quería usar», contó entusiasmado. Para no desairar a los anfitriones agregó otro halago: «¿Saben el aporte que están haciendo los argentinos que están llevando tecnología transgénica para la soja a mi país?». Este último sombrerazo les pareció a todos que bastaba para dar por terminado los entuertos y se despidieron como amigos de toda la vida.
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