¿Hacia dónde va Kirchner?

Política

Cuando el tiempo avanza junto a los hechos políticos, económicos e institucionales en el país, se profundiza el análisis y uno se va dando cuenta que, al contrario de lo que predominantemente se expresa, existe hoy entre quienes gobiernan la Argentina un bipoder y hasta un tripoder y no un unicato. El poder presidencial, marcadamente omnímodo, es el más visible, el que más efectos produce en la sociedad pero no es el único. Está también el progresismo transmutante que quiere demoler la Iglesia Católica, dividir al judaísmo, dominar la educación, destruir liceos militares, penetrar la Justicia, favorecer la desobediencia civil. Es el más peligroso en función del futuro nacional. La hegemonía del despacho presidencial se reiteró en medios y en declaraciones de políticos lo suficiente como para que se la crea única. Además, como tercero, está el poder sindical empeñado suicidamente en ahogar empresas privadas como no se recuerda tan aceleradamente en el país.

El riesgo hegemónico político desde la Casa Rosada existe y está encaminado, pero ya no es tan aceptable que el fin que mueva a Néstor Kirchner a continuas distorsiones constitucionales, sea una búsqueda de la suma del poder público para concluir en dictadura. Por lo menos no sería su meta, aunque casi seguramente será su consecuencia por la cantidad de mecanismos institucionales que adultera.

Hablar con Kirchner varias horas, como hizo una vez durante días seguidos el pensador Torcuato Di Tella cuando el sureño era simple gobernador de Santa Cruz; o hacerlo casi dos horas continuas en su despacho hace apenas 45 días -como pudo quien esto escribe-, más haberlo conocido en 1993 gobernando, visitar su provincia y haberlo recibido luego en el diario, en esos días, permite llegar a conclusiones distintas.

«La única libertad de empresa que violé fue en el tema de la carne porque afecta mucho el índice inflacionario», dijo a quien sin ser de su entorno ni apoyar la mayoría de sus medidas, debe admitir que ningún aspirante a dictador -y menos un latinoamericano clásico- expresa un reparo así aun cuando no sea cierto porque afectó muchos campos de lo privado. Ha utilizado relativamente poco las violaciones institucionales y constitucionales que irrazonablemente, por lo innecesario en su mayoría, impulsó en estos 3 años de gestión. No siente culpas o las considera menores frente al desiderátum que adjudica a su meta: cambiar totalmente el país, ingresar su nombre en un nivel señorial de la Historia y sentir una reivindicación personal definitiva de vaya a saber qué ilusiones o frustraciones pasadas.

Es muy posible que el verdadero Kirchner sea aquel que cuando se entusiasmó con una ayuda financiera china ilusoria, capaz de emanciparlo del entonces gravitante Fondo Monetario, exclamara «si me sale voy a ser más grande que San Martín, que Gardel».

Es un hombre inteligente, supervalorado de sí mismo, con cultura sin profundizar -menos en historia- que lo lleva a citas sólo de conocimiento masivo, generalmente transmitidas por los medios durante los años que vivió. Ubica su ambición, sin que quizá lo sepa, en los ítems realmente transformadores del país, como la Revolución de 1810 y la Independencia; la institucionalidad luego de la batalla de Caseros y el cambio provocado por la «generación de 1880». El advenimiento de las clases medias al poder con el voto democrático, a partir de 1916, y el arribo último de las masas obreras con Juan Perón, en 1946, en su valoración serían sólo fenómenos coyunturales de decantación natural pero no a nivel de la «transformación nacional» que él imagina. De ser así estaría entre los patriotas de mayo de 1810, la heterogeneidad de hombres valiosos a partir de 1850 a quienes simbolizan Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento. Por otro lado, también disputaría méritos a Julio Roca. No entrarían Hipólito Yrigoyen ni Juan Perón. A este último lo desprecia y sólo deja un resquicio de comprensión hacia Eva Perón. En su óptica, no pareciera que hubiera nada más decisivo hasta su propio encumbramiento presidencial.

Este mandatario odia a sus antecesores inmediatos, sobre todo a Carlos Menem y a Eduardo Duhalde, como si le hubieran demorado innecesariamente, con su sola permanencia como gobernantes, su arribo para «cambiar el país», algo que, quizá mesiánicamente, supone prefijado por el destino en su cabeza, sus manos y su accionar diario. A Raúl Alfonsín o a Fernando de la Rúa no los odia, simplemente los menosprecia. «Si los presidentes no hubieran sido todos tan malos hoy podríamos tener 50.000 o 70.000 millones de dólares de reservas», dice en otra de sus tantas facetas, circunscripta ésta a sublimar las «cajas estatales abundantes» como sustento de toda gestión de mando.

Su enardecimiento contra las críticas de prensa, su encono contra políticos opositores de fuste, su desprecio hacia empresas y empresarios y, a su vez, lo opuesto, la benevolencia exagerada con el sindicalismo tipo Moyano, se explicaría en lo mismo: intentan trabar unos y favorecen otros su destino de transformador.

La casi totalidad de los movimientos políticos del Presidente responden, entonces, a su obsesión por quienes puedan perjudicarlo o, por otro lado, beneficiarlo en su proyecto personal de «transformar el país». Inclusive su desprecio, en general, al cumplimiento de normas protocolares con extranjeros es porque las interpreta pérdida de tiempo hacia su único objetivo. Visitar a Evo Morales o Hugo Chávez, en cambio, lo ve como que sí le aportarán a su meta. Pero asistir a la cena donde lo invitó la reina de Holanda -no asistió- o ir a reuniones presidenciales multitudinarias donde será uno más, siente que no le suman nada. O no va o concurre mínimo tiempo.

Por lo mismo, que con su accionar comprometan su meta, no duda en enfrentar y congelar precios a empresas, no aumentarles tarifas a multinacionales, encolerizarse con los políticos opositores, destrozar rentabilidades particulares, extinguir las Fuerzas Armadas. Y lo opuesto, que es permitir los excesos sindicales, la sanción de leyes confiscatorias hacia empresas, los desórdenes civiles, los temores a enfrentar los excesos de los piqueteros o la toma de comisarías. Siempre se supo que el Presidente no está dispuesto a pagar ningún «costo político», ni aun el más civilizado, para imponer el orden. Se imaginó que ese dejar hacer se debía, primero, a su escaso porcentual de voto consagratorio del cargo y a haber sido designado por Eduardo Duhalde como descarte de otros candidatos. Pero tras ganar la elección de octubre por gestión propia y hacer ganar a Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires, se deduce que algo más inhibe a Néstor Kirchner de cualquier riesgo de exponer su imagen; porque poder hoy le sobra. Todo lo supedita, aún lo que es pernicioso o sospechado de anticonstitucional a su obsesión de transformar drásticamente el país. El fin justifica los medios es una frase -aunque no esté probado que sea de Maquiavelo- aplicable hoy en la Argentina.

Esto lleva al gran interrogante: ¿qué entienden Néstor Kirchner y su esposa por «transformar el país» o hacer «la nueva Argentina», frase que repiten y con la que el Presidente pide públicamente a la gente que lo acompañe? «No dejen solo a este pingüino» se le ha oído.

Sinceramente no se sabe, no hay libros de sus autorías ni mensajes de propósitos, ya que sus discursos son siempre de réplica para zaherir adversarios, destacar realizaciones o referir, precisamente, la «transformación del país» sin precisar detalles.

No es creíble que Néstor Kirchner quiera implantar el marxismo en la Argentina aunque crea y exprese ideas, ya superadas, sobre rentabilidad del capital que formuló Carlos Marx. No se lo ve tampoco como ideólogo ni devoto de Fidel Castro, aunque esto esté en cierto progresismo que lo rodea y aprovecha bien, para sí, las obsesiones de Kirchner. No hay un indicio que permita creer que ésa, su gran meta, sea económica, por ejemplo industrializar seriamente el país con niveles competitivos internacionales o poblar de inmigrantes la desolación de la Patagonia; o duplicar en equis años la población del país ahora que se ha descubierto que una gran masa poblacional (China, India, Brasil), aunque en su mayoría sea todavía paupérrima, es una reserva de mercado atractiva para el futuro y eso atrae inversiones. No se le ve empeño de trasvasar fronteras ni en reivindicar las Malvinas más allá de las fórmulas diplomáticas repetidas. No tiene, como Arturo Frondizi en 1958 al asumir como presidente, obsesiones concretas como el autoabastecimiento petrolero -lo logró- o desarrollar la siderurgia y la petroquímica previendo, como estadista que era, la relevancia inmediata que tendrían y así fue.

No puede suponerse que su «gran meta» -a nivel de sacrificar tanto lo constitucional- sea terminar con la pobreza porque ni el desarrollo de Chile la ha alcanzado y, además, aunque se redujera al mínimo siempre se elevará por el desborde de la pobreza de los países vecinos. Combatir esa pobreza, construir viviendas, asegurar una mínima y creciente alimentación básica a la población, bajar el desempleo, mejorar la salud, son luchas permanentes de todos los gobiernos -más acentuada en los de centroizquierda, después que el país lo recuperó algún centroderecha o una coyuntura internacional- pero eso mejoraría, no «transformaría», el país y -lo más importante- se pueden alcanzar igualmente tales propósitos sin violentar tanto la Constitución. ¿Habría prensa que le criticara esas metas a una gestión presidencial? Ciertamente no, salvo por los métodos que usara.

Kirchner no es aspirante a dictador. Quien esto escribe ha conocido algunos, empezando por Fidel Castro en Cuba. El boliviano Hugo Banzer. El general Juan Carlos Onganía aquí. Ha estudiado otros como Juan Perón que tenía todas las características típicas del dictador de derecha. Ha padecido los triunviratos del último Proceso militar. Este Presidente deja la impresión de que cuando impulsa alguna alteración institucional un poco lo lamenta aunque no dude que el efecto está más que compensado y es subalterno a sus grandes metas. Por eso bate récords en cuanto a gobernar por decretos de necesidad y urgencia y se inventa un mecanismo fácil -muy peligroso- para que sean ley con una sola cámara o que rijan permanentemente si ambas no los tratan.

Requiere el oficialismo permanentes sanciones para poderes especiales -y los obtiene- invocando «emergencias económicas» que ya no son tales. ¿Qué «emergencia» puede tener un país con reservas por 26.000 millones de dólares, otros 5.000 millones en esa divisa de ahorro en bancos y casi 30.000 millones de dólares en AFJP, aunque éstas se sustenten mucho con títulos del propio Estado, y si arregló buena parte de su deuda pública? Además con demanda de materias primas futuras prácticamente asegurada en su continuidad desde Asia. Aún con la grave acechanza energética somos un país que no se entiende que no estemos abrumados de inversiones.

Aquí juegan las obsesiones de Néstor Kirchner de cambiar todo el país porque esto alarma a cualquiera dispuesto a mover sus capitales. Más si se sospecha que el «cambio» puede ser loteando empresas privadas algo que, se sabe bien, merma la capacidad de crecer de cualquier país, aunque este gobierno no lo crea pese a las pruebas próximas de Brasil y Chile, más todas las naciones desarrolladas de Occidente.

Igual no se le ve a Néstor Kirchner -típico de todo dictador en potencia- tendencia a que le levanten pedestales, le pongan su nombre a realizaciones, procurarse algún tipo de uniforme militar (hasta una civil y mujer como Isabel Perón los lucía en fiestas patrias).

Resumamos: el oscurecimiento institucional de la Argentina actual se hace en aras de una meta grande del gobierno que nadie identifica bien y, por tanto, no justifica tantas adhesiones políticas, hoy meramente pragmáticas y no por principios. Hasta el apoyo electoral se ve hedonista porque se sustenta en repartos y subsidios desde el Estado. Si el gobierno clarificara las metas y los métodos, la Argentina volvería a tener lógica política y alejaría la acechanza de dictadura de quien no cabe todavía hoy suponer que la pretenda pero va hacia ella.


MAÑANA SEGUNDA NOTA

Néstor Kirchner lleva al máximo el «estado de excepción» que hoy caracteriza a las democracias mundiales con pérdidas de algunas libertades individuales, algo impensable 10 años atrás. Pero con una justificación en Occidente y Asia en el crecimiento del terrorismo internacional. En la Argentina afectamos más nuestras libertades que los que tienen tremendo riesgo.

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