7 de diciembre 2004 - 00:00

Reapareció Chacho, sigue igual y pro K

Carlos Chacho Alvarez reapareció ayer para, ante un auditorio vinculado con la educación, repetir su diatriba de respaldo y acompañamiento a Néstor Kirchner. Un clásico.
Carlos Chacho Alvarez reapareció ayer para, ante un auditorio vinculado con la educación, repetir su diatriba de respaldo y acompañamiento a Néstor Kirchner. Un clásico.
Como todo divo de la política, aún Carlos Chacho Alvarez recoge curiosos. Así llenó una mesa en una casa de estudios (Uses) para compartir desayuno con unos 50 participantes, algunos conocidos. No sorprendió a nadie -salvo su delgadez y el bronceado-, más bien insistió desde su mal acabada gestión como vicepresidente con temas que bien presenta y mal concluye, contradictorio como mínimo. Al menos, ése era el saldo cosechado entre varios concurrentes encuestados.

La emprendió Alvarez con un popurrí medianamente arbitrario para entender a la Argentina, destacando que cierto fatalismo del problema cultural hace que nadie sepa por dónde empezar para corregir la crisis. Dijo que es necesario comenzar con propuestas concretas, que en eso estaba, pero no mencionó ninguna. Algo semejante ocurrió cuando, al referirse a la «importancia de la educación», clave para cualquier desarrollo futuro, en nada contribuyó a la hora de sugerir instrumentos o políticas. Y hubo preguntas no satisfechas.

Al margen de las obviedades, hubo otras cuestiones que costó explicar. Es que, en un momento, el ex vicepresidente de Fernando de la Rúa afirmó que «no era oficialista ni opositor». Una forma, quizás, de explicar su objetividad a la hora de interpretar o traducir la realidad (su última actividad laboral). Pero, como si no hubiera dicho lo que dijo, luego agregó: «Kirchner es lo mejor que le podía ocurrir a la Argentina».

Para que nadie imaginase una búsqueda de cargos con esa declaración, aclaró que él ha rechazado ofertas de esta Administración para ocupar distintos cargos. En rigor, la cuestión de la vuelta a la función pública parece complicarlo todavía: señaló que nunca la gente, ni ahora siquiera (según él), ha entendido el gesto de su renuncia, más bien lo condenan en lugar de elogiarlo. Casi confesó una necesidad de diván psicoanalista para resolver ese intríngulis que lo agita desde hace cerca de un lustro.

• Paralelismo

En verdad, en ese desaire colectivo, sin querer hizo un paralelo con la Administración Menem: es que -admitió- en los '90 hubo cambios transformadores que, el fin dramático de la convertibilidad, convirtió luego en mala palabra entre el público. Y, vuelta a la gente, hay consenso de pésima opinión sobre ese período.

Junto a las medialunas y el café, rodeaban a Chacho -regresado hace poco de España, cultivando la experiencia socialista de Zapatero- personajes como el ex embajador Jorge Hugo Herrera Vegas, otro ex de la Cancillería, Diego Guelar, varios periodistas, el encuestador Jorge Giacobbe y hasta un peronista de la economía, Saúl Musicansky. El resto: gente de la Uses. Con ninguno hubo polémica, aunque no necesariamente acuerdo. Se espesó el encuentro cuando lo interrogaron a Alvarez por la actitud de Kirchner por oscurecer o apartar a Daniel Scioli. Explicación: utilizando el argumento de Carlos Menem, dijo que no debía haber vicepresidente (claro, a ese cargo él ya nunca más aspirará), que debía copiarse el modelo chileno donde el ministro del Interior reemplaza al Ejecutivo cuando éste viaja al exterior.

En cuanto al pasado operativo de Kirchner por humillar a Scioli (recordar la campaña a la que se prestaron varios medios y periodistas conocidos), lo admitió en la necesidad que tenía el santacruceño por acumular poder -ya que había llegado con sólo 22% de los votos-y apartarse de las corporaciones. Justo en ese momento, recordó, el vicepresidente realizaba una intercomunicación paralela con esos sectores desplazados, los recibía.
O sea, había que vetar esos ejercicios, los cuales -según él- podían despertar ilusiones falsas. Ya que, «cuando uno tiene en el living de su casa a 20% del PBI suele confundirse». Hablaba como si ese 20%, alguna vez, hubiera estado en el living de su departamento.

Allí se produjeron algunas objeciones, ya que alguno preguntó dónde la Constitución decía que el Presidente debía acumular poder o, en todo caso, lo mejor era que lo distribuyera. No convenció su respuesta, ya que se mostró complaciente con la actitud de Kirchner (¿cuál hubiera sido su posición si, en lugar de Scioli, él hubiera estado en ese cargo en tiempos de la Alianza?) y la justificó como una necesidad de robustecer una etapa de debilidad. Después se abundó en el Pacto de la Moncloa, eterna monserga de los políticos argentinos, y como respuesta le comentaron: ése fue un instrumento necesario para la transición entre Franco y la democracia, mientras la Argentina está poblada de instrumentos ( Corte, Congreso que delega facultades, institutos de control en manos de los que deben ser controlados). O sea, el problema es que no cumplen la función que le designaron. Esas partes de diálogo fueron lo más interesante de la presentación de Alvarez, casi en rol académico pero aún buscando una identidad que en ocasiones, casi casualmente, lo hace parecer a José Octavio Bordón.

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