16 de diciembre 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Singulares facetas desarrolla el mercado, aun cuando se encuentre en zonas de dique seco. Por caso, la rueda del martes, donde se produjeron fuertes recambios de posiciones individuales y varias muy marcadas, pero con el índice dando la imagen de una fecha amesetada, abúlica. Puede ser que las carteras se estén reacomodando para culminar el ejercicio, hay quienes pueden buscar papeles que muestren más, otros prefieren refugiarse en los que jueguen de lastre para los saldos anuales. Claro, depende de los intereses que se representen, de sugerencias contables, o -simplemente- del deseo de depurar posiciones y encarar el nuevo año parados sobre otras bases.

Con las tres grandes clavadas en posiciones anteriores, el juego de las 22 restantes se pudo realizar de modo bastante divertido y dejar que de lo heterogéneo, se pudiera armar un Merval homogéneo en su diferencia. Como que aquí no ha pasado nada, cuando había sucedido bastante en especies que subían o bajaban, de tres a cuatro por ciento. Son jornadas que se alcanzan a armar por cuestiones intrínsecas, a falta de señales que le lleguen para realizar horarios entretenidos. Mientras tanto, todo sigue danzando -con lobos- en función de aquello que se pretende con el FMI, así como en la lucha feroz por los aumentos salariales. También se continúan pronosticando crecimientos futuros, seguridades acerca de que será inocuo para lo inflacionario un derrame de fondos sobre la economía. No se sabe bien dónde y por qué, pero en todo el ambiente flota la impresión de que los gobernantes van a meter hondo las de andar en alguno de los asuntos. Se juegan ideas en nuevos frentes, como el Fondo, cuando no se cerraron debidamente las brechas antiguas, se coquetea con utilizar dineros que se acumularon en una etapa de condiciones muy positivas; se tejen los dibujos deseados acerca de cómo vendrá 2005.

En algo se pueden estrellar contra la pared, y es por allí donde surge ese tufillo que envolvió la tendencia. Que no está especialmente floja, ni sólida, más bien se mantiene «flu»: con las vibraciones de un flan y las porosidades de una «mousse». No hay consistencia, ésta sería la palabra apropiada, en casi nada de lo que el mercado realiza en estas ruedas. Pueden ser buenas, regulares o malas, pero solamente por un día, para pasar el rato. El volumen se encoge y se dilata como las membranas de las terrazas, de pronto deja resurgir las goteras. «Y es que nada es definitivo para los techos, señor...», le dirá muy orondo el techista al que se reclama. Lo que hoy nos cubre está igual que la membrana: con protección, pero con muchos escrúpulos. Y allá vamos de nuevo...

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