18 de noviembre 2004 - 00:00

¿Vuelve agro contra industria?

En su segundo día de visita a la Argentina, el presidente chino, Hu Jintao, habló ante la Asamblea Legislativa.
En su segundo día de visita a la Argentina, el presidente chino, Hu Jintao, habló ante la Asamblea Legislativa.
China quiere, y el gobierno hará concesiones parciales de aquí y hasta 2008 para que algunos productos del gigante asiático entren sin control de leyes y normas antidumping, en una adaptación del sistema canadiense. La Argentina, a cambio, estaría logrando importantes operaciones en el área de alimentos. Es lo que se anunciaría hoy.

Así, China, en lo inmediato, no habrá logrado en la Argentina lo mismo que obtuvo en Brasil: la declaración de «economía de mercado» total que le valió a Lula varios puntos de su popularidad.

La realidad marca que China hoy no tiene una «economía de mercado» real. Recién están empezando a ingresar empresas privadas con el objetivo no sólo de aprovechar la potencialidad de consumo del gigantesco mercado interno chino, sino también de disponer de mano de obra baratísima para fabricar y exportar desde allí. El resto de las grandes empresas en ese país es manejado por el gobierno y lo seguirá siendo por largo tiempo hasta que logren resolver el difícil dilema en el que se encuentran: no quieren más el marxismo que los hizo retrógrados en bienestar; pero tampoco se animan a zambullirse en un capitalismo de estilo postsoviético que lo único que consiguió fue la proliferación de mafias superenriquecidas.

El propósito de los rusos fue loable: salieron del comunismo y decidieron devolver las empresas públicas al pueblo. Para eso repartieron entre los obreros y directivos cupones de propiedad por porcentuales mínimos. Claro que estos obreros educados bajo el comunismo no tenían idea de lo que era la propiedad privada y, mucho menos, la propiedad empresaria. Las mafias que ya existían y eran el único atisbo capitalista a través del mercado negro y el contrabando aprovecharon la situación y comenzaron a comprar uno por uno todos los bonos de propiedad -en algunos casos, los canjeaban por un paquete de cigarrillos-. Al apoderarse de la mayoría de los bonos de cada empresa, las mafias se hicieron propietarias de ellas y, fundamentalmente, apuntaron a las petroleras. Hoy esas mafias rusas enriquecidas hasta compran clubes de fútbol ingleses. China no quiere seguir ese camino y hace bien. Además, puede utilizar el poder negociador del conjunto de empresas de su país como una aplanadora para obtener lo que busca. El poder de esas empresas provocó en Kirchner «el anuncio» de inversiones por casi 20 mil millones de dólares, aunque como él no domina la economía, pifió bastante. Debió saber que detrás de semejante inversión vendría la exigencia del reconocimiento como economía de mercado.

Tampoco le deben haber informado que en los '90 ingresaron capitales de inversión en la Argentina por casi 80 mil millones de dólares -cuatro veces más-y pese a eso Carlos Menem por ahora no iguala a San Martín, aunque quizá haya sido tan popular como Gardel, aunque no tan querido. No debe recordar tampoco que esos u$s 80 mil millones ingresaron con pocas exigencias y con reglas claras y lógicas, no modificables cada dos por tres y con imparcialidad judicial. Las exigencias chinas para menor monto de inversión son mayores. Aceptarlas llevará a la reedición de una vieja puja sectorial en la Argentina: el campo eficiente bendecido por la excepcional calidad de sus tierras contra industrias locales tradicionalmente ineficientes. Pero no aceptar las exigencias chinas podría desencadenar desde el campo la pregunta: ¿otra vez nos sacrifican para proteger a una industria local ineficiente que sólo puede subsistir tras elevados muros arancelarios de protección y un dólar inusualmente alto?

Lo cierto es que la industria local no puede resistir hoy ni siquiera el avance de su par brasileña. Calcúlese entonces qué le puede esperar contra productos chinos.

Para un gobierno de centroizquierda como el argentino, el problema es serio porque a Kirchner le gusta proteger a industrias nacionales, sean eficientes o no, y también mantener un dólar sobrevaluado para cobrar más por retenciones y hacer una política clientelista desde el gobierno. Pero otra vez, con esta lógica se impulsa el conflicto con el sector agropecuario.

Parece inevitable el choque, porque mientras en la Argentina existan los excesos sindicales que encarecen todo -agravado por el gobierno y la novedosa corte de centroizquierda y sus medidas demagógicas- no hay manera de que el grueso de nuestra producción industrial sea eficiente, no ya para exportar, sino para subsistir.

• Teoría agropecuaria

El campo argentino siempre consideró -y no le falta razón- que ellos generan realmente las divisas en cantidad que ingresan en el país exportando y que, por tanto, pueden importar los productos industriales que el agro necesite, sin forzar una industria nacional que los encarecería y haría más débiles competitivamente. Pero son las industriasnacionales aquí, y en cualquier país, las que brindaron siempre trabajo a los ciudadanos. Claro que aquí, esas « industrias argentinas» se financiaron con fondos públicos -que no se devolvían o se devolvían muy devaluados-que provenían generalmente de las retenciones a las exportaciones agropecuarias. Por eso el surgimiento de la burguesía industrial argentina fue a través de la succión de fondos públicos, mucho más que como ampliación de rubros de negocios de terratenientes.

A partir de la crisis mundial de 1930, el encono del campo con la industria local llegó al extremo porque se implantó la política de «sustitución de importaciones» aun con un producto nacional mucho más caro que el importado. Ya en esos años, las antecesoras de la CGT, como FORA, presionaban al gobierno mediante huelgas para no efectuar más importaciones.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el campo argentino se cansaba de abastecer de alimentos a Europa, y la industria también crecía debido a que no se importaba nada porque las industrias de las potencias estaban a plena producción armamentista. Para 1946, gracias al aporte fundamental del campo, las reservas estaban como nunca y el mismo general Juan Perón proclamaba exultante que «no se puede caminar por los pasillos por la cantidad de oro».

Perón tuvo la oportunidad de encaminar una gran industria nacional eficiente y competitiva que no viviera a expensas del agro. Pero porque no se atrevió y en parte porque no lo dejaron, aquel gobierno de Perón malgastó todas las divisas nacionalizando los trenes ingleses obsoletos, los teléfonos y comprando los tanques Sherman y jeeps de la contienda mundial ya concluida. Para 1950, esos pasillos rebosantes de oro estaban vacíos. Entonces el país volvía a depender en divisas de lo que el agro vendía al exterior.

Las cosas siguieron así. Desarrollamos muy pocas empresas eficientes capaces de subsistir sin protección arancelaria y compitiendo con precios internacionales normales. Luego, con Eduardo Duhalde, en 2002 retornaron las retenciones al agro, con lo cual el Estado vuelve a subsidiar al país a costa del campo.

En este contexto viene China y plantea acuerdos favorables al agro, pero no a la industria ineficiente. Ahora, el gobierno busca ganar tiempo: habría economía de mercado, pero en 2008, tras las elecciones presidenciales en la Argentina. Pero mientras tanto, el campo ya podría empezar a beneficiarse vendiendo más alimentos y la pymes -sólo por ahora-no tendrían que empezar a lidiar y desaparecer por la competencia china.

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