22 de agosto 2000 - 00:00

"CIEN AÑOS DE PERDON"

A gobiado por la crisis, Mauricio Matzkin (Mauricito, para su madre doña Berta, típica idishe mame que lo domina a gusto), va a cobrarle una hipoteca a don Merides, un viejo manso y chueco a su vez dominado por el borracho neurótico de su hijo, y ahora también a cargo de la mujer enferma, y la hija que vuelve a casa tras algún violento episodio sentimental. En suma, un infeliz pretende cobrarles a otros infelices... y éstos inesperadamente le dan la biaba y lo secuestran. Entretanto, la radio local polemiza con las autoridades acerca de una Fiesta del Durmiente, que va a realizarse justo cuando el ferrocarril no pasa más por el pueblo, y están los talleres cerrados. Así se ajusta el nudo de esta original película del debutante José Glusman, una comedia semipolicial bastante ácida, que bien puede definirse como un grotesco criollo, no sólo por la ambientación y las caracterizaciones, casi todas acertadísimas, sino especialmente por el trasfondo de la historia.
Más de un espectador encontrará en ella por lo menos la punta de una metáfora sobre la situación nacional, e incluso sobre el ser nacional. Hasta puede suponerse una punta de racismo entre judíos trabajadores y criollos indolentes, cosa que el autor rehúye, orientando la mirada hacia problemas generacionales, prejuicios de uno y otro lado, torpes criterios gananciales, o las formas locas con que pueden surgir los afectos, donde menos se espera. Por cierto, la obra acepta variadas lecturas, y éste es uno de sus méritos. Otro mérito es que quien simplemente quiera pasar el rato con una película entretenida, también puede salir satisfecho.
La intriga está bien armada, y, tras pasar algunas situaciones chocantes (a propósito, parece que el actor-director no pagaba debidamente los cachets, porque lo fajan con gusto y gana), en el último tercio hacen clic al mismo tiempo varias vueltas de tuerca, y todo conduce a un final bien tensado y bien agradable, donde cada uno recibe lo que realmente se merece, sea una compensación a sus pesares, la recuperación de su amor, una cierta liberación, o un piadoso castigo.
También la película merece una compensación. Obra deliberadamente menor, reelabora un género nacional muy poco transitado por el cine, y lo hace bien, con agudeza y entusiasmo. Corresponde elogiar, además, el trabajo de varios artistas y técnicos debutantes en sus roles, empezando por el director, el músico y el fotógrafo, y el feliz regreso al cine de dos actrices mayores:
Helena Tritek, como doña Berta, y Márgara Alonso, como la mujer del viejo Merides.

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