«Zorba», de J. Stein, J. Kander y F. Ebb. Bas.: en «Zorba el griego» de N. Kazantzakis. Adap.: A. Romay. Dir.: E. Tritek. Dir. mus.: G. Gardelín. Coreog.: E. de Chapeaurouge. Esc.: V. Ambrosio, A. Repetto. Int.: R. Lavié, M. Habud, J. Zenko, M.R. Fugazot, M. Trepat, A. Mango, R. Fiore y R. Ballester. (Teatro El Nacional).
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Basada en la novela de Nikos Kozantzakis, «Zorba el griego», la película de Michael Cacoyannis, recorrió el mundo. La deslumbrante vitalidad de su desmesurado personaje central, contrasta con la de su antagonista Niko, un profesor rutinario y medido, cuyas estructuras terminan por derrumbarse como la mina que ha heredado. Seducido por la belleza del paisaje, la exuberancia de los temperamentos y la fascinación de la música y la danza, Niko sucumbe ante el atractivo de la pasión y cuando parte, ya es una persona distinta. Joseph Stein adaptó la pieza, que con música de John Kander y canciones de Fred Ebb, se estrenó en Broadway, protagonizada por Anthony Quinn, el inolvidable Zorba de la película. La música y las danzas griegas constituyen el mayor atractivo. Y es comprensible que el profesor, que arrastra con él un paquete de libros de filosofía, termine dejándolos de lado, para vivir la experiencia directa de una cultura que sigue latiendo vigorosamente en el alma de su pueblo. Como consta en el programa, la obra es un canto a la vida y a la libertad y, también, a la esperanza. Y el público responde agradecido, aplaudiendo de pie y marcando con las palmas el ritmo irresistible de una música que impone la prepotencia del amor a la vida.
Para Raúl Lavié, protagonizar la pieza fue ver cumplido un sueño que data de hace muchos años. Sueño que Alejandro Romay hizo realidad.
El Zorba de Lavié es alguien que acepta la vida sin juzgar. Un ser libre de ataduras, que ha sabido dejar atrás pérdidas dolorosas y seguir adelante, disfrutando cada momento. El vínculo que establece con el profesor es el de un padre con su hijo y aunque la separación le duele, su respuesta al dolor no es la lamentación, sino la celebración del afecto y tal vez la esperanza de un regreso. Lavié transmite las sensaciones del personaje, dotándolo de cierta cazurronería. Su interpretación es apasionada y se luce en las canciones y en el baile. Miguel Habud refleja la timidez y la reserva que caracterizan a su personaje, pero sabe también dotarlo de ternura. María Rosa Fugazot anima a una Bubulina más convincente en su picardía que en su decadencia y su intervención en «No bum bum» es una de las secuencias más celebradas. Julia Zenko como la relatora, se descarta en las canciones y otorga a su rol un aura enigmática que la hace aparecer como una sibila, cuya presencia se impone sobre todas las otras. Rubén Ballester y Andrea Mango se destacan sobre el resto del elenco por la fuerza de sus personajes.
La directora Helena Tritek ha optado por una visión ingenua de la obra, que sólo refoeja el dramatismo en las escenas de la muerte de la viuva y la inter-vención de las harpías depredadoras. Esa ingenuidad se refleja también en la escenografía de Valeria Ambrosio y Ana Repetto y el vestuario de Julio Suárez.
El desempeño del elenco demuestra el grado de evolución logrado en las disciplinas de la comedia musical y podría vaticinarse que muchos de los integrantes están en condiciones de afrontar mayores desaríos.
La coreografía de Elizabeth de Chapeaurouge alcanza su punto más alto en la escena final y en la danza de las varas.
La dirección musical a cargo de Gerardo Gardelín es otro punto a favor del espectáculo.
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