12 de marzo 2007 - 00:00

Decepcionante muestra de Macció en Bellas Artes

A diferenciade la exposiciónantológicaque elmismo Museode BellasArtes lededicó aErnesto Deira,la muestra deRómuloMacció sóloreúne unaparte de suproducción: lamenoslograda,desafortunadamente.
A diferencia de la exposición antológica que el mismo Museo de Bellas Artes le dedicó a Ernesto Deira, la muestra de Rómulo Macció sólo reúne una parte de su producción: la menos lograda, desafortunadamente.
La muestra de Rómulo Macció, «Retratos y lugares», que se inauguró la semana pasada en el Museo de Bellas Artes, abre varios interrogantes acerca del artista, el lugar que ocupa en el sistema del arte y el papel que cumplen las instituciones. Para comenzar, luego de la exposición antológica que el Museo le dedicó a Ernesto Deira, integrante del grupo Nueva Figuración junto a Macció, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega, resulta imposible eludir la comparación. La exhaustiva muestra de Deira, como la de De la Vega en el Malba, sirvió para poner en evidencia el complejo universo del artista y la dimensión de su obra. Mientras la muestra de Macció, que carece de investigación y sólo reúne una parte de su producción (falta la más lograda), alrededor de 30 pinturas de gran formato que van desde el año 1993 al 2006, no alcanza a mostrar la medida de su talento.

Macció ha confiado siempre en la poderosa presencia de su pintura, ha priorizado el poder del lenguaje visual antes que el soporte que el campo teórico le presta a la obra de arte, y en sus muestras anteriores no le ha ido mal con este criterio. Sus obras, de un modo poético, intenso, en ocasiones dramático, pero siempre significativo, han reflejado el mundo con elocuencia. Desde sus primeras exposiciones, el artista ha cautivado con sus pinturas al espectador experimentado, y también a aquellos recién llegados al arte que tuvieron la suerte de encontrarse con alguna de sus obras memorables, que son muchas.

Varias de sus pinturas tienen la virtud de quedar flotando en la memoria, como en ocasiones sucede con las grandes obras que pueblan los museos y se convierten en íconos. A lo largo de su carrera, desde que en la década del '60 pintó la alienación y la angustia humana, hasta hoy, con los evanescentes paisajes de Castilla, pasando por su inolvidable «Castel Sant'Angelo», Macció ha demostrado que tiene un ojo privilegiado para descubrir la cara oculta que esconde la realidad. Nadie conocía el lirismo de la cancha de Boca envuelta en una bruma azul, ni la mágica sensación del tiempo detenido que provoca una mancha de nieve sobre un auto rojo, ni tampoco esa metáfora de la desolación argentina, representada como un barco negro que se hunde en el Río de la Plata, hasta que él pinto todo eso. Pero la muestra actual es como en una mesa de saldos de la cual ha desaparecido lo mejor, apenas si se vislumbra el reflejo de las obras que muchos esperan volver a ver.

El mundo puede ser atroz y, tal vez, como un visionario, Macció muestra ahora ese espanto, como el vacío acuoso de «Desde china con amor» o el frenesí de sus demenciales personajes cibernéticos. Pero más allá del tema, recién al llegar al fondo del Pabellón, se encuentran dos paisajes de Castilla pintados a comienzos de este siglo y casi abstractos, donde perdura la magia que acostumbra a prodigar.

Todo lleva a pensar en la soledad del artista y en la ausencia de criterio selectivo para diseñar una muestra que debería haber sido consagratoria. A los 75 años, el rebelde sesentista encarna la figura del artista ensimismado en la creación que, entre otras actitudes excéntricas de una personalidad tortuosa, solía plantar a los invitados de sus vernissages, o decidía colgar en una feria pinturas de bajo precio (y escasa calidad) para estar a tono con un mercado deprimido. Es decir, no es un personaje fácil. Pero se supone que el artista vive inmerso en su mundo, que puede costarle tomar distancia de la obra (que en ningún caso es pareja) para evaluarla, seleccionarla y colgarla. Sin embargo, Macció decidió hacerlo todo. La pregunta que queda flotando, es por qué el Museo de Bellas Artes presentó esta exposición sin el trabajo curatorial que se merece una figura fundamental en la historia del arte argentino. Macció sólo contó con la ayuda de la galerista Isabel Anchorena, su hija Cayetana Alvarez de Toledo, que abre el catálogo con un texto, y el periodista de «Clarín» Fernando García, que no le hace ningún favor al presentarlo como «un pintor que atrapa fantasmas» y escribir acerca de sus « vómitos del alma».

Finalmente, la muestra del Bellas Artes deja un sabor amargo, se aleja de la excelencia de las últimas exhibiciones (Fundación Proa, galería Klemm, Museo Quinquela Martín, Centro Cultural Recoleta, galería Maman, Centro Cultural Borges) y le faltan los mejores escritos (Juan Manuel Bonet, Noé, Córdoba Iturburu, Raoul Jean Moulin, Jacques Lassaigne, William Sandberg, Tiburzio Lupo e, incluso, Macció). Pero, sobre todo, falta la felicidad que es capaz de deparar el artista.

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