2 de octubre 2003 - 00:00

"DOGVILLE"

Escena del film
Escena del film
«Dogville» (id., Dinamarca, Suecia, Francia y otros; 2003, habl. en inglés). Dir.: L. Von Trier. Int.: N. Kidman, P. Bettnay, S. Skarsgard, J. Caan, L. Bacall, B. Gazzara y otros.

"P inta tu aldea": tan en serio se tomó el danés Lars Von Trier el consejo de León Tolstoi que la universal aldea de Dogville es pura pintura blanca sobre negro: un enorme loft desnudo con sus casitas, sus negocios, su templo y sus huertos demarcados con tiza. Partiéndolo en dos, la calle del Olmo, o Elm Street (nombre propicio a deseos y pesadillas), una inmensa luna lorquiana pendiendo en el fondo y un perro aullador, Moses, también dibujado sobre el piso.

El resto de la jauría tiene forma humana, pelajes varios y gruñidos de diferente intensidad, donde se reconoce a viejas glorias como Lauren Bacall y Harriet Andersson. Dogville cuelga de un barranco (las Rocky Mountains), y la vida le pasa por el medio como un viento no dibujado: sus habitantes cumplen día a día los mismos rituales, se ven envejecer unos a otros y hasta se les van quitando las ganas de odiar. Podrían haber sido para siempre esas buenas gentes de «mi dulce pueblito» si una noche, después de escuchar dos escopetazos en la lejanía, el joven predicador Tom Edison ( Paul Bettany) no se hubiera topado cara a cara con la Diosa fugitiva. Como cantó el viejo Homero manso, de ese contacto entre hombres y deidades nada bueno puede esperarse. Y nada bueno ocurrirá. A su manera, «Dogville» es una película teológica, más próxima al Olimpo mafioso que al mero Paraíso, y que examina los efectos, sobre los mortales, de una epifanía moderna: Nicole Kidman se hizo carne y habitó entre nosotros. Los perros de Dogville no estaban preparados para recibirla. A otros, la película podrá evocarles, seguramente, moralidades más a la modesta moda (una acusación contra la intolerancia y el racismo de la América profunda), aunque una interpretación de ese orden sería bastante parecida a la mirada del personaje de Ben Gazzara, el ciego que finge ver.

Si de puestas «despojadas» se trata, Von Trier no se anda con chiquitas: en «Dogville» su despojo es tan grande que se ha desvestido de todo para quedarse sólo con la fábula, roída hasta el hueso por sus perros. El fundador del olvidado Dogma ya no baila en la oscuridad: en su película más sólida, más audaz y extrema, ha desafiado todas las advertencias; no sólo se embarca en tres intensas horas de teatro filmado, sino que lo hace bajo la guía de la literatura decimonónica: divide al film en un prólogo y nueve capítulos, una mezcla de Dickens con Sade y Mario Puzo, narrado, impecablemente, por la acariciadora voz del «cuentacuentos» John Hurt (allí también, en la serie de TV, lo acompañaba un perro).

Kidman
, que estaba muerta en «Los otros», ahora renace como Grace, que significa Gracia, que significa todo aquello que no debió haber sido derramado nunca sobre Dogville, la villa de los réprobos que también, para desdicha de unos y otros, las prefieren rubias. Que Nicole Kidman, frágil y desamparada, venga a pedir refugio en ese hueco olvidado por la historia, es una fantasía imposible de rechazar. Aparentemente, está huyendo de la Mafia. Tom la recibe, la protege, la oculta en la vieja mina de plata. Los fabulosos Cadillacs de sus perseguidores, uno de los pocos «objetos reales» que transitan por el decorado pintado, dejan su marca y advertencia: si la llegaras a ver, le dicen a Tom, éste es el número al que comunicarse. ¿Qué hacer con ella? ¿Qué sobrevendrá por ella?

Tom, sermoneador sin título ni mayor convicción, persuade a los demás. La Gracia debe ser admitida. Admisión que, tras conferirle a los habitantes de la aldea un renacido sentimiento de poder, el que seguramente estuvieron buscando desde siempre sin saberlo (ahora, hasta han logrado volver a odiar), se transforma, cuando también es la policía quien irrumpe en el pueblo para buscarla, en desahogo práctico: a cambio de protección, las mujeres la someten a trabajos forzados, le destruyen su humilde zoo de cristal; el hortelano la viola, el camionero finge llevársela de allí y también la veja. Todos lo hacen salvo Tom, que está demasiado ocupado con sus propios sueños de amor y redención, aunque ganas no le faltan. Así no se trata a una diosa. Humillada y ofendida, encadenada, la Gracia no es otra cosa que el espejismo de un precepto demócrata: no pregunta qué puede hacer Dogville por ella, sino qué puede hacer ella por Dogville. Y se entrega a los perros.

Pero ninguna gracia es inocente, y mucho menos sumisa. El tiempo del poder humano, o canino, podría llegar a su término. El verdadero Poder está a la vuelta, vigilante, agazapado, dispuesto a actuar cuando la diosa así lo quiera. El capítulo final, con la entrada en escena de James Caan como un auténtico Júpiter tonante (aunque el trueno esté del lado de la hija), es uno de los momentos más estremecedores de esta película desmedida, exigente y llena de esa furia que sacude, brevemente, el letargo de un cine tan poco visitado por estos dioses.

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