2 de mayo 2005 - 00:00

El arte "aislado" de Gumier en una muestra

Un ejemplo del arte deJorge Gumier Maier.
Un ejemplo del arte de Jorge Gumier Maier.
La semana pasada, el artista y curador Jorge Gumier Maier presentó una muestra de objetos y pinturas en la galería Braga Menéndez. Para quienes conocen y aprecian la trayectoria del ideólogo de los años noventa, la exposición tiene un carácter emotivo. Durante la pasada década y desde su cargo de curador del Centro Cultural Rojas, empeñado en propiciar un arte que procurara belleza y felicidad a artistas y espectadores, Gumier libró una batalla con el expresionismo pictórico y logró convertir su propuesta en tendencia dominante.

Tendencia, que se extendió por el país y -a pesar de ser tildada como «arte guarango» en el extranjero- alcanzó a ostentar, como humilde estandarte, una pequeña banderita propia, de la Argentina. Al punto de que muchos artistas del Rojas, con la estética bella y feliz de su universo privado, accedieron a importantes galerías y ferias del circuito internacional, cuando allí se propiciaba -casi con exclusividad- el rigor del neo conceptualismo.

Hoy, otros vientos azotan el mundo, principalmente el huracán del arte político, y los años 90 parecen lejanos. Pero Gumier no ha hecho otra cosa que seguir firme en la suya. La muestra de Braga Menéndez demuestra que si abandonó el timón del Rojas, fue para rescatarse a sí mismo como artista. Hace casi dos años se internó en el Tigre, y en ese retiro se despojó de la retórica ornamental que encumbró su obra en los 90. Ahora exhibe una muestra que no tiene nombre y obras sin títulos, un arte despojado en muchos sentidos, pero capaz de contener sus inconfundibles colores e impregnado del contexto que lo rodea en su isla. En otras palabras: Gumier sigue siendo Gumier.

Lejos del poder que supo ejercer en otros tiempos y atento a las contingencias que depara la naturaleza, produce una obra diferente y reconocible a la vez. Para probarlo, basta ver su homenaje a Omar Schiliro con rayas de colores radiantes. Además, están las maderas que navegan por el río, los broches de la ropa y los desperdicios que flotan por su superficie; sus geometrías, que de repente configuran un pájaro o la cresta de una ola «verde Nilo»; las imágenes de las plantas a las que brinda el cuidado que supo dispensar a sus discípulos, y esa misma pasión alucinada por la belleza, que antes se expresaba en los rebuscados bucles y la amanerada estética de los 90. Vale la pena ir a verlo.

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