11 de noviembre 1999 - 00:00

"EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA"

“ l coronel no tiene quien le escriba” es, sin dudas, el mejor García Márquez en cine, lo cual no significa que ese universo casi intraducible a imágenes que representa su obra literaria haya sido, finalmente, capturado. Las actuaciones, sí, son memorables: Fernando Luján en el protagónico, el rencor cansino, el paso lento y la resignación casi silenciosa; Marisa Paredes, su mujer, a punto de perder la dignidad a fuerza de tanta desesperación, tratando de distraer sus días con esas películas que el cura condena, sólo para olvidar que tiene hambre y que su hijo ha muerto en aquella fatídica pelea.
Luján y Paredes son dos actores maravillosos que juegan, a la perfección, otro relato que recuerda a veces su rebeldía a viajar -como casi todo en García Márquez-de la literatura al cine sin ceder parte de su fuerza. Pueden sobrevivir las ideas, la línea argumental, las anécdotas, algún matiz que se aproxime más que otro a la sensación que la lectura del libro ha dejado en cada espectador. Pero García Márquez es, decididamente, sólo literatura, y mucho más sus textos ya clásicos, como éste.

 Destino

«El coronel no tiene quien le escriba», del mexicano Arturo Ripstein, comparte así con la última película que dirigió John Huston, «Desde ahora y para siempre» («Los muertos»), un mismo destino: ambas tienen una excelente ambientación, actores estupendos ( Anjelica Huston en aquélla), y están basadas en relatos de gran poder literario aunque sólo leve progresión dramática. No casual-mente James Joyce, autor de aquel cuento, comparte con García Márquez una literatura rebelde a la adaptación. La de «El coronel...» es respetuosa y distante, y Paz Alicia Garcia-diego (esposa del realizador y su habitual colaboradora) se ha tomado escasas libertades, más allá de algunas alusiones políticas a la historia de México en lugar de la mítica e imaginaria Macondo.
Ripstein ha puesto inmejorablemente en escena ese mundo de olvido y trópico, de silencio y sordidez, que ni siquiera la riña y los duelos parecen apartar de su sopor. Ha contado con secundarios de fuerte sugestión, como la Julia de Salma Hayek (pese a que su nombre, por razones comerciales, comparta el de los protagónicos), el cura de Rafael Inclán y el increíble Ernesto Yáñez, con su opulento y gris Don Sabas.
De allí en más, cada espectador, en especial los muchos lectores del libro que tienen, desde hace mucho, su propia «versión interior», le tomarán examen -es inevitable-a la versión que el cine intenta fijar. Inclusive, la palabra final, esa respuesta «rotunda y pura» que hace sentir libre al coronel tras la pregunta de su esposa («Y mientras tanto, ¿qué vamos a comer?»), se convierte casi en un susurro en la voz de Fernando Luján cuando, con toda legitimidad, podría resonar como un puñetazo en la memoria del espectador.

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