11 de noviembre 1999 - 00:00
"EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA"
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Luján y Paredes son dos actores maravillosos que juegan, a la perfección, otro relato que recuerda a veces su rebeldía a viajar -como casi todo en García Márquez-de la literatura al cine sin ceder parte de su fuerza. Pueden sobrevivir las ideas, la línea argumental, las anécdotas, algún matiz que se aproxime más que otro a la sensación que la lectura del libro ha dejado en cada espectador. Pero García Márquez es, decididamente, sólo literatura, y mucho más sus textos ya clásicos, como éste.
Ripstein ha puesto inmejorablemente en escena ese mundo de olvido y trópico, de silencio y sordidez, que ni siquiera la riña y los duelos parecen apartar de su sopor. Ha contado con secundarios de fuerte sugestión, como la Julia de Salma Hayek (pese a que su nombre, por razones comerciales, comparta el de los protagónicos), el cura de Rafael Inclán y el increíble Ernesto Yáñez, con su opulento y gris Don Sabas.
De allí en más, cada espectador, en especial los muchos lectores del libro que tienen, desde hace mucho, su propia «versión interior», le tomarán examen -es inevitable-a la versión que el cine intenta fijar. Inclusive, la palabra final, esa respuesta «rotunda y pura» que hace sentir libre al coronel tras la pregunta de su esposa («Y mientras tanto, ¿qué vamos a comer?»), se convierte casi en un susurro en la voz de Fernando Luján cuando, con toda legitimidad, podría resonar como un puñetazo en la memoria del espectador.




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