20 de septiembre 2001 - 00:00

El espíritu de los viejos cuentos revive en festival porteño

Les Deux Mondes.
Les Deux Mondes.
Hoy a las 22 se representará en la Sala Casa Cuberta la última función de «La historia de la oca», una creación del grupo canadiense Les Deux Mondes, considerado internacionalmente como una de las mejores compañías teatrales de su país.

El espectáculo ha sido concebido como un cuento de hadas moderno y narra la historia de la amistad entre un niño y un ganso, evocada por el propio protagonista cuando éste ya es adulto. La pieza alterna el humor y la poesía con escenas pesadillescas, ya que se trata del proceso emocional de un chico que ha sido víctima de abuso doméstico. Entre risas y lágrimas, debe aprender a no volcar su propia violencia en el ser que más ama (la oca Teeka), representado aquí con distintas técnicas titiriteras.

«La historia de la oca» ya lleva cerca de diez años recorriendo el mundo en sus cuatro versiones idiomáticas (francés, inglés, español y alemán): «Cuatro idiomas para el mismo acento», bromea el director Daniel Meilleur, en un inglés decididamente afrancesado. Dialogamos con él:

Periodista: Su obra está destinada a todo público. ¿No es una pena que sea exhibida a las diez de la noche?

Daniel Meilleur: Sí, es una pena, pero la programación de los festivales suele ser nocturna. Ya me pasó en Europa, en la India y en Israel.

P.: «La historia de la oca» aborda un tema bastante ríspido, ¿realmente la recomendaría para niños?

D.M.: Muchos adultos temen mostrar este tipo de historias a los chicos cuando en realidad ellos están muy capacitados para verlas. Son obras que ofrecen distintos niveles de lectura. Si el espectador tiene siete años, hará una lectura acorde con su experiencia de siete años, mientras que un adolescente y un adulto tendrán la posibilidad de entender otras cosas. Nuestra inspiración fueron los cuentos de Perrault, «Piel de asno», entre otros, porque el cuento tradicional ofrece muchas capas de significado, y nos ayudó a conectarnos con nuestros propias experiencias de infancia relacionadas con el miedo, la soledad y las pesadillas. Ahí fue cuando nos dimos cuenta de que teníamos muchas cosas que contar con respecto a la violencia. El tema de la víctima y el victimario atraviesa toda la obra porque todos somos violentos y tenemos grandes contradicciones. Nacemos violentos y recién después, con el tiempo, aprendemos a vivir en sociedad.

P.: Muchos opinan que su espectáculo logra efectos terapéuticos en la platea. ¿Es así?

D.M.: Recuerdo el caso de un hombre que vino a verme después de una función. Lo primero que me dijo fue que éste era el espectáculo más importante de su vida. Al verlo tan conmovido, enseguida pensé que habría tenido una infancia muy difícil, pero obviamente no le pregunté nada. Simple-mente lo escuché. También dijo que la obra le había hecho pensar que muchas veces uno maltrata a lo que más quiere.

P.: ¿Qué función cree usted que debe cumplir el teatro de hoy en día?

D.M.: Mi opinión al respecto cambió radical-mente desde la semana pasada. Después de lo que pasó en Nueva York con el atentado a las Torres Gemelas me considero un soldado. Pero mis armas son mis palabras, mis bombas están en mi poesía, y mi tanque es mi imaginación. Siento que este mundo nos necesita hoy más que nunca. Necesita artistas, poesía e imaginación. Artistas que hablen sobre la violencia y la crueldad, y no simplemente de lo bello que es el mundo. El arte no está para eso, sino para explorar en lo más profundo del ser humano. Es como si se tratara de un exorcismo. Por eso hoy me siento útil como nunca me sentí en la vida.

 

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