3 de febrero 2004 - 00:00
¿El fin de la belleza como requisito en TV?
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«Betty, la fea» o «Mi gorda bella» se publicitan como supuestas condenas a los modelos estéticos vigentes y como una suerte de revindicación de los marginados por su aspecto físico. Sin embargo, lo que en rigor muestran es el enfrentamiento de «feos» contra «lindos» y el triunfo de los primeros consiste en convertirse justamente en eso contra lo cual despotricaron toda la novela: lindos, flacos y exitosos, claro que con un «costado humano» del que, al parecer, los bellos de origen carecen.
Daniel Delbene, guionista de «Culpable de este amor», indicó: «Los autores, al menos en mi caso, usamos este tipo de diversidad estética para romper clichés, o sea, evitar que los malos sean feos, los lindos tontos, las brujas tengan verrugas, el villano tenga un tajo en la cara, la gordita sea alegre y simpática, etcétera. Creo que esto de utilizar gente que no responde a los modelos tradicionales de belleza fue trabajado, entre otros, por Adrián Suar, si recordamos que el galán de Andrea del Boca en «El sodero de mi vida» era Dady Brieva. O poner en el papel de galán a Miguel Angel Rodríguez en 'Son amores', que como contrafigura sí tenía a un galán tradicional como Mario Pasik. Pero lo hizo con los varones. Las mujeres seguían siendo lindas o, al menos, atractivas en el sentido tradicional. Esto tampoco establece nuevos cánones de belleza, simplemente juega con la fantasía del espectador medio que no es un galán y que así y todo puede conquistar y enamorar a una atractiva mujer».
«Creo que pasa por probar ser transgresores y que si Betty no funciona fea, que sea linda» aclara Kaspar. «Pero a los protagonistas, sean feos o lindos, los fabrica la tele. Lo han experimentado Dady Brieva, Miguel Angel Rodríguez y hasta yo. Con la televisión hay mujeres que me aman, un fan me hizo la página de Internet y ya estoy acostumbrado a que me me griten cosas por la calle. Que le griten a Echarri, es lógico, pero ¿a mí? Igual soy consciente de que en el caso nuestro, los «feos», ese amor tiene que ver con los personajes».
«Mi gorda bella», llega al extremo de la obviedad: la protagonista es una adolescente obesa, cuya dudosa caracterización recuerda a Gwynet Paltrow en «Amor ciego». La historia no es nada muy distinto a «La Cenicienta», pero aquí, en lugar de una doncella bella pero pobre, hay una joven nada agraciada pero millonaria. Como Cenicienta, Valentina, la protagonista, es huérfana y vive en una mansión con una tía malvada, sus primas snobs y un primo del que ella está enamorada desde la infancia. Desde los primeros cinco minutos de programa se deduce que la protagonista conquistará a ese primo publicista y amante del deporte.
Marcelo Camaño, guionista de «Resistiré», dijo a este diario: «En las telenovelas colombianas y brasileñas hace mucho que se echa mano a personajes así, y no de costado sino en protagónicos. En Argentina es absolutamente necesario que los lindos encabecen los elencos, y si no basta mirar los protagónicos de los últimos años. Tal vez ahora que se estilan más elencos corales -porque hay escasez de buenas actricesque además sean lindas, y lo mismo para los actores-, la cosa se popularice más. Muchas veces esos actores que no responden al ideal estético merecen más oportunidades que la clásica «rubia». Lo fundamental es que los personajes traigan historia, bien construida, y será eso lo que sume a la historia, que no tiene que ver con la apariencia física».
A modo de conclusión, Kaspar explica que «Se nos vendieron actores hermosos surgidos de realities, pero que luego no tenían con qué sostenerse. En los '60, '70 y '80, el teatro le daba figuras a la televisión. Luego, comenzó la moda de que la televisión proveyera al teatro y mi generación padeció que el San Martín convocara a los de la televisión. Pero cuando la tele ve que puede fabricar ídolos hasta cierto punto y se agota, vuelve al teatro para buscar personajes. Quizá sea un momento en que la televisión se vuelva a proveer de actores formados, grandes actores, como Alfredo Alcón, Tina Serrano, Leonor Manso, Hugo Arana».



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