7 de septiembre 2000 - 00:00

"EL GLOBO BLANCO"

H ace mucho que no se veía por acá una película tan sencilla como ésta. Faltando pocas horas para el Año Nuevo, una nena consigue que su madre la autorice a comprar un pececito para poner de adorno en la mesa. Como la madre no tiene cambio, le da, con muchas recomendaciones, un billete grande. Pero el camino desde la casa hasta el negocio de la vuelta está lleno de distracciones. El billete se pierde. Algunos ayudarán a la niña a buscarlo, otros no. Eso es todo. Mejor dicho, además de la madre se oye al padre, siempre enojado, y están el hermanito mayor, el vecinito medio pícaro, el vendedor de peces, un sastre que rezonga con el cliente, un muchachito aprendiz ansioso de irse a su pueblo, un soldado en uso de licencia (y que quizá se permita otra clase de licencias), una señora vecina de origen eslavo y, en especial, dos derviches viejitos, bien charlatanes, encantadores de serpientes y de ingenuos. Y un muchacho afgano, de ojitos chiquitos, medio perdido, vendedor de globos.
Ahí sí, podríamos decir, eso es todo. Pero hay algo más. Película breve, sencillísima, casi un cuento para niños, tiene dos moralejas. La primera es acerca de la solidaridad, y el agradecimiento. Nadie lo dice, pero queda bien expresado en las actitudes de cada personaje y en la toma final y se entiende muy bien. Y más allá del exotismo del lugar, cualquier niño, o ex niño, que vea esta película, en cualquier parte del mundo, puede reconocerse en la aventura de la nena o de los otros chicos y aprender sus lecciones. No es necesario, pero podemos agregar, eso sí, que el Año Nuevo de referencia es el Nowruz, una tradición muy popular en Irán, que los musulmanes toleran, pero que corresponde a la vieja religión persa. Para esa fiesta, los iraníes tienen en la mesa algo blanco, representación del anti-guo dios Zoroastro, y una pequeña pecera, porque los peces representan el misterio y la alegría de la vida (¿qué alegría podrán tener, dicho sea de paso, el sastrecito y el vendedor de globos?).
¿Y la segunda moraleja? Es evidente: no hay temas chicos. Y la precisión narrativa y la ense-ñanza y la emoción se pueden alcanzar con los mínimos recur-sos. La película señala el debut de la pequeña Aida Mohammadkhani, y del director Jafar Panahi, que luego se reencontrarían en «El espejo». El guión (¡ah!, claro), es del maestro Abbas Kiarostami. Ojalá algunos pomposos locales aprendieran también esa lección.

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