2 de mayo 2005 - 00:00

Estética actual en Museo Metropolitano

El Museo Metropolitano, un bello palacio afrancesado de principios del siglo XX ubicado en la calle Castex, cambió la semana pasada de modo rotundo el estilo de sus presentaciones. Por lo general, el edificio se alquila para exhibiciones, es decir, no es un museo a la manera de los clásicos ni posee una colección. Pero en estos días, el recién inaugurado Centro Metro (nombre más acertado para un espacio que alberga muestras temporarias), acaparó sus grandes salones para presentar «Ocultar para ver», una exposición representativa de la contemporaneidad.

La exhibición lleva el sello en orillo de la joven curadora Victoria Noorthoorn, ligada a un arte que se podría definir como «sensible», si se interpreta el término en el mismo sentido de la cuerda de un violín, capaz de vibrar con un mínimo roce. Es decir, se trata de una muestra que juega mayormente con sutilezas, tanto en cuestiones ópticas, como poéticas y filosóficas. El fin es destacar aspectos de la realidad que suelen quedar ocultos a la mirada.

Las obras de los artistas Esteban Alvarez, Juan Antín, Ernesto Ballesteros, Dino Bruzzone,Ana Gallardo, Julia Iriart, Luciana Lamothe, Valeria Maculán, Jill Mulleady y Elisa Estrada, con la intervención literaria de Pola Oloixárac y Maxine Swann, y filosófica de Ricardo Ibarlucía, fueron seleccionadas por la curadora, o realizadas, a partir de su propuesta.

Acaso la interpretación más acabada de esta idea sea la de Ballesteros, quien fotografía paisajes y luego los interviene: bloquea la fuente de luz, es decir, pinta de negro el sol o las lámparas que permiten la visión y genera una extraña penumbra. Así, con sus eclipses artificiales, el artistale resta protagonismo a la luz y se lo otorga al paisaje, crea una escala de valores diferente entre las partes iluminadas y las que quedan en sombras.

Ana Gallardo
aporta a la propuesta el sentido más violento. Trabaja en dos pequeños cuartos enfrentados y atiborra uno de ellos con muebles que impiden no sólo el paso, como una barrera, sino también la visión. En el contiguo, expone el mundo idealizado de la representación: dibuja uno a uno los muebles que parecen flotar en el espacio de su imaginación. El resultado de esta duplicación, tiene como resultado una doble experiencia: la de un lugar inaccesible y otro que abre su espacio al espectador; la del inaccesible mundo real y el forjado por la artista.

Bruzzone
altera sus fotografías al punto que los lugares se tornan irreconocibles; mientras Masvernat, a través de relucientes mangueras plateadas, pone a la vista los circuitos de riego de su jardín de invierno; Alvarez monta un paradójico living para un libro imposible de leer, y Mulleady recrea la magia del teatro en su « Tragedia en cinco actos», parodia que culmina en un incendio.

Dominando una de las salas, como homenaje al trabajo artesanal que hoy tiende a extinguirse, se ve un caballete vacío sobre el que Lamothe lijó de modo obsesivo, prolija y personalmente, una serie de puertas del edificio que luego apoyó sobre la pared. Ahora, y una vez retiradas las puertas, los restos de pintura y viruta conforman sobre el piso, un impecable rectángulo cuyos límites se esfuman brindando una clara idea de la acción: mostrar a través del arte lo que otros no alcanzan a ver.

A.M.Q.

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