Con la costumbre de menospreciar lo nuestro, los argentinos solemos olvidar, o ignorar, cuántos locos lindos exportamos diariamente a todas partes del mundo. Y lo bien que se adaptan, y aportan, cuando caen en terreno fértil. Esta película catalana recuerda a uno de ellos: Javier Patricio Pérez Alvarez, alias El Gato Pérez. No confundir con el recitador televisivo de anteriores temporadas. El que ahora mencionamos no recitaba, aunque bien que sabía hacerles el verso hasta a los gitanos.
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Justamente, en el barrio de Barcelona donde ahora hay una plaza con su nombre, él se metió -no sin trabajo- a la gitanería en el bolsillo, captó sus ritmos y su espíritu, e inventó una revaloración de la rumba catalana, una forma novedosa de expresar los sentimientos de la calle, caminada por buscavidas de variados países, más o menos establecidos en la ciudad. Al comienzo, los baluartes de las culturas y subculturas del lugar le desconfiaron. Todavía hoy, a quince años de su muerte, algunos sectores lo siguen mirando torcido. Pero ya forma parte del folklore, y ya aportó, además, algunas de las mejores cosas de los argentinos: la libertad creativa, la capacidad de absorción, la conciencia de seguir adelante como sea, la valoración del mestizaje racial y cultural, la habilidad para enamorar mujeres, y el culto de la amistad.
Son precisamente algunas de sus mujeres, y varios de sus amigos, los que dan aquí sus testimonios, en charlas entre ellos. Esto es interesante: en vez del recurso convencional de filmar a un testimoniante sentado, con micrófono corbatero, y luego a otro, etc., lo que ha hecho el realizador fue juntar grupos de dos o tres personas charlando entre ellas, contando unas cosas maravillosas, algunas también medio impublicables, y no siempre elogiosas.
• Bohemio
El hombre era un bohemio. Ahí están los familiares, los amigos de Argentina (Marcelo Aparicio, Marcelo Covián) y de España, compañeros de parranda, miembros de su banda, colegas, los caló de Gracia y Hostafrancs (qué nombres, Jumitus Tutupá, El Churro de Gràcia, Yumitus de la Payoya, y hay otros), y la « panda» del Zeleste, que era el boliche donde él tocaba, y que acá se reconstruye, para evocarlo también con algunas canciones de su repertorio. Entre ellas, «Se fuerza la máquina», «Todo sexo femenino», «Gitanitos y morenos», «Granito de sal», y «Viejos automóviles». Hay como quince cantantes y conjuntos (Tonino Carotone, Luis Eduardo Aute, Lucrecia, Martirio, María del Mar Bonet, Clara Montes, Ojos de Brujo, Kiko Veneno, etc.), no todos presentables, ésa es la verdad, lo que puede cansar un poco. Pero al final uno sale bailando de la sala. Y contento de saber que al menos en algunos barrios de Barcelona ser argentino no es tan vergonzoso como acá nos dicen. P.S.
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