"Good Bye, Lenin!"

Espectáculos

«Good Bye, Lenin» (id., Alemania, 2003, habl. en alemán). Dir.: W. Becker. Guión: B. Lichtenberg, W. Becker. Int.: D. Brühl, K. Sass, M. Simon, Ch. Khamatova, F. Lukas, A. Beyer.

En la RDA de 1989, una militante socialista cae en coma al ver que su hijo es golpeado por la policía de su propio régimen. Cuando despierta, ya reina el capitalismo, cosa que, atento a su salud, el muchacho piensa decírselo de a poco...

Ya con esto, tenemos una muy buena comedia sobre la evolución de las costumbres, los enredos para simular lo que ya no es, y la evocación cariñosa de programas y productos familiares que acompañaron a varias generaciones de germano-orientales, y de golpe desaparecieron. Pero hay algo más. Siempre hay algo más, en este tipo de historias.

En la mexicana
«El bulto», por ejemplo, Gabriel Retes despertaba 25 años después de haber recibido un palazo en la masacre de Tlatelolco. Lo risueño era el choque con el presente. Pero el asunto era la relación con los hijos, para quienes él, en tantos años importantes de sus vidas, sólo había sido «un bulto».

En este caso, aunque la madre no duerma tanto, los cambios se han precipitado, y el conflicto mayor se da entre la familia que ella formó bajo una ideología, y la que ahora existe, en circunstancias tan cambiantes. De ahí la importancia del prólogo con que comienza la película. Corre 1978, un alemán viaja al espacio y es héroe nacional, el padre de la familia viaja a Occidente y ahí se queda, la policía entra a la casa, y pronto la madre entra a una clínica psiquiátrica, de donde sale a los dos meses, comunista recontraconvencida.

Los chicos tendrán una infancia satisfecha, llena de cantitos y fiestitas propia de los niños del Partido. Recién mucho, muchísimo después, empezamos a sospechar que la mujer, aunque creía en la utopía, no comía tanto vidrio. Y ahí es donde la historia se supera a sí misma, con, por lo menos, dos vueltas de tuerca de tocante emoción, reveladoras de aquello que realmente importa: la necesidad de tener una familia, y los esfuerzos por conservarla, pase lo que pase, cualquiera sea la época que nos toque vivir.

De ese modo el relato se va haciendo cada vez más atrapante, con unos momentos admirables de tan fuertes y graciosos (como el encuentro casual de la hija con el padre), o simplemente de tan bien actuados, con unas miradas que dan a apreciar varias cosas, más que a entender una sola, una intensa música de piano, unas bellísimas reflexiones sobre los sueños colectivos, y un final que por suerte se estira un poco, así el público tiene tiempo para secarse las lágrimas.

A señalar, unas pocas referencias cinéfilas, muy bien puestas, como cierta estatua de fellinesco transporte, la historia de una gaseosa al modo
Billy Wilder, o el chico que pretende unir una etapa con otra como si fuera Stanley Kubrick (y no habrá sido el único). Además, también cabe agradecer que en una escena dedicada al triunfo alemán en el Mundial 1990, nadie en la película diga a quién le ganaron.

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