9 de enero 2001 - 00:00

Gusta novela sobre "realidad mágica"

María Amparo Escandón, «Santitos». (Bs. As., Sudamericana, 2000, 222 págs.)


Igual que Laura Esquivel, la de «Como agua para chocolate», la bonita e inteligente María Amparo Escandón ha escrito una de esas historias románticas sobre esforzadas heroínas mexicanas, que alcanzan su propósito gracias a los hombres comprensivos y a los toquecitos de realismo mágico latinoamericano que las autoras disponen cada tantas páginas. Pero cabe la diferencia: en vez de realismo mágico, María Amparo prefiere hablar de «realidad mágica».

Vale decir: en su caso, aunque aparezcan elementos irreales, todo tiene una explicación racional, y todo participa de lo cotidiano y lo maravilloso al mismo tiempo. Paradójicamente, la base del cuento es un drama muy fuerte: una joven viuda acaba de perder a su hija. De algún modo, se trata del proceso de aceptación y elaboración del duelo.

Pero, como San Judas Tadeo le da esperanzas, la mujer se embarca en una experiencia luminosa, que (otra paradoja, más bien picaresca) la llevará a recuperar la alegría, previo paso por algunos burdeles bastante pintorescos e inocentones, donde «todas las mujeres tenían heridas que sanar», y casi todo el mundo tiene alguna madre sustituta a quien llamar.

Siempre perdiendo algún zapato, pero nunca otra cosa -al menos involuntariamente-, la viudita apelará sucesivamente a San Antonio de Padua, patrono de las gentes perdidas; San Gerardo Mayeta, patrono de las amas de casa; Santa Artelia, patrona de las secuestradas; San Juan Soldado, patrono todavía no reconocido de los inmigrantes ilegales, y otros santos comedidos;
pasará de Tlacotalpan a Norteamérica interesándose sólo en las ciudades con nombres de santos, volverá a enamorarse y descubrirá una nueva definición,
bastante amable, de pecado.

Entretanto, su autora nos irá brindando una deleitable sucesión de episodios, algunos de ellos en primera persona (la viuda, el cura, el diario íntimo de la hija), otros en forma de cartas y otros como simples diálogos sueltos, de terceras personas que por allí pasaban, y que funcionan a modo de separadores
de capítulos.
Escandón sabe apretar en cinco líneas un hecho terrible, en una sola página la mentalidad de un pueblo de frontera y en su corazón la gracia. Se ha hecho una película muy buena con esta historia. Pero la novela es igualmente buena, y además tiene una cantidad de digresiones realmente intransferibles (por ejemplo, las inquietudes sexuales del cura confesor cuando era niño), que vale la pena leer.

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