Improbable pareja divierte moderadamente

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«Mi otro yo» («La doublure», Francia, 2006; habl. en francés).Dir.: F. Veber. Int.: D. Auteuil, G. Elmaleh, A. Taglioni, K. Scott Thomas, R. Berry, V. Ledoyen y otros.

Aunque no alcance la gracia de «El placard», la nueva comedia de Francis Veber es divertida, ágil, y supera en recursos y gags a varias de las fatigadas visitas al género de los últimos años, como «El restaurante» o «Ruby y Quentin». Se puede lamentar, en cambio, que la idea motriz del plot haya quedado algo inexplorada, en un nivel que sólo produce sonrisas y en contados casos carcajadas, pese a sus buenos comediantes y las posibilidades de la historia.

Tampoco la favorece cierto costado sentimental, que termina amortiguando el climax al que podría ir encaminándose la trama. «Mi otro yo» opone dos tipos humanos, el del poderoso y tramposo, y el perdedor de espíritu noble (no hace falta ser muy sagaz para adivinar quién de los dos será el héroe, de acuerdo con ese buen corazón que alimenta al guión). Pierre Lavasseur (Daniel Auteuil) es el millonario presidente de una empresa que tiene una amante secreta, la top model Elena (la espectacular Alice Taglioni). En un descuido, un paparazzo los descubre y la foto de ambos sale publicada en una revista escandalosa.

En realidad, ellos no están solos en la foto: a un costado aparece, por azar, el humilde encargado de parking François Pignon (Gad Elmaleh), que pasaba por allí.

Allí sobreviene el ridículo y desopilante motor de la película: Lavasseur, mediante convenientes y desparejos sobornos y los ardides de un abogado inescrupuloso (notablemente interpretado por el veterano Richard Berry) debe intentar convencer a todos, empezando por su esposa, propietaria de 60% de la empresa Kristin Scott-Thomas), que la pareja de Alice no es él sino el valet.

La puesta en escena del equívoco tiene momentos chispeantes y otros un tanto neutros. Auteuil, enfrentado a Scott-Thomas, logra los momentos más desternillantes del film, y curiosamente los que podrían haber sido los más brillantes, es decir, las escenas de disparatada convivencia de pareja entre una mujer a lo Claudia Schiffer y un pobre pelagatos nuncaterminan de levantar vuelo; en todo caso, cerca del desenlace, hay algunos recursos divertidos (que no viene al caso revelar) como para darle más fuerza al equívoco. En cambio un desperdicio, por ejemplo, es la escena del desfile top, con la actuación del mismísimo Karl Lagerfeld, cuyo potencial climático ni siquiera llega a insinuarse. En fin, hoy hay que contentarse con lo que hay y ni siquiera pensar lo que podría haber sido «Mi otro yo» interpretada por Gassman y Tognazzi y dirigida por Monicelli.

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