31 de julio 2007 - 00:00

Ingmar Bergman: el silencio del cine

Ingrid Thuliny VictorSjöström en«Cuandohuye el día». (abajo)
Ingrid Thulin y Victor Sjöström en «Cuando huye el día». (abajo)
Estocolmo (ANSA, Reuters, AFP) - Dos semanas después de haber cumplido 89 años, murió ayer en su retiro en la isla Farö, sobre el mar Báltico, el cineasta sueco Ingmar Bergman, director de unas 60 películas y uno de los grandes maestros del cine mundial. Bergman murió tranquilamente mientras dormía en su casa. Apenas enterado de la noticia, su gran admirador Woody Allen dijo en Barcelona: «Fue una de las pocas personas que utilizó un film como una genuina forma de arte, como un gran escritor. A él no le interesaba el mundo comercial del cine. Una vez me dijo que no querría morir en un día soleado. Ojalá haya tenido un cielo con nubes», dijo Allen a la BBC.

Bergman fue enemigo de todo compromiso y defensor a ultranza de su vida privada, que mantuvo al margen de la prensa. Sólo su enfrentamiento con el fisco de su país, que lo obligó a exiliarse en Alemania en 1976, tuvo amplia difusión periodística.

Hijo de un pastor protestantecon el que mantuvo una tensarelación que se advierte en las innumerables figuras paternas negativas de su producción (sólo en las últimas dos décadas pareció haberse reconciliado con él, como lo muestra ese paseo en bicicleta de padre e hijo en el autobiográfico «Los niños del domingo»), Bergman se sintió atraído primero por el teatro y luego por el cine.

Animador de veladas teatrales con títeres junto a su hermana cuando era apenas un niño -revisitadas en «Fanny y Alexander»-, a los 23 años Bergman escribió su primera pieza, «La muerte de Gaspar», tras haber debutado como director primero en la provinciana Goteborg y luego en Estocolmo. La obra le abrió las puertas de la Svensk Filmindustri, una de las más antiguas productoras cinematográficas suecas, a la cual le fue sustancialmente fiel a lo largo de casi toda su carrera.

Contratado primero como guionista (para los más grandes directores de su época, como Alf Sjöberg y Gustav Molander), Bergman consiguió casi inmediatamente pasar a a la dirección con «Crisis» en 1946, producida por uno de sus mitos, Victor Sjöstrom, que once años más tarde fue el protagonista de uno de sus films más conmovedores, «Cuando huye el día».

A este siguieron una serie de realizaciones torturadas, angustiantes, marcadas por una fotografíaen un blanco y negro contrastado de su fiel Gunnar Fischer, primero, y Sven Nykvist, después. Con pocas excepciones como las parturientas de «Tres almas desnudas» o la comedia «Sonrisas de una noche de verano», el cine de Bergman habla del sexo como culpa, de la ausencia de Dios, de la violencia dentro y fuera de los muros familiares. Su cine atrajo en principio por la transgresión, como el caso de «Un verano con Mónica», su primer éxito internacional. «El séptimo sello», con su fascinante duelo al ajedrez entre un caballero y la muerte, terminó por consagrarlo en 1957 en el panteón de los auténticos creadores, gracias además al gran premio del jurado de Cannes (la Palma de Oro la había ganado dos años antes con «Sonrisas de una noche de verano»). Esa distinción fue seguida tres años después por «La fuente de la doncella», que le proporcionó el primero de sus tres Oscar.

Pero fue en la década del 60 que el mundo bergmaniano desplegó toda su riqueza y profundidad con «Detrás de un vidrio oscuro» y su pareja aislada en una isla solitaria (la de Farö, que fue a partir de entonces su residencia favorita), «Luz de invierno», su film preferido con su pastor en crisis, «El silencio» con sus dos hermanas en conflicto, «Persona» con la paciente muda y la enfermera parlante, «La hora del lobo», con el terror de la muerte, y «Vergüenza», con el horror de la guerra.

En la década siguiente rodó «Gritos y susurros», donde dos hermanas asisten impotentes a la cruel agonía de la tercera, «Escenas de la vida conyugal» con una pareja en el momento final de una historia de amor, y «Sonata de otoño» y el doloroso enfrentamiento de una madre artista y una hija sin talento. En el medio de esta tragedia, un oasis, la versión de «La flauta mágica» de Mozart, representada en el teatro sueco de corte como si transcurriera pleno siglo XVIII; un inocultable traspié, como fue su retrato de la Alemania prenazi en «El huevo de la serpiente», con David Carradine, y luego el esplendor de la obra final, «Fanny y Alexander», con la que Bergman, con la mirada vuelta hacia su niñez, describió un mundo encantado.

Habría debido ser el canto del cisne pero el director sueco siguió trabajando, confiando sus guiones al cineasta danés Bille August, que realizó «Con las mejores intenciones» (1990); a su hijo Daniel Bergman, director de «Niños del domingo» (1992), y a su ex compañera, la actriz Liv Ullman, que realizó «Conversaciones privadas» (1996). Al final está «Saraband» de 2003, filmada en digital y secuela de «Escenas de la vida conyugal», donde reaparece la pareja de este film, 30 años después, dispuesta a esperar el fatal desenlace de sus vidas.

Tanto en su vida como en su obra, las mujeres ocuparon un lugar preponderante.

«El mundo femenino es para mí el enigma más grande» solía decir el director, que buscaba la respuesta en las tramas de sus films y con las actrices que dirigía y de las que a menudo se enamoraba. Su autor preferido era August Strindberg, otro obsesionado por las mujeres, seguido en todo por Bergman. La última y más amada de sus esposas legítimas fue la condesa Ingrid von Rosen, que por él dejó riquezas y cuatro hijos adolescentes.

La muerte de Von Rosen a causa de cáncer, en mayo de 1995, tras más de 23 años de matrimonio y casi 38 de convivencia, lo sumió en la última de sus grandes depresiones, que superó con dificultad gracias a la idea de que en la muerte podría volver a reunirse con ella. Se casó primero con una coreógrafa, Else Fisher, luego con una profesora, Ellen Lundström, después con una escritora, Gun Grut y más adelante con una pianista, KTMbi Laretei. Mantuvo, además, extensas relaciones con las actrices Malin Ek, Harriet Andersson, Bibi Andersson y Liv Ullmann.

Bergman tuvo en total nuevehijos, y siempre logró mantener una armoniosa relación con todas sus mujeres, y algunas seguían colaborando con él, como Else Fisher que hizo Ingrid Thulin y Victor Sjöström en

«Cuando huye el día». la coreografía de «El séptimo sello», o Kabi Laretei que lo ayudó e inspiró para «Sonata de otoño».

  • Repercusiones

    Cineastas, actores dramaturgos e intelectuales lamentaron ayer su muerte. El actor Erland Josephsson, que trabajó con Bergman en 14 películas, dijo que «era un hombre fantástico y su muerte es causa para mí de infinito pesar». También Max von Sydow se referió a Bergman al señalar que «siento una gratitud infinita por todo lo que me ha dado en el plano profesional y por el inmenso privilegio de haber sido su amigo».

    Liv Ullmann, su ex pareja y protagonista de diez films de su autoría, entre ellos el postrero «Saraband», dijo que no puede «imaginar un mundo sin él» y agregó que «tuvo el coraje de contar los amores, las pasiones, las derrotas y el flujo lento y complejo del alma humana». Desde París, el presidente francés Nicolas Sarkozy declaró que con Bergman «desaparece uno de los genios del cine de nuestro tiempo» y dijo, recordando la frase del cineasta sobre el cine como mezcla de sueño y música, que «hoy en la isla de Farö el sueño ha terminado y la música se ha apagado».

    El cineasta italiano Bernardo Bertolucci indicó que en los años 50 y 60 el cine de Bergman «se dirigió hacia una zona inexplorada que hasta ese entonces era coto privado de la literatura».
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