31 de julio 2007 - 00:00
Ingmar Bergman: el silencio del cine
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Ingrid Thulin
y Victor
Sjöström en
«Cuando
huye el día». (abajo)
Pero fue en la década del 60 que el mundo bergmaniano desplegó toda su riqueza y profundidad con «Detrás de un vidrio oscuro» y su pareja aislada en una isla solitaria (la de Farö, que fue a partir de entonces su residencia favorita), «Luz de invierno», su film preferido con su pastor en crisis, «El silencio» con sus dos hermanas en conflicto, «Persona» con la paciente muda y la enfermera parlante, «La hora del lobo», con el terror de la muerte, y «Vergüenza», con el horror de la guerra.
En la década siguiente rodó «Gritos y susurros», donde dos hermanas asisten impotentes a la cruel agonía de la tercera, «Escenas de la vida conyugal» con una pareja en el momento final de una historia de amor, y «Sonata de otoño» y el doloroso enfrentamiento de una madre artista y una hija sin talento. En el medio de esta tragedia, un oasis, la versión de «La flauta mágica» de Mozart, representada en el teatro sueco de corte como si transcurriera pleno siglo XVIII; un inocultable traspié, como fue su retrato de la Alemania prenazi en «El huevo de la serpiente», con David Carradine, y luego el esplendor de la obra final, «Fanny y Alexander», con la que Bergman, con la mirada vuelta hacia su niñez, describió un mundo encantado.
Habría debido ser el canto del cisne pero el director sueco siguió trabajando, confiando sus guiones al cineasta danés Bille August, que realizó «Con las mejores intenciones» (1990); a su hijo Daniel Bergman, director de «Niños del domingo» (1992), y a su ex compañera, la actriz Liv Ullman, que realizó «Conversaciones privadas» (1996). Al final está «Saraband» de 2003, filmada en digital y secuela de «Escenas de la vida conyugal», donde reaparece la pareja de este film, 30 años después, dispuesta a esperar el fatal desenlace de sus vidas.
Tanto en su vida como en su obra, las mujeres ocuparon un lugar preponderante.
«El mundo femenino es para mí el enigma más grande» solía decir el director, que buscaba la respuesta en las tramas de sus films y con las actrices que dirigía y de las que a menudo se enamoraba. Su autor preferido era August Strindberg, otro obsesionado por las mujeres, seguido en todo por Bergman. La última y más amada de sus esposas legítimas fue la condesa Ingrid von Rosen, que por él dejó riquezas y cuatro hijos adolescentes.
La muerte de Von Rosen a causa de cáncer, en mayo de 1995, tras más de 23 años de matrimonio y casi 38 de convivencia, lo sumió en la última de sus grandes depresiones, que superó con dificultad gracias a la idea de que en la muerte podría volver a reunirse con ella. Se casó primero con una coreógrafa, Else Fisher, luego con una profesora, Ellen Lundström, después con una escritora, Gun Grut y más adelante con una pianista, KTMbi Laretei. Mantuvo, además, extensas relaciones con las actrices Malin Ek, Harriet Andersson, Bibi Andersson y Liv Ullmann.
Bergman tuvo en total nuevehijos, y siempre logró mantener una armoniosa relación con todas sus mujeres, y algunas seguían colaborando con él, como Else Fisher que hizo Ingrid Thulin y Victor Sjöström en
«Cuando huye el día». la coreografía de «El séptimo sello», o Kabi Laretei que lo ayudó e inspiró para «Sonata de otoño».
Cineastas, actores dramaturgos e intelectuales lamentaron ayer su muerte. El actor Erland Josephsson, que trabajó con Bergman en 14 películas, dijo que «era un hombre fantástico y su muerte es causa para mí de infinito pesar». También Max von Sydow se referió a Bergman al señalar que «siento una gratitud infinita por todo lo que me ha dado en el plano profesional y por el inmenso privilegio de haber sido su amigo».
Liv Ullmann, su ex pareja y protagonista de diez films de su autoría, entre ellos el postrero «Saraband», dijo que no puede «imaginar un mundo sin él» y agregó que «tuvo el coraje de contar los amores, las pasiones, las derrotas y el flujo lento y complejo del alma humana». Desde París, el presidente francés Nicolas Sarkozy declaró que con Bergman «desaparece uno de los genios del cine de nuestro tiempo» y dijo, recordando la frase del cineasta sobre el cine como mezcla de sueño y música, que «hoy en la isla de Farö el sueño ha terminado y la música se ha apagado».
El cineasta italiano Bernardo Bertolucci indicó que en los años 50 y 60 el cine de Bergman «se dirigió hacia una zona inexplorada que hasta ese entonces era coto privado de la literatura».

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