14 de septiembre 2000 - 00:00

"LA CLAVE DEL EXITO "

L a expresión teatro filmado suele usarse despectivamente, lo que es un error. Películas como «12 hombres en pugna» de Sidney Lumet o el deslumbrante «Otelo» de Orson Welles dejaron en claro hace
mucho que el teatro filmado puede derivar en cine de primer nivel. Claro que para eso, el teatro debe estar muy bien filmado. Cuando el teatro filmado es apenas la transposición mecánica y poco imaginativa de una obra de teatro al cine, el espectador se encuentra frente a productos tan opacos y poco interesantes como
«La clave del éxito», la película que hizo Kevin Spacey luego de ganar el Oscar por «Belleza americana». Spacey también es el productor de este film de bajo presupuesto, por lo que quizá se lo pueda responsabilizar a él más que a cualquier otro de los involucrados.
Las actuaciones de Spacey y Danny DeVito no son malas, y si no fuera por su talento interpretativo la película directamente sería insostenible. Ambos encarnan a un dúo de marketineros de una empresa de lubricantes que montan un agasajo para ejecutivos del ramo en Wichita con el único fin de conseguir una nueva cuenta esencial para su empresa.
El «Big Kahuna» del título original se refiere justamente a ese importante cliente que deben atrapar en esa suite de hotel donde transcurre toda la película. El tercero en discordia (totalmente lejos del nivel actoral de los dos protagonistas) es un ejecutivo novato y mojigato personificado por
Peter Facinelli.
Mientras los dos curtidos hombres de negocio beben, fuman e intercalan malas palabras en todas sus líneas (cosa que en general el subtitulado al español se ocupa de aligerar, como para volver las cosas un poco más aburridas) el novato es un bautista que no puede dejar de citar las palabras del evangelio olvidando su meta de vender lubricantes.
Este es el conflicto de la obra original de
Roger Rueff, que demuestra un total desconocimiento de los resortes cinematográficos más básicos y una inca-pacidad total por dotar de tensión a una pieza que, al menos por lo que se ve en la pantalla, tampoco debe haber sido la gran cosa en las tablas. El debutante director John Swanbeck se limitó a darle un par de tomas en cámara lenta a Spacey, y clavar la cámara durante los interminables diálogos intimistas de sus personajes.
La música de
Christopher Young, sin ser excesivamente brillante al lado de otros trabajos del compositor de «Apuesta final», al menos sirve para animar medianamente las imágenes estáticas de un film que sólo puede recomendarse a quien haya esperado toda la vida para conocer el pensamiento más profundo de un especialista en marketing sobre la honestidad, Dios, la vida y la muerte.

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