28 de abril 2005 - 00:00

"La intérprete"

Bella y coqueta Nicole Kidman, amenazada por sicarios y conspiradores en «La intérprete», de Sidney Pollack.
Bella y coqueta Nicole Kidman, amenazada por sicarios y conspiradores en «La intérprete», de Sidney Pollack.
Elenco, director y tema permiten augurar a «La intérprete» un buen rendimiento de taquilla (el film fue estrenado en los EE.UU. la semana pasada y superó de lejos los cálculos más optimistas). Sin embargo, tratándose de un policial político del mismo creador de «Los tres días del Cóndor», está casi en los umbrales del chasco.

Nicole Kidman
interpreta acá a la clásica «testigo en peligro», protegida por el clásico investigador alcohólico del FBI con dramas personales (Sean Penn, en este caso un viudo reciente lleno de traumas). Kidman, a quien las sucesivas cirugías la harían parecerse cada día más a Meg Ryan -si no fuera porque las cirugías de Meg Ryan la hacen parecerse cada día más a Nicole Kidman, pero como era antes-, interpreta aquí a una traductora simultánea de las Naciones Unidas que escuchó lo que no debía: el anuncio del próximo asesinato a un dictador africano, que visitará en pocos días más el edificio de la ONU.

Básicamente, el argumento es exactamente como cualquiera se lo imaginaría antes de ver la película, y en exacta secuencia: desesperación de la testigo, desconfianza inicial del protector sobre la veracidad de lo que dice, comprobación, complicación sentimental entre ambos, peligro. Sensación, en definitiva, de película muchas veces vista.

Sin embargo, eso no es lo más negativo (al fin y al cabo, uno de los grandes placeres del cine consiste en olvidar y volver a ver siempre la misma película). Lo que distrae, fatiga e inclusive a veces irrita son las innecesarias complicaciones de la trama, las ramificaciones de toda clase, quizá con el único fin de llegar a las más de dos horas de película.

Esos estiramientos producen, más de una vez, escenas como la de Nicole Kidman comprometida políticamente con la causa de la Africa negra profunda (en el film, ella es una oriunda blanca de uno de esos países) y, ataviada con el mejor Gucci de la Fifth Avenue, le dice a Sean Penn que sueña con volver a vivir allí, que ya no soporta Nueva York (escena que está a un paso de superar la de Graciela Borges en «Pobre mariposa», cuando denunciaba la conspiración nazi). Otra escena desdichada, ay, es aquella en la que el duro Penn debe reprimir un puchero de emoción en una plaza.

En definitiva, el film retribuye al espectador con un módico entretenimiento policial, que por cierto se desearía más conciso, y más lúcido.

M.Z.

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