(versión
norteamericana
de un
angustiante film
japonés sobre el
lado oscuro de
la tecnología)
gustará a los
fans del género.
«Latidos» («Pulse», EE.UU., 2006, habl. en ingles) Dir.: J. Sonzero Int.: K. Bell, I. Somerhalder, C. Milian, R. Gonzalez, J. Tucker.
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Luego de conectar con un website misterioso, un joven hacker entra en un período depresivo que culmina en suicidio. Sus amigos, bombardeados por mensajes que sigue mandando la PC del difunto, parecen destinados a la misma suerte, probablemente compartida por el resto de la humanidad.
Un lustro atrás, la angustiante metáfora sobre la soledad, la paranoia, el aislamiento y la autodestrucción de una sociedad que sólo se comunica a través de medios virtuales, filmada por Kiyoshi Kurosawa en su película «Kairo», no podia aspirar a convertirse en un éxito comercial como «Ringu». De hecho, esa película no fue estrenada comercialmente entre nosotros, por lo que esta remake hollywoodense escrita por Wes Craven debería resultar más novedosa que otras versiones occidentales de los mayores éxitos del terror nipón.
En cambio, durante la primera mitad, más que una remake, «Latidos» luce como una copia del terror japonés en general, lo que redunda en un tono pretencioso, solemne y artificial, con imágenes que más que minimalistas parecen de una producción clase B, protagonizada por actores de TV que no saben qué hacer con unos diálogos que se toman demasiado en serio a sí mismos. Hay que reconocer que lo angustiante de la primera parte de la película genera un lógico rechazo, que obliga al espectador a mirar cualquier defecto con tal de no meterse en ese universo de insoportable soledad. Cuando la angustia explota en terror, el espectador casi respira aliviado al sentirse dentro de un relato de género, más convencional y tranquilizador a medida que los fantasmas del mundo virtual comienzan a hacerlos saltar de la butaca. Por último, la necesidad hollywoodense de explicarlo todo antecede a un final apocalíptico que aporta un poco de humor solapado, sobre todo en lo visual y en las referencias a clásicos mayores del género, como «La invasion de los usurpadores de cuerpos» de Don Siegel o «Alphaville» de Godard.
Con todos sus desequilibrios, obviedades temáticas e incoherencias argumentales, « Latidos» es menos descartable de lo que aparenta a primera vista. Y, además, tiene un soberbio cameo del inigualable Brad Dourif, ominoso como nunca profetizando el fin del mundo.
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