24 de enero 2001 - 00:00
Mildred Burton, en el Museo de Bellas Artes
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La obra de Mildred Burton.
Por cierto, Burton satirizaba así a la uniformidad social tanto como al auge creciente del uso de estos vehículos, que parecía llegar a la simbiosis entre hombre y máquina. Pero, a la vez, aludía a motos y autos en su capacidad de símbolos sociológicos de clase social.
La obra de Burton, -que inaugurará su muestra el 6 de febrero, en el Museo Nacional de Bellas Artes-, se distingue por su oficio indiscutible, el desdén por toda lógica y el humor. En la mayoría de sus trabajos se manifiesta una constante oposición entre su imaginación y el sentido común. Esa oposición es fundamental en Proyectos y Proyectoides, dos series complementarias.
En los primeros, su imaginación la lleva a la elaboración del Puente elevador para turistas de Mont Juic, que se eleva desde el mar catalán hasta las colinas del Mont Juic, donde el gran arquitecto Josep Lluis Sert, diseñara la sede de la Fundación Miró; Arata Isozaki, un estadio cubierto rodeado por las esculturas de su mujer, Aiko; y una escuela diseñada por Ricardo Bofill. El puente se mantiene con resinas humanas, animales y vegetales. Posee cámaras compactadoras, piletas, lugares de esparcimiento y usinas que transforman los restos orgánicos de los «turistas gordos» en alimentos para los peces del mar.
Su Ciudácula Futboloide es una ciudad imaginaria a levantarse en la Isla Martín García para el desarrollo de eventos especiales: posee 300 habitantes estables (la hinchada) y 30 jugadores en línea. Se alquilan disfraces, fieras y armas. La gente es educada para corear cantos de apoyo. Existe una Central Mafia y una Central Doping, además de viviendas especiales para cada profesión. Una vez por mes se ejecuta allí, en una gran fiesta, a un árbitro de fútbol, un director técnico o un presidente de club. Hay bandas de música y se lleva al público con barcos y helicópteros.
Burton desarrolla su imaginería fantástica por medio de una gráfica precisa, en imágenes tales como una piscina polícroma, en el medio del mar, rodeada de peces, objetos, altoparlantes y una portezuela que da al mar. La compleja trama que tejen aparatos electrónicos, señales viales y robots, junto a gigantescas zanahorias, ojos, orejas, cactus, reptiles, constituyen el denominador común de sus trabajos, que desarrollan una zoología particular integrada irónicamente a las construcciones y a un antropomorfismo lúdico.
A pesar de la aparente diversidad de elementos y colores, Burton logra la esencia íntima de una figuración singular. No presenta edificios, propuestas u objetos aislados, sino proyectos para la arquitectura de una ciudad. Se trata de una conjunción inesperada de elementos disímiles, estructuras, que no por heteróclitas son menos armónicas: un mundo fantasmal en el que los elementos se contextualizan.




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