27 de abril 2005 - 00:00

Murió Augusto Roa Bastos, gran fabulador del poder

Augusto Roa Bastos en ocasión de su última visita a BuenosAires, con la Orden del Libertador General San Martínque le otorgó el canciller Rafael Bielsa.
Augusto Roa Bastos en ocasión de su última visita a Buenos Aires, con la Orden del Libertador General San Martín que le otorgó el canciller Rafael Bielsa.
El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos murió ayer en Asunción a los 87 años, tras sufrir un paro cardíaco. El autor de «Yo el supremo», ganador del Premio Cervantes en 1989 e integrante de la llamada «Generación del Chaco», había ingresado el viernes último en el sanatorio Santa Clara de Asunción, tras sufrir una caída en su domicilio. Su salud estaba deteriorada desde mucho tiempo atrás.

Nacido en 1917 en Asunción, tuvo un padre severo, gerente de una refinería de azúcar, que le serviría de modelo para muchos de sus personajes. Pasó su infancia en Iturbe, pequeño pueblo de la región del Guairá, que sería escenario de sus primeros relatos. A los 15 se fugó con un grupo de compañeros de colegio a la guerra del Chaco, contra Bolivia, como asistente de enfermería.

En 1945, cuando ya había comenzado a trabajar como periodista, viajó a Inglaterra y Francia, y sus entrevistas y crónicas del final de la guerra se publicaron en el diario «El País» de Asunción. Gracias a la amistad que había logrado con André Malraux, pudo entrevistar a Charles De Gaulle.

En 1947, tras regresar al Paraguay, las persecuciones desencadenadas por la dictadura de Alfredo Stroessner lo obligaron a viajar a Buenos Aires. En la Argentina sobrevivió con todo tipo de oficios. Fue cartero, mozo en un hotel alojamiento, vendedor ambulante, corrector de pruebas y vendedor de seguros (trabajó muchos años en «La Continental»), sin abandonar nunca su actividad literaria. En 1976, con el golpe militar, se trasladó a Francia. Allí enseñó literatura y guaraní en la Universidad de Toulouse le Mirail. En 1982, tras un breve retorno a su país, fue privado de la ciudadanía paraguaya y se le concedió la española en 1983.

Representante paraguayo del «boom» latinoamericano, Roa Bastos se valió del tema del poder en sus diferentes manifestaciones, en especial los extremos del poder ya fuera en lo político, lo religioso o lo social, como sustento de su literatura.

Su carrera literaria comenzó con el estreno de su pieza teatral «La carcajada», en 1930. Como autor teatral después dio a conocer «La residenta» y «El niño del rocío», fechadas en 1942, y «Mientras llegue el día», de 1946. A fines de la decada del 30, había escrito la novela «Fulgencio Miranda» nunca publicada y en 1942 apareció «El ruiseñor de la aurora y otros poemas». Roa Bastos formó parte del grupo Vy'a Raity (El nido de la alegría), que en la década del 40 fue decisivo para la renovación de la poesía y la plástica en Paraguay.

Ya en Buenos Aires publicó un nuevo poemario en 1960,
«El naranjal ardiente» ( Nocturno paraguayo) y los relatos «El trueno entre las hojas» (1953), «Hijo de hombre» (1960, un anticipo de lo que sería «Yo, el supremo») y «El baldío» (1966), donde abordó los problemas sociales y políticos de su país.

En 1967
Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa lo invitaron, junto a Gabriel García Márquez y Alejo Carpentier, a participar en un libro que se llamaría «Los padres de la patria», antología de relatos que tratarían de dictadores latinoamericanos. Querían dedicar un capítulo a un déspota paraguayo. El libro no llegó a concretarse, pero dio lugar a tres novelas magistrales: «El otoño del patriarca», de García Márquez, «El recurso del método», de Carpentier, y «Yo, el Supremo», de Roa Bastos.

En esta novela de 1974, su obra maestra, recreó los últimos días del gobierno de
José Gaspar Rodríguez de Francia (1811) y relata la rebelión del pueblo paraguayo ante el régimen de quien es identificado por el escritor como «El Supremo». Muchos vieron en ese personaje, pese a sus abismales diferencias históricas, al mismo Stroessner, razón por la que la novela estuvo prohibida algunos años en Paraguay. Nada más lejos de ese inspirador: en ocasión de recibir el Premio Cervantes, el narrador llegó a reconocer que concibió a su protagonista sobre la base del Quijote.

Su producción también se compone de
«Los pies sobre el agua» (1967), «Madera quemada» (1967), «Moriencia» (1969), «Cuerpo presente y otros cuentos» (1971), « Antología personal» (1980), «Contar un cuento y otros relatos» (1984).

En 1985 estrenó una adaptación teatral de
«Yo, el supremo». En 1992, en ocasión del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, publica la novela «Vigilia del Almirante», sobre Cristóbal Colón, y luego escribe «El fiscal» (1993), «Contravida» (1994) y «Madama Sui» (1996).

En el cine, además de
«El trueno entre las hojas» y « Sabaleros» (ver recuadro) participó como guionista, adaptador o inspirador con su propia obra, de varios otros films, en especial «Shunko» (1960) y «Alias Gardelito» (1961), ambas de Lautaro Murúa, la notable «Hijo de hombre» de Lucas Demare (1961). Con Tomás Eloy Martínez adaptó «El último piso» y «El terrorista», luego hizo «La boda» en 1964, otra vez con Demare, con quien también colaboró en «La madre María» de 1974.

«Como espectador, mi preferida es 'Shunko', la primera de Lautaro Murúa, esa historia conmovedora de un maestro y unos niños del monte santiagueño»
dijo en un reportaje a este diario en 1998, en uno de sus tantos viajes a Buenos Aires. «Pasamos tres meses en Santiago del Estero, en contacto directo con la gente.Y qué símbolo de nuestro americanismo esa película: un director chileno, un guionista paraguayo, basados en las memorias de un maestro argentino. Y por supuesto, la de Lucas Demare, 'Hijo de hombre'. Y aquel joven Armando Bo, a quien recuerdo con mucha gratitud porque fue el primero en entusiasmarsepara llevar al cine un libro mío.Y hay otros claro, como Manuel Antín, que adaptó una historia mía para su 'Castigo al traidor'. Por razones de higiene creativa,eso sí, traté no no molestar a los directores. Acaso los espiaba un poco, para tratar de influirles mi pensamiento, pero sin imponerme a la fuerza».

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