5 de mayo 2003 - 00:00

"No me interesa esa rebeldía de living del teatro de hoy"

El director Ricardo Holcer estrenó este fin de semana «Parásitos» una nueva pieza del joven dramaturgo alemán Marius von Mayenburg, en el Espacio Callejón (Humahuaca 3759). Es la segunda obra de este autor que se estrena en la Argentina después de «Cara de fuego», presentada en 2001 por el director lituano Oskaras Korsunovas, en el Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires. Invitado por el Instituto Goethe, Holcer ya ofreció el año pasado dos funciones de «Parásitos» en el ciclo de teatro semimontado destinado a difundir nuevos dramaturgos alemanes. Para este director, habituado a dirigir piezas de carácter revulsivo -entre ellas «Los siete gatitos», de Nelson Rodríguez, en el Teatro Cervantes, «Woyzeck» de George Buchner y «La Metamorfosis» de Frank Kafka, ambas en el Teatro General San Martín-, la pieza de Mayenburg le ofrecía una magnífica oportunidad de sondear en los conflictos interpersonales desde una perspectiva social y política. Los personajes de la obra (dos hermanas y sus respectivas parejas) se agreden todo el tiempo, a pesar de que ninguno de ellos puede estar solo y necesita de los demás para seguir viviendo. Los conflictos se agravan con la llegada de un anciano que viene a ofrecer su ayuda al joven que dejó inválido tras un imprudente accidente de auto. Integran el elenco María Merlino, Laura Mantel, Pablo De Nito, Carlos Bordchard y Carlos Weber.

Periodista: ¿Qué fue lo que más le interesó de esta obra?

Ricardo Holcer: La disyunción que existe entre el cuerpo y el lenguaje. Hay momentos donde el lenguaje afirma algo que el cuerpo niega. Yo creo que este doble discurso está totalmente instalado en nuestra sociedad y sobre todo en nuestros políticos que son todo un catálogo de disyunción entre lo que dicen y lo que real-mente hacen, como si nosotros no retuviéramos aún en la memoria de nuestros cuerpos las consecuencias de sus gestiones. Eso fue lo que me impactó de esta pieza al igual que su conexión directa con la actualidad. Son seres que se destruyen y autodestruyen intentando comunicarse, esto es lo terrible. Este permanente malentendido hace que todo termine en una guerra de cinismos, envidias y destrucción.


P.:
La obra es pesimista, violenta e incluye situaciones bastante desagradables. Pero parece que esta exacerbación termina resultando cómica.

R.H.: Las dos funciones que ofrecí en el Goethe fueron muy elogiadas precisamente por eso. De pronto te encontrás riéndote con una risa gélida, porque lo que sucede es terrible. Escuchás que una embarazada le dice a su hermana: «Sí, yo fumo, porque creo que lo mejor para mi hijo es convertirse en una pelota de alquitrán. Esa es la mejor preparación para una vida sensata». Entonces yo me pregunto ¿Qué pasa en un mundo donde nos llegan las fotos de chiquitos sin brazos por la invasión de un país que dice que va a liberar a otro? Ahí te queda claro que hay una gran disociación entre lo que se dice y se hace a todo nivel.


P.:
¿Usted cree que el espectador va a asociar esta obra con la guerra de Irak?

R.H.: No, ni lo pretendo. Yo trabajo desde mi visión del mundo, nunca lo hago desde una voluntad pedagógica. Lo que sí va a resonar es esta idea de crueldad, discriminación prejuicio y violencia de quienes dicen buscar la comunicación con el otro, cuando en realidad lo destruyen.Yo creo en un teatro que dé cuenta de las relaciones de poder en la política mayor, desde la microbiología de los vínculos personales. Esta mujer embarazada que agrede a su hijo, está afectada por la violencia de un marido que desde la primera escena intenta violarla, ignorando el no-deseo de su mujer. Eso sucede y es tan nuestro como el mate cocido. Lo que pasa es que no es la imagen del naturalismo costumbrista que ahora se está intentando recuperar a través de las tiras de Suar.Yo intenté otra cosa, exponer las llagas, mostrar el síntoma, no ocultarlo ni pasarlo por la parodia, que es otra cosa que me irrita.


P.:
¿Por qué?

R.H.: En el teatro de hoy en día todo es lenguaje y parodia, el actor parodia a su persona-je, el lenguaje cita a la banalidad. Hay un regodeo en la banalidad, ahora los personajes se pueden pasar tres horas hablando de la mayonesa Hellman's. Los autores se encierran en un discurso auto-complaciente, tipo bar de Palermo Hollywood. A mí no me interesa esa rebeldía de living de entrecasa. A veces dicen cosas muy inteligentes, pero ¿pasa algo?, nada. A mí me apasiona llevar a los actores al límite, a zonas de desconocimiento de sus propias potencias. Esta es una obra que existe por la actuación. No hay escenografía, ni una silla, ni una mesa, ni nada. Porque para ese teatro de sillas siempre tengo un hacha guardada en mi bolsillo.

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