14 de septiembre 2000 - 00:00

"OTOÑO EN NUEVA YORK"

C olecciono antigüedades” le dice, con esa Chen. sonrisa de la que sólo ella es capaz, Winona Ryder a Richard Gere apenas surge el tema de la edad, y cuando la conquista está por consumarse. Vestido casi siempre de negro, aire negligé, el actor budista interpreta en este desafiante film de la actriz china Joan Chen (que también hace un culto de las antigüedades) a un preocupado amante anacrónico, dueño de un restorán fashion y no desacostumbrado a ser tapa de revistas. Sí lo perturba, en cambio, la posibilidad de un amor a largo plazo cuando el objetivo tiene la forma de cualquier mujer que circula por el Central Park sudando joggings y cara de ejecutiva con estrés, o su imposibilidad, cuando se trata de la inocente Winona, puro ángel.
Ella diseña sombreros, se ruboriza en el primer encuentro con las amigas como testigos, se le seca la boca, le faltan las palabras, y únicamente su aire neoyorquino y cierta desenvoltura en las fiestas la diferencian de la Mimí de «La Bohème». Hasta su mano está fría: una cruel enfermedad, también como en Puccini, amenaza sus días. La diferencia generacional, que tanto preocupa a él pero no a ella, no obra como obstáculo: sí lo hace esa cuenta regresiva, de final incierto, y que introduce el elemento de suspenso en esta historia de amor que, en más de un sentido, recuerda tanto al boom de los años '70 «Love Story», el film que más se le emparenta, aunque no refleje siquiera algo del cinismo que sí tenía la obra de Erich Segal.
«Otoño en Nueva York», sin duda, es una película desafiante, y que por lo tanto se pone voluntariamente al borde del precipicio más de una vez. Su desafío consiste en recrear un melodrama como los del viejo Hollywood en una época que, si bien hace un culto de ellos y de cada uno de sus íconos, desaconseja su resurrección sin que medie, aunque más no sea, algún acento paródico.

 Verosímil

Dicho de otra manera: se admite y se alienta el culto a Bette Davis y a Joan Crawford pero, para hacer hoy películas como las que hacían ellas, el verosímil de la época aconseja la inclusión de algún travesti y algunas líneas de cocaína mezcladas con las lágrimas y la pasión.
Pero la directora
Chen aco-mete este «tearjerker» (como denominan los norteamericanos al género que persigue la lágrima del espectador) sin escudos anticursi, jugando noblemente y sin preocupaciones con los elementos más genuinos del género: así, «Otoño en Nueva York» se convierte en una película de pura exposición, que por lo tanto se diferencia, y distingue: frágil ante la mirada caústica, pero profundamente eficaz para quien acepte su juego -y no habrá más que mirar el rostro de muchas de sus espectadoras, cuando abandonen la sala, para comprobar que el propósito ha quedado cumplido-.

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