Brian Maya y Matías Desiderio en sus noches de perdición según «Palermo Hollywood».
«Palermo Hollywood» (id., Argentina, 2004; habl. en español). Dir.: E. Pinto. Int.: B. Maya, M. Desiderio, M. Pal, E. Nieva, M. Adjemian.
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Hay algo que molesta más en el policial «Palermo Hollywood» que la elementalidad de su libro, la pobreza de sus ideas o lo rudimentario de su realización. Lo que irrita es que se haya recurrido a un tema tan sensible para la sociedad de hoy, como el secuestro (y, en el caso del film, seguido de muerte), como vía argumental para escenificar un conflicto que, de otra manera, la película no sabe encontrar.
Porque, todo el resto, es la burda descripción de arquetipos urbanos sin relevancia dramática, que sólo se definen por los ambientes donde se mueven y las cosas que dicen de sí mismos o que los otros dicen de ellos, con diálogos que por momentos llegan a alcanzar, involuntariamente sin duda, la dimensión kitsch del cine de Armando Bó e Isabel Sarli (aunque sin esa gracia, desde luego). Joven rico y joven pobre, unidos en una misma banda delictiva por razones diversas, cometen asaltos y toman cerveza y droga.
Accidentalmente, el rico está secretamente enamorado de la hermana del pobre, una intriga que tal vez atraparía la atención del espectador si estuviera bien expuesta desde el comienzo. Sin embargo, hace falta abundar en tantas otras cosas: dramas familiares, noches de perdición, asedio de la policía, corrupción de políticos. Hasta que viene el momento del «trabajito» con el secuestro, encomendado por el cerebro de la banda (Edgardo Nieva), un personaje al que llaman, con la sutileza de todo este film, «el puto». El gran misterio de «Palermo Hollywood» es desentrañar las razones por las que la Warner Bros, un hecho inédito, decidió distribuirla. M.Z.
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