22 de agosto 2000 - 00:00

"PASIONES OCULTAS"

L a idea de este film es interesante: una mujer vive dos vidas y no sabe cuál es la real. Es más, tampoco parece querer saberlo hasta que se enamora de un hombre diferente en cada una de ellas. Cada vez que Demi Moore se duerme en la Provenza francesa -donde es Marie, una reciente viuda con dos hijas pequeñas que escribe críticas de libros para «The New York Times»- despierta en Nueva York, donde es Marty, una importante agente literaria. Y viceversa. El problema es que los guionistas no saben muy bien qué hacer con esa idea. Podrían haber hecho un film fantástico, por ejemplo, pero prefieren sugerir que se trata de «un caso de personalidad múltiple», a través de uno de los psicólogos de la protagonista (tiene uno en cada vida, por supuesto). Fundamentalmente, ya desde la producción, se eligió tomar las cosas demasiado en serio, a partir de la elección del director: Alain Berliner (el mismo de la sobrevalorada «Mi vida en rosa», sobre un niño que quiere ser niña) en su primera, encorsetada, incursión hollywoodense. Es él el que no encuentra el registro adecuado para esta historia que hubiera ganado mucho con un poco de humor. Así como está, no deja de ser atractivo ver a Demi Moore en dos actuaciones correctas que, sin embargo, no convencen en conjunto. Y sobre todo, tiene su interés querer saber qué es lo que está sucediendo realmente.
Por lo demás, hay demasiadas pretensiones y unas cuantas paradojas. La principal: si se ha buscado una metáfora sobre la mujer dividida entre la responsabilidad familiar y el éxito profesional, ni
Marie ni Marty tienen demasiados problemas con sus vidas respectivas, empezando por los envidiables lugares en los que viven y que, dicho sea de paso, están fotografiados con verdadera delectación. Tal como se los muestra (a contrapelo de lo que se dice) es difícil creer que alguien desee despertar de cualquiera de esos dos sueños. Por eso y otros detalles, lo peor de «Pasiones ocultas» es el desenlace. Mientras Berliner decide simbolizar un poco para imprimir, al fin y al cabo, su sello «de auteur» al producto, el guión desata la consabida catarata de explicaciones psicologistas que ponen cada cosa en su lugar, es decir, terminan de arruinar del todo la buena idea original.

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