«Buscando a Pirandello», «Cada uno a su modo», de L. Pirandello. Adap.: C. Gandolfo. Dir.: C. Gandolfo. Il.: R. Traferri. Esc.: C. Gandolfo. Int.: L. Cerdá, N. Diana, D. Orso, M. Bertolini, E. Bonel, V. Moreteau, M. Zago, A. Franco, S. Blanco Luis. (Actor's Studio Complex, Corrientes 3571).
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"Cada uno tiende a casarse para toda la vida con una sola alma, la más cómoda, pero después, fuera del honesto techo conyugal de nuestra conciencia, tenemos amoríos con todas nuestras almas desechadas que están relegadas a los subterráneos de nuestro ser, de las que nacen actos y pensamientos que no queremos reconocer o rechazamos, sin saber de dónde vienen, y así, obramos sin saber por qué." (Luiggi Pirandello.)
Esta frase del amigo de Doro, uno de los protagonistas de «Cada uno a su modo», es la base del juego de espejos que desarrolla la pieza que Carlos Gandolfo ha estructurado como una especie de caos aparentemente desorganizado, que sin embargo, analizado en cada una de sus partes, tiene una lógica. Como el hombre de «Uno, ninguno y cien mil» o como el padre de «Seis personajes en busca de autor», las criaturas parecen contradecirse permanentemente.
Pero cada una de las almas que las habitan tiene sus razones. Cada ser es una multitud, cuyas voces resuenan en su mente. Si no alcanzamos a entendernos a nosotros mismos, ¿cómo es posible que podamos entendernos con otros? Renunciando al mundo material, porque la verdadera felicidad se encuentra en el mundo espiritual, responde el autor.
Gandolfo incluye en uno de los intermedios un relato de los libros sagrados hindúes en el que Arjuna es instruido por su dios, que lo exhorta a permanecer en su morada interna, completamente apartado del mundo exterior, cerrando herméticamente las puertas del cuerpo, que son las avenidas de los sentidos.
Pero los personajes de la pieza continúan en el caos que deviene de tratar de imponer sus opiniones, juzgando la realidad conforme a la visión parcial que cada uno tiene de acuerdo con el momento en el que vive. La experiencia es apasionante, aunque de difícil acceso. Pero las obras de Pirandello, que se adelantaron a su tiempo y aún hoy pueden ser consideradas de vanguardia, no fueron aceptadas dócilmente por los espectadores de su época, que a veces llegaron a los puños.
La misma extrañeza domina hoy al público, que en ocasiones se ríe de lo que sucede en escena, aunque en el fondo lo gane un cierto malestar. Carlos Gandolfo ha desentrañado el pensamiento del autor italiano y ha logrado expresar las contradicciones, de lo que resulta un espectáculo extraño y provocador.
El elenco de jóvenes actores se desenvuelve satisfactoriamente, con un parejo nivel, aunque por el peso de sus personajes se destacan Duilio Orso y Lucio Cerdá. Otros puntos a favor merecen la escenografía del propio Gandolfo y el diseño de iluminación de Roberto Traferri.
También, la magnífica banda sonora, los maquillajes y el vestuario. Como todo creador verdadero, Pirandello se adelantó a su tiempo. Es tarea de los maestros correr el riesgo de poner en escena espectáculos que abran nuevos caminos. Gandolfo aceptó el reto, y los espectadores inteligentes no podrán menos que agradecérselo.
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