7 de marzo 2001 - 00:00

También en España reconocen a Siquier

Obra de Pablo Siquier.
Obra de Pablo Siquier.
(06/03/2001) En 1997, en el proyecto de muestras de artistas argentinos jóvenes, se organizó en el Museo Nacional de Bellas Artes una exposición de Pablo Siquier (1961); dos años más tarde, como curador por la Argentina, el Museo envió sus obras a la Bienal del Mercosur; a fines del año 2000, fue uno de los 30 argentinos invitados a la I Bienal Internacional de Arte de Buenos Aires.


Hoy, ese reconocimiento a los valores de su obra coincide con el del Comité del Museo Reina Sofía de Madrid, dirigido muy profesionalmente por el historiador y crítico de arte, Juan Manuel Bonet, que resolvió la incorporación a su patrimonio de una obra de Siquier.

«Es difícil decir a qué remiten los signos de mis obras»
, ha dicho el artista. Sus telas muestran un oficio obstinado, riguroso y, al mismo tiempo, sensual, y pueden ser vistas como emblemas independientes y mosaicos reordenados. Son emblemas independientes, porque no utilizan imágenes acuñadas, tradicionales y no se refieren a hechos ni situaciones comunes. Son mosaicos reordenados, porque las figuras que los forman están separadas, en una disposición más suelta y abierta.

Las obras iniciales de esta etapa de Siquier, pintadas en 1989-'90, traen un solo emblema por cuadro, para decirlo así. Luego, son varios los emblemas -dos o tres por tela-, y aparecen repetidos según una estricta simetría. En verdad, la reiteración asomaba ya en la serie anterior, aunque ceñida a la figura única que ostentaba cada tela. Además, las obras suelen llevar un marco pintado que faltaba en las otras, hecho que debe leerse como consecuencia a la reiteración establecida por el artista, quien se siente obligado a poner límites a la sucesión acompasada de sus símbolos; límites que, al mismo tiempo, sugieren una infinitud posible de imágenes.

Sus telas evocan mapas, señales de tránsito, ornatos de la vieja arquitectura y de ciertos objetos metálicos, blasones, antiguos códices americanos -pensemos en los mayas y los aztecas-, datos del constructivismo moderno, siempre readaptados y combinados por el artista. El uso de colores neutrales, fríos, robustece el impacto y la atracción de estos jeroglíficos seculares que, sin embargo, no piden ser descifrados.

Espacio

Pero Siquier, como es obvio, no sólo lleva adelante una indagación de las formas, sino que plantea enunciaciones conceptuales, que tienen que ver con una verdadera redefinición del espacio material en pos de la fundación de un espacio artístico que suponga, en definitiva, un lugar público de entendimiento, un sitio social de participación y de comunicación.

Y es aquí donde intervienen las nociones de repetición y multiplicidad, que particularizan la emblemática de
Siquier. El ha admitido la influencia en su obra del músico de vanguardia norteamericano Steve Reich, en sus dos aspectos, «la reiteración de un elemento mínimo», y la búsqueda de una «situación sensible pura».

En términos de arte o sociología del arte, multiplicidad y repetición no son sinónimos, si bien comparten el significado de la abundancia, de lo cuantitativo.
Siquier crea un movimiento continuo que lleva de la multiplicidad a la unidad, a lo inteligible, reintegrándole al arte -como quiso Duchamp-su desdeñada capacidad de razonar.

Las obras de
Siquier parecen inscribirse en alguna vertiente de la geometría sensible. Pero lo geométrico es auxiliar, relativo: no implica la obra, sino que es implicado en (y por) la obra, que persigue otras metas finales. Rectas, curvas, ángulos, aparecen despojados de su valor intrínseco, perdidos en un todo que no reconoce a sus partes, situación robustecida por el hecho de que los emblemas de Siquier son pintados en perspectiva, como volúmenes. Es mayor, en todo caso, la afinidad con el minimalismo escultórico, de base obviamente geométrica, pero Siquier también escapa de esa tendencia, tan dependiente de la producción industrial.

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