7 de marzo 2001 - 00:00
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Obra de Pablo Siquier.
«Es difícil decir a qué remiten los signos de mis obras», ha dicho el artista. Sus telas muestran un oficio obstinado, riguroso y, al mismo tiempo, sensual, y pueden ser vistas como emblemas independientes y mosaicos reordenados. Son emblemas independientes, porque no utilizan imágenes acuñadas, tradicionales y no se refieren a hechos ni situaciones comunes. Son mosaicos reordenados, porque las figuras que los forman están separadas, en una disposición más suelta y abierta.
Y es aquí donde intervienen las nociones de repetición y multiplicidad, que particularizan la emblemática de Siquier. El ha admitido la influencia en su obra del músico de vanguardia norteamericano Steve Reich, en sus dos aspectos, «la reiteración de un elemento mínimo», y la búsqueda de una «situación sensible pura».
En términos de arte o sociología del arte, multiplicidad y repetición no son sinónimos, si bien comparten el significado de la abundancia, de lo cuantitativo. Siquier crea un movimiento continuo que lleva de la multiplicidad a la unidad, a lo inteligible, reintegrándole al arte -como quiso Duchamp-su desdeñada capacidad de razonar.
Las obras de Siquier parecen inscribirse en alguna vertiente de la geometría sensible. Pero lo geométrico es auxiliar, relativo: no implica la obra, sino que es implicado en (y por) la obra, que persigue otras metas finales. Rectas, curvas, ángulos, aparecen despojados de su valor intrínseco, perdidos en un todo que no reconoce a sus partes, situación robustecida por el hecho de que los emblemas de Siquier son pintados en perspectiva, como volúmenes. Es mayor, en todo caso, la afinidad con el minimalismo escultórico, de base obviamente geométrica, pero Siquier también escapa de esa tendencia, tan dependiente de la producción industrial.




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