Osqui Guzmán: un viaje hacia lo más íntimo de los artistas de circo

Espectáculos

Un tema que obsesionó a Fellini y a otros autores, en la mirada de un siglo donde ese espectáculo declina.

¨La vida de los artistas de circo transcurre en la intimidad de sus carromatos, está signada por la búsqueda de fortuna pero lo único que tiene es un destino incierto. El circo pone a los artista en un lugar sublime, pero la realidad los devuelve al pozo de sus peores pesadillas¨, dice Osqui Guzmán, protagonista de ¨El ojo del destino¨, que se estrenó la plataforma online del Teatro Cervantes. Escrita por Francisco Estrada y dirigida por Mariela Asensio, el elenco se completa con Laura Cymer, Agustín Rittano y Lucía Adúriz. Dialogamos con Guzmán.

Periodista: Fellini, Tod Browning, Chaplin o David Lynch, todos han abordado el circo…

Osqui Guzmán: Recuerdo una de Woody Allen, ¨Sombras y niebla¨, donde el payaso que hace John Malkovich está con su esposa y tienen un bebé. Hay una escena tremenda donde el bebé llora y deciden que deben dejar el circo, entonces él, con el bebé que no para de llorar, le dice ´la familia es el fin del artista´. Una de las películas que me resonó mientras ensayaba es ´El último payador´, con Hugo del Carril, que trabaja en el circo de Frank Brown y hacía payadas. Hay un tema hermoso que canta del Carril ´El público no sabe´, y muestra la vida de un artista de circo. Esa película documenta el momento que aparece el tango y el género criollo empieza a morir. Cuenta también esta vida de fracaso de estos artistas errantes.

P.: ¿Hay diferencias entre el circo de mediados de siglo pasado y el actual?

O.G.: No, salvo que al lado de las carpas de hoy podemos encontrar una 4X4 para transportar las cosas y antes eran caballos o una chata fuerte como la Ford. Pero la vida del cirquero es la misma. Conocí carpas por dentro cuando fui invitado a un circo en Myanmar, Birmania, tras una dictadura de 50 años. Unos compañeros trabajaban ahí y vivimos sus funciones, con todas las vicisitudes de artistas franceses, alemanes y birmanos. Pude trasladar ese clima inhóspito que se vive atrás de una carpa de circo a la obra. Hoy los circos están en situación de olvido, pero resisten porque quienes arman las compañías saben que es un género que nunca va a morir.

P.: ¿Qué hay del clima de época en la Buenos Aires de los 50 en contraste con la actualidad?

O.G.: En la obra el circo está anclado en Azul. En el pasado ese hábitat era más amable para los artistas que llegaban. Primaba el descampado, ése era el paisaje natural de la provincia de Buenos Aires. Hoy las construcciones hicieron que allí una carpa de circo resulte más bizarra o como de cotillón. Antes era más glamoroso.

P.: ¿De qué trata la obra?

O.G.: Mi personaje es el que descubre que hay un presagio que se está por cumplir y lo obliga a irse ese mismo día. Siente que la suerte lo está haciendo cambiar el rumbo y quiere arrastrar con él a la bailarina, una artista en pleno derrumbe, alcohólica y adicta. Quiere llevarse a todos para cambiar el destino pero la suerte está echada para ellos y ven que deben quedarse donde están. Mi personaje es un soñador, y cuando la acción de la obra la lleva un soñador es difícil que el éxito sea su destino porque los soñadores no tienen los pies sobre la tierra y se ven arrebatados por los conflictos. Todo lo emparchan para llevar adelante un sueño y no una realidad.

P.: ¿Qué otros rasgos tiene su personaje?

O.G.: Hace de todo: lanza cuchillos a una mujer con ojos vendados, hace magia, es prestidigitador, hipnotiza a alguien del público, en fin. Mi personaje se llama Virgilio, en alusión a Virgilio Expósito, compositor de tangos y pianista, cuyo hermano fue Homero Expósito. Ambos se criaron huérfanos. Mi personaje es un desamparado y convive con Florial, que hace mención al tanguero Florial Ruiz. Hay clara alusión a los tangueros de los 40 y el aroma de esos nombres se traslada al material. Mi personaje además hace ventriloquía y habla a través de Petorutti, su muñeco. La directora Asensio optó por que el muñeco fuera encarnado por una actriz y que tuviera presencia allí donde solamente Virgilio lo escuchaba. Así se cumplía con solvencia el soñador. Mi personaje tenía así a quién echarle la culpa, al muñeco, porque le hacía hacer todo y por eso su plan había fracasado. Ese fue el gran hallazgo de la obra y nos obligó exponer una poética de la actuación, a evocar elementos o discursos muy diferentes de una actuación realista para zambullirnos en un ejercicio de estilo.

P.: El teatro debió regresar 100% a lo virtual, ¿qué sintió?

O.G.: El año pasado me di cuenta de que el teatro por streaming había llegado para quedarse, también con talleres y clases. Es una gimnasia a la que no estábamos acostumbrados y es evidente que tiene su público, que hay gente a la que le hace bien y los artistas no estábamos atentos a eso. Cuando ensayábamos la obra teníamos claro que se iba a filmar, fuimos conscientes del ojo del espectador y actuamos para ese ojo.

P.: ¿Qué puede decir de la situación del teatro?

O.G.: Es desesperante. No hay una salida concreta para la actividad porque nunca fue tenida en cuenta y la pandemia puso eso más en evidencia, desde teatros independientes que cerraron o están por cerrar a actores que abandonaron sus profesiones para subsistir. Lo único que se intenta es bajar algún dinero que ayuda durante un par de meses pero no alcanza, se necesitan medidas de fondo que pongan a la cultura en un lugar de relevancia. No tenemos ese espacio, hay que luchar por él y tienen que escucharnos.

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