Hace más de veinte años, invitamos a Achille Bonito Oliva por primera vez a Buenos Aires, cuando en la Argentina y en los distintos países de nuestro continente surgían propuestas artísticas que tenían como denominador común características coincidentes con la transvanguardia italiana, que postuló desde fines de los '70. Pero siempre sostuvimos que la transvanguardia en América Latina no fue copia sino una continuidad, un movimiento original. Una forma de arte que apareció en un momento de transición hacia nuevas formas, y en una dirección: la de los pintores que volvían a tener la fruición de pintar al óleo sobre las telas.
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Hoy, el crítico y teórico italiano ha vuelto a Buenos Aires, para presentar, en la Fundación Proa, la Transvanguardia italiana, con más de treinta obras de Sandro Chia, Francesco Clemente, Enzo Cucchi, Nicola De María y Mimmo Paladino, los más relevantes del inicio de los '70.
La postura crítica de Oliva (nacido en Salerno, 1939) elude las visiones homogéneas y las lecturas unificadoras. Utiliza el concepto de nomadismo para referirse a esta creatividad que frecuenta todos los lenguajes y técnicas con referencias abiertas en todas direcciones, y se inicia a finales de los '70. La importancia que le otorgaban al oficio y la materia, separa la transvanguardia del conceptualismo. Pero no se trataba de anular lo anterior, sino de recuperarlo resignificándolo, tanto en las temáticas clásicas de la historia del arte como en los recursos formales.
Así lo explicaron Oliva, Sandro Chia y Enzo Cucchi en un Coloquio que organizamos en el Departamento de Arte de la Universidad de Nueva York donde, por supuesto, los artistas renegaban de los críticos -como de costumbrey decían todo lo contrario a lo que proponía Oliva. El tiempo limó las asperezas.
«Puente de ranas sin puente», 1980, óleo sobre tela; «El pintor», 1983, o «Nicht for Richt», 1984, obra de grandes dimensiones en la que retoma la figura clásica del dragón, son algunas de las obras expuestas en Proa, de Sandro Chia (nacido en Florencia, 1946) que experimentaba en torno a la mutabilidad, sin sostener una única mirada y variando sus retóricas.
Otro discurso al que apela Chia es el del arte conceptual, se reconoce en la pegatina de un diálogo escrito sobre una supuesta exposición (los tres personajes son el mismo artista, el crítico y el galerista), en «Pelea de box entre canguros», 1976.
Entre las obras de Francesco Clemente (nacido en Nápoles, 1952), «Historia de mi país», una obra de 1990, interesa particular-mente en su relación con el concepto de nomadismo cultural sostenido por Oliva y por Chandes, curador de la Fundación Cartier en París («Les soirées nomades»). Son 18 pinturas de 23 x 46 cm cada una, realizadas en tinta sobre papel Orissa, que están referidas a los sutras de la India.
Esta serie de imágenes esquemáticas aluden al uso de otro lenguaje,con el que despliega la historiade su país, y no se trata de Italia. El artista construye ese relato como una visión propia y cuestiona la concepción de la historia como un discurso lineal y único.
Una característica de este grupo es su focalización del fragmento, como en «Gran viaje de caza y de guerra», de Enzo Cucchi ( nacido en Ancona, 1949), en la que la atención se mueve desde la figura central hacia un detalle en un extremo inferior de la tela. Nicola De María (nacido en Foglianise, 1954) remite a estados psicológicos infantiles. El lenguaje infantil y la autorreferencialidad lo caracterizan en obras como «Carro que lleva lejos a Nicola», 1978 y «Soy Nicola», 1981.
En Mimmo Paladino (nacido en Benevento, 1948) se reconoce la referencia picassiana, en «El visitante de la tarde», 1985, con reminiscencias de las múltiples series que el gran maestro español desarrolló sobre «Las Meninas» de Velázquez. Las permanentes citas y recuperaciones de este arte neobarroco caracterizan esta postura estética teorizada por Oliva.
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