7 de septiembre 2000 - 00:00

"UN AMOR DE BORGES"

E vocando su lejano y recatado noviazgo con el escritor, recuerda Estela Canto, en su libro de memorias «Borges a contraluz»: «El amor de Borges era romántico, exaltado, tenía una especie de pureza juvenil (...) No era sentimental, sino lírico. Pero yo no podía amarlo.» «Sexualmente me era indiferente, ni siquiera me desagradaba. Gozaba de su conversación, pero su convencionalismo me agobiaba. Sus besos, torpes, bruscos, siempre a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía.» También señala, en otras páginas, por qué ella nunca le quiso aceptar su propuesta de casamiento: «Cuando me apretaba entre sus brazos, yo podía sentir su virilidad, pero nunca fue más allá de unos cuantos besos». «Caminábamos tomados de la mano, nos besábamos, nos abrazábamos, pero él nunca había intentado ir más allá, ni siquiera cuando estaba excitado -y se excitaba como cualquier hombre normal-. La realización sexual era aterradora para él.»
Ese pánico borgeano, incentivado por el férreo control materno, sirve a Javier Torre, en su sexta película, para proponer un nuevo discurso sobre la represión sexual de toda una época. En ese sentido, son eficaces y muy bien puestos los sutiles (o no tanto) choques de poder entre la amiga del escritor y su castradora madre.
Es penosa, en cambio, la escena en que la chica trata de forzar a su enamorado a una especie de prueba prematrimonial. Francamente, no era necesario pintarlo como un verdadero imbécil, pero ésa es apenas una de las abundantes licencias históricas que la película se ha permitido, acaso para escandalizar un poco a los borgianos, o tal vez con la secreta intención de restarle nuevos lectores.
Se aprecia, sin embargo, la bien trabajada caracterización de
Jean Pierre Noher, trabajo relevante que hubiera estado aún mejor planteándose un Borges en la plenitud de sus cuarenta, como era en el momento en que transcurre la historia -un regordete de rápidas salidas y francas carcajadas-, en vez de la figura balbuceante, de movimientos casi seniles, que el film ha dispuesto, pero eso no invalida el trabajo del actor. Se aprecian, también, la fina interpretación de la española Inés Sastre en el papel de Estela Canto, y la cuidadosa ambientación de la directora de arte María Ibáñez Lagos.

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