15 de junio 2006 - 00:00

"Una estrella y dos cafés"

Gaston Pauls es el forastero que despierta el primer sentimiento amoroso en una niñajujeña (Marina Vilte), en «Una estrella y dos cafés», de Alberto Lecchi, quien trata eltema con la delicadeza necesaria.
Gaston Pauls es el forastero que despierta el primer sentimiento amoroso en una niña jujeña (Marina Vilte), en «Una estrella y dos cafés», de Alberto Lecchi, quien trata el tema con la delicadeza necesaria.
«Una estrella y dos cafés» (Argentina-España, 2006, habl. en español). Dir.: A. Lecchi. Guión: A. Lecchi, D. García Molt; Int.: G. Pauls, M. Vilte, A. Gil, R. Fleitas, G. Bertolone, R. Raina, G. Albarracín, F. Flores.

Emociona limpiamente. Como limpio es el aire del pueblo donde se ambienta la historia, allá en la Puna, y los sentimientos de sus personajes, y la mirada de sus autores. Se trata simplemente de una pequeña historia de amor. Pero del primer amor, el más frágil, el que nunca se olvida. El que descubre dentro suyo, por unos días, y por un hombre grande, una chica de doce años.

Asunto delicado, según puede advertirse. Nuestro cine no lo trataba - o no con esta delicadeza- desde hace justo cincuenta años, cuando Leopoldo Torres Ríos dirigió «Edad difícil», con la entonces pequeña Bárbara Mugica fascinada por el profesor que hacía Lautaro Murúa, ante la aflicción de otro niño, Oscar Rovito (azares del cine, luego ambos chicos se terminarían casando en la vida real, y hoy por casualidad la empresa de uno de sus hijos, el productor Pablo Rovito, participa como asociada en este nuevo film).

Alberto Lecchi es quien asume el riesgo. Lo hace en el mismo pueblo, Purmamarca, donde rodó su excelente corto del colectivo «18-J», y con la misma muchachita, Marina Vilte, de compradora naturalidad, que ya había participado en él. También de «18-J» son Gabriela Bertolone, que hace de madre, y Silvia Gallegos, dueña de la pensión donde se alojará un arquitecto porteño residente en Jujuy, vale decir, un tipo medianamente integrado a la zona, pero portando aunque no quiera el mito de Buenos Aires, a más de la pinta y la capacidad de comunicación de Gastón Pauls.

La chica le sirve de guía y no queda deslumbrada, porque es muy viva, pero empieza a sentir algo distinto dentro suyo. Algo que puede quebrarse apenas aparezca la mujer del arquitecto, para colmo una extranjera hermosa y elegante, Ariadna Gil. ¿Y cómo recomponer lo que gente grande ha provocado y quebrado sin darse cuenta?

Ese es el asunto que Lecchi, hombre ducho en el oficio y más aún en la vida, trabaja con muy buena mano, con una modestia que le juega a favor, un coguionista -Daniel García Molt- que sabe de criaturas, lindas actuaciones, toques de buen humor (sobre todo con las observaciones de la abuela, Rosa Raina), música preciosa de Tukuta y Lucas Gordillo, y la lente anamórfica (vulgo superpanorámica) con que Hugo Colace realza la belleza del lugar, incluyendo una noche de luna llena en Salinas Grandes.

Vale la pena. Es de esas películas que parecen chiquitas, pero que llenan el alma.

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