28 de abril 2005 - 00:00

Valiosa biografía de un cruzado del sexo

«La lista de Kinsey»: Liam Neeson como el científico que enfrentó, en los años 40, a los norteamericanos con su propia sexualidad.
«La lista de Kinsey»: Liam Neeson como el científico que enfrentó, en los años '40, a los norteamericanos con su propia sexualidad.
Seguramente la naturaleza misma de sus investigaciones impide que la cabeza del doctor Alfred Charles Kinsey (1894-1956) luzca hoy en lo alto del Monte Rushmore, junto con las de Washington, Lincoln, Roosevelt y Jefferson. Entre 1948 y 1953, sus libros sobre la conducta sexual humana, basados en el resultado de miles de encuestas anónimas que realizó con su equipo en aquel país, representaron una de las revoluciones culturales más profundas de los EE.UU. en el siglo XX (hay quienes dicen que hoy, atenuado ya el impacto de su «Informe», se está volviendo poco a poco a los años pre-kinseyanos).

A fines de la guerra, en los tiempos de su esplendor, Kinsey enfrentó a los norteamericanos con su propia sexualidad con la frialdad y exactitud de lo que él nunca dejó de ser, un científico empirista, cuantificador de hechos, usos y costumbres, que estableció y catalogó ingentes cuadros, tablas y gráficos de masturbación, fellatio, sexo extramarital, homosexualidad abierta o larvada distinguió del 0 al 6 los grados que van del hetero al homosexual), etc. «Muchas veces me pregunto cómo sería hoy este país si los puritanos se hubieran quedado en sus casas, y hubiesen sido los pícaros y los libertinos quienes atravesaran el mar» dice.

Biólogo, psicólogo y entomólogo, las investigaciones de Kinsey comenzaron con los aguijones y alas de las avispas y terminaron con los genitales humanos. Sus críticos siempre le reprocharon que estudió ambas especies como si se tratara de criaturas con la misma psiquis, objeción que parece estar cerca de la realidad. Sus informes no sólo evitan cualquier tipo de sospecha psicoanalítica (hombre de laboratorio, Kinsey siempre despreció a Freud), sino que hasta la sexología también es ajena a las mecánicas y objetivas descripciones de las modalidades copulatorias o de autosatisfacción que estudió.

Este film biográfico que le dedica el director Bill Condon (atención, cualquier broma es vieja: ya las empezaron a hacer antes del rodaje) es realmente interesante y muchas veces profundo en su planteo del personaje, su teoría, y las críticas implícitas a ella. Liam Neeson, que hace unos años fue Schindler, vuelve a elaborar otra lista: ahora la de los millares de norteamericanos perdidos en la oscuridad de su sexualidad, bloqueados, extraviados. Su tarea comienza en los años en los que se creía que dejar fluir algunos centímetros cúbicos de semen al día equivalía a perder un litro de sangre, o cuando se aseguraba que el cunnilingus producía esterilidad, y termina en los tiempos en que una mujer adulta le agradece, conmovida, haber descubierto su lesbianismo.

Algunos momentos son muy divertidos (una anciana, cuando se le pregunta a qué edad descubrió la masturbación, responde: «en mi época no existía, la inventé yo»), y otros realmente trágicos (el caso del perverso que se presenta espontáneamente en su estudio), y que sirven para cuestionar la «teoría» amoral que llegó a extraerse de sus trabajos, según la cual toda práctica sexual podría terminar justificándose.

El film es sensatamente tributario a la vida y obra de Kinsey, pero no oculta las profundas falencias de sus «teorías». Quien mejor las expone, en un momento de dolor, es su discípulo Clyde Martin (Peter Sarsgaard), con quien llega a compartir primero la cama, y luego a su propia esposa (gran composición de Laura Linney), acaso más para obedecer sus conclusiones que su propio deseo. «Usted ha creido que el sexo es una complicada forma de fricción entre los humanos y nada más», le dice. «Pero se equivoca: el sexo lo es todo».

Para destacar, también, la magnífica escena en que Kinsey termina encuestando a su odiado padre (John Lithgow), ese predicador violento, reprimido y represor, a quien descubre en toda su fragilidad y desamparo, pero demasiado tarde.

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