2 de mayo 2003 - 00:00
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Francisco Javier
Periodista: ¿Su relación con Brecht fue cambiando con el correr de los años?
Francisco Javier: Puedo contar muchas anécdotas de mi relación con él. Por ejemplo, que en la Escuela de Teatro de La Plata me dejaron cesante porque hacía mucho Brecht.Y sí, es uno de los grandes autores del siglo XX que más me interesan. Me quedó una impresión muy fuerte de su teatro cuando viajé a Europa por primera vez, en 1957. Estuve tres años viviendo en Francia y aproveché para viajar a Italia, donde estuve trabajando junto a Giorgio Strehler, en el Piccolo Teatro de Milán, durante tres meses. Me tocó presenciar los ensayos de «La opera de dos centavos» en una puesta espléndida y con magníficos actores. Strehler admiraba muchísimo a Brecht y en esa época me acuerdo que se comentaba que Strehler era más brechtiano que el propio Brecht, y que hasta la muerte de éste (ocurrida en 1956) había tomado la costumbre de ir a verlo a Alemania cada vez que tenía alguna duda. También se decía que Brecht se había hartado de tanta consulta.
F.J.:Yo propuse que para esta adaptación tomáramos de modelo una obra de Brecht que conozco muy bien, «La excepción y la regla», que tuve la suerte de montar hace muchos años, con muy buena repercusión de público, en el teatro Payró. Es una obra tan clara y enseña tanto, sin necesidad de recurrir a un mensaje directo o pedagógico. Su idea es la siguiente: no porque las cosas ocurran siempre así, tienen que ser fatalmente de esa manera. Brecht era un hombre sabio.
P.: ¿Qué valores le interesó destacar de esta historia?
F.J.: Su profunda humanidad, la misma que se percibe en los demás «Cuentos de almanaque», llamados así en relación a una antigua tradición alemana. En el siglo XVIII se publicaban con el almanaque diversas historias que dieron origen a un género muy popular. A Brecht le interesaba señalar que muchas veces el tan elogiado sentido común tiene un aspecto bastante negativo. No olvidemos que por aceptar lo que indicaba el sentido común el pueblo alemán terminó eligiendo a Hitler. Desconfiemos de aquellas cosas a las que todo el mundo apoya porque le resulta cómodo. Creo que lo más interesante de esta obra es su propia historia, la de una señora que queda viuda a los 75 años y que realiza una serie de actos de lo más inocentes, pero éstos son juzgados como indignos para quienes la miran desde afuera. Toda la obra de Brecht es muy humana y esta historia ahonda realmente en el fenómeno de la vida y en cómo realizamos nuestro itinerario hacia el final del camino.
P.: Es interesante ver cómo Brecht desmitifica el papel de madre.
F.J.: Sí, lo que escandaliza a la familia y a los vecinos es que esta anciana se atreve a disfrutar de la vida cuando siempre fue una madre muy sacrificada. En un ensayo general que hicimos con público, me sorprendió lo mucho que se reía la gente. Yo apenas esperaba una sonrisa, pero se rieron a carcajadas y eso lógicamente me gustó muchísimo porque Brecht dice que primero hay que divertir y luego «bajar línea». Creo que la gente se identificó con una situación por todos conocida, la de los hijos que siempre tienen algo que reclamarle a sus padres. Pero en otros aspectos la pieza resulta también muy conmovedora.
P.: Quizás por tratarse de alguien, que a edad muy avanzada, pasa sin prejuicios del deber al placer y del sacrificio a la libertad absoluta...
F.J.: Lo maravilloso es que ella hace todas estas cosas con la naturalidad con que vivió sesenta años al lado del marido, crió a sus hijos y dio de comer a los obreros de su taller. Nunca se quejó de nada porque, según ella, sólo hizo lo que tenía que hacer.
P.: ¿Esta historia tiene algo de cuento zen?
F.J.: No por nada Brecht tomó el argumento de «El círculo de tiza caucasiano» de un cuento oriental. él conocía muy bien la literatura de Oriente.


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