6 de agosto 2003 - 00:00
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Téa Leoni y Woody Allen
Periodista: ¿El cine es la obsesión de su vida?
Woody Allen: No, no es así. Uno de los placeres de mi vida, de chico, era ir al cine. De adulto, no sólo seguí yendo al cine sino que me puse a hacer películas. No es una mala manera de ganarse la vida. Pero no me considero un 'elegido' sino simplemente una persona a la que echaron de la escuela y que no servía ni para médico, ni para abogado ni para comerciante, y que salió del paso haciendo cine, tarea que tampoco requiere un gran esfuerzo físico, salvo cuando hay que madrugar en invierno. De modo que me gusta, me gusta mucho, pero no estoy obsesionado. Quiero decir, que si por alguna razón no pudiera filmar más, me contentaría haciendo obras de teatro o escribiendo libros. Me daría lo mismo.
P.: ¿Esta es la más autobiográfica de sus películas?
W.A.: Sólo profesionalmente. Soy un director de cine e interpreto a un director de cine. Pero no estoy tan loco y nunca me demandaron por no terminar una película. Mi hipocondría no llega a ese punto. Soy un alarmista, lo que es algo totalmente distinto. Si tengo un dolor en el cuello o se me rompe una uña, enseguida pienso que es cáncer. Pero nunca me quedé ciego en un rodaje.
P.: «La mirada de los otros» se inscribe dentro del género que se conoce como «cine dentro del cine», entre cuyos ejemplos más notorios está «La noche americana» de su amado Truffaut. ¿Le interesa particularmente ese género?
W.A.: En realidad no me propuse sumarme al tema. Simplemente, primero se me ocurrió la idea de alguien que queda repentinamente ciego y tiene que simular, ante los demás, que no lo está. Primero pensé en un cirujano, después en un boxeador. Y finalmente me decidí, por obvias razones, por un director de cine, aunque mi propósito inicial no era satirizar a Hollywood.
P.: Usted no se considera artista y suele decir que a veces lo consideran así por error. Sin embargo, su obra ya ha inspirado a muchos directores jóvenes, y alguien como John Singleton ha dicho que su obra lo ayudó a encarar el cine con una libertad que nunca había sentido antes.
W.A.: Es gracioso, yo siento exactamente lo contrario. Veo el cine de las nuevas generaciones y reconozco inmediatamente la influencia de Scorsese, de Oliver Stone, de Francis Coppola, pero en cambio no advierto ninguna marca mía en los más jóvenes.
P.: ¿Qué lo llevó a salir del cascarón? Ultimamente, usted fue a la Academia de
Hollywood, a los festivales de Toronto, de Cannes...
W.A.: Fui a Hollywood únicamente por lo ocurrido el 11 de septiembre en Nueva York. Me lo pidieron y sentí que era imposible negarme. Era un homenaje a mi ciudad. No fui da dar premios ni a recibirlos. Mi visita a Cannes fue por razones puramente afectivas. Los franceses elogiaron mis películas durante 25, 30 años. Mis películas se pasaban en Cannes, me invitaban permanentemente y siempre me negaba. No me estaba portando bien con ellos.
P.: ¿Cómo es su público?
W. A.: No pienso demasiado en él porque sé que es limitado, y tampoco tengo una idea clara sobre cómo está compuesto. Pero ese no es sólo un problema mío sino que tampoco mis distintos productores, a lo largo del tiempo, lo supieron mejor que yo. Por empezar, no es un público joven, de eso estoy seguro. Tampoco son neoyorquinos ni judíos necesariamente. Dentro de los EE.UU., me va bastante bien en Minnesota y mal en Chicago. ¿Qué razón hay para ello? En cambio, en Europa me fue casi siempre bien. Y no sólo en Europa, también en el Lejano Oriente y en la Argentina. En Latinoamérica en general me va bien, Brasil, México.


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