Los boliches dejaron de cumplir con algunas normas que les había exigido el Gobierno porteño para su reapertura. Ante la oferta reducida de locales habilitados, se multiplican los clandestinos.
La noche porteña continúa siendo insegura pese a la gran publicidad que tuvo en su momento el cierre masivo de boliches y la reapertura gradual de aquellos que supuestamente cumplían con las normas requeridas para su habilitación. Una gira por la noche porteña sorprende por la multiplicación de boliches clandestinos surgidos de la reducida oferta de locales habilitados. Por el lado de los locales a los que el gobierno porteño permitió funcionar, sigue sin verse que se cumplan todas las nuevas normas.
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Veamos caso por caso: existen cientos de galpones, sótanos y grandes casas viejas tras portones de metal, que de día simulan propiedad cerrada pero de noche funcionan para celebrar fiestas privadas. Por caso, Bedbaires, ubicado en Hipólito Yrigoyen al 900, durante la noche del sábado convocó a una legión de «darkies» y otros clanes. El patovica de la puerta permitía el acceso de todo aquel que mencionara la contraseña de rigor y comentaba, socarrón, por lo bajo: «Esperemos, muchachos, que no caiga la municipalidad porque se termina la fiesta». Los celebrantes zafaron pues no son muchos los vecinos de la zona a quienes molestar y los patrulleros, o bien se abstienen de circular por esa zona o bien no advirtieron el destino final de las masas vestidas de negro y pelos punk.
Una vez dentro, sorprendía la cantidad de elementos prohibidos tras la masacre de Cromañón: banderas colgadas (¿estarían confeccionadas con material ignífugo?), ausencia de salidas de emergencia, ingreso de menores y venta de alcohol a esos menores, decenas de jóvenes portando los típicos atuendos «darkies» que incluyen cadenas, pulserasy cinturones de cuero con pequeños conos de metal punzantes. Recordemos que en todo lugar habilitado se prohíbe el ingreso con metales. Pasemos a los boliches habilitados por el gobierno porteño. Lo que se cumple hasta ahora a rajatabla es el permiso de rigor que debe obtener un boliche para la realización de recitales, caso The Roxy, de Charly García, donde habitualmente toca el músico y el sábado lo hizo Catupecu Machu. Como la mayoría de los boliches (Opera Bay, Barheim, Sunset, Ku Olivos, etc.), The Roxy cumple con el cartel que indica la cantidad de personas permitida y se cuida de respetar esa cantidad. Si bien se calcula que deben ingresar no más de dos personas por metro cuadrado, el hacinamiento es inevitable por la concentración de personas en ciertas pistas y sobre todo en los baños.
• Ausencias
En todos, se ven carteles indicadores de salida, pero no al médico especializado en emergencias ni al bombero profesional, aunque bien pueden estar deambulando camuflados, como para ser hallados fácil y rápidamente en caso de emergencia. Se siguen registrando elementos decorativos como cortinados, amplios telones, sillones de tela, pero quizá tengan el tratamiento ignífugo especial que corresponde. En todos los boliches habilitados hay que atravesar el detector de metales para ingresar pero nunca suenan. Curioso si se tiene en cuenta que todo el mundo ingresa con llaves, cinturones, etc., pero los detectores obviamente se desactivan para no entorpecer el ingreso expeditivo de los clientes.
Si bien se piden documentos para impedir el ingreso a menores de 18, son varios quienes los truchan y logran ingresar. Tampoco se cumple el horario de cierre, que debería ser hasta las 6 de la mañana, por no mencionar los after hours, que abren a esa hora y se extienden hasta pasado el mediodía. A esta altura, el aislamiento acústico para no molestar vecinos es una minucia. Sin embargo, a más de un dueño le preocupa sobremanera para desalentar denuncias indeseables.
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