Suriana Cichero Lalli llegó a Siria en 2018. Tenía 25 años y un motivo para estar allí: conocer a sus parientes. La tierra de sus ancestros ya no era el próspero país que supo brillar en Medio Oriente. Desde 2011 una guerra cruel e inédita lo carcomía. Y aunque lo peor parecía haber quedado atrás, distintas fuerzas locales, de EEUU, Rusia y Turquía aún se disputaban el territorio con grupos terroristas como Estado Islámico y Al Nusra, en un tablero con alianzas cambiantes e intereses cruzados que se sostiene hasta hoy.
Contar la guerra: "Para Bellum", el revelador libro de una argentina en Siria
En 2018, Suriana Cichero Lalli vivió seis meses en Damasco. Durante ese viaje recorrió el país y conoció el conflicto en primera persona. Claves de una novela atrapante.
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Ese baño de realidad hizo que la visita tomara un giro inesperado. Lo que a priori sería una travesía de tres semanas mutó en una aventura de seis meses. Fruto de ella surgió "Para Bellum: un viaje a la guerra en Siria" (Sudestada, 2021), una novela eléctrica y atrapante, donde Suriana da voz a las historias sepultadas por la estadística. "Terminamos siempre viendo noticias amarillistas, donde se nos dice que en Siria hay una guerra civil por cuestiones religiosas, cuando en realidad tiene que ver con una cuestión geopolítica", dice a Ámbito.
Periodista: ¿Cómo te decidiste a viajar a Siria?
Suriana Cichero Lalli: Mi mamá es siria. Vino de muy chica, a los 12 años, y quedó muy arraigada, porque fue una migración forzada. Ella no quería irse. Crecimos en una casa donde ella hablaba árabe, veíamos programas y comíamos comidas de allá. Siempre fue una cultura muy presente en casa, obviamente mezclada con la argentina. Yo crecí con ambas culturas; de grande aprendí el árabe. Siempre tuve ese sueño de visitar Siria y de conocer a mis parientes, que los tenía en Facebook pero no los había podido ver en persona. Además, ya de por sí quería conocer el país de mi mamá. Todo lo que significaba para ella, incluso para la civilización; todas sus antigüedades y su historia. Crecí con las ganas de viajar y conocer. En 2011 empezó la guerra y nos afectó un montón. Recién en 2018 se dio la oportunidad de ir. En principio iba a ser un viaje de tres semanas.
P.: ¿Por qué te quedaste y cuándo te propusiste escribir el libro?
S.C.L.: Primero, por una cuestión de identidad; de revolver cosas que estaban inconclusas para mí. Crecí con la idea de no saber bien de dónde era, con un pie acá y otro allá. Fui, también, para ver con mis propios ojos una guerra de la que no se sabe mucho en occidente, y por ahí eso es intencional. La información que llega está muy sesgada, se sabe muy poco y nada sobre los porqués. Terminamos siempre viendo noticias amarillistas, donde se nos dice que hay una guerra civil por cuestiones religiosas, cuando en realidad, por lo que yo vi, tiene que ver con una cuestión geopolítica. Empecé a ver muchísimas cosas y a tejer los porqués y las cosas que me contaban, sus historias de vida, que son muy duras, y de ahí nació el libro. Fue una experiencia que se dio muy espontáneamente, no viajé con el deseo de escribirlo.
P.: Llegaste a Siria siete años después del inicio de la guerra, ¿cómo definirías el momento del conflicto en el que estaba el país cuando fuiste?
S.C.L.: Como el final de la guerra contra el terrorismo. Cuando llegué, la mayoría de las ciudades sirias ya estaban liberadas por parte del gobierno, que desde 2015 combatió a los grupos terroristas con la colaboración estratégica de Rusia. Me encontré con un país que, si bien estaba bastante tirado abajo, con ciudades completamente destruidas -sin un gramo de exageración-, tenía partes que estaban tratando de ser reconstruidas. Había un ímpetu de sobrellevar lo que había dejado la guerra. Todavía hay ciudades bajo ocupación terrorista; por ejemplo, Idlib, donde están concentrados grupos terroristas. También hay una parte del noreste, cerca del río Éufrates, donde están las bases militares estadounidenses. Ahí también, no casualmente, están las fuerzas kurdas intentando fundar un estado étnico.
P.: Una de las particularidades de la guerra en Siria es lo cambiante que son las alianzas entre las distintas facciones.
S.C.L.: Exacto, se van modificando con el paso de los años, sobre todo la posición de Turquía. EEUU todavía sigue teniendo sus bases militares. Más de una vez anunció, de la mano de Donald Trump, que iban a retirarse pero siguen presentes en una ciudad donde hay pozos petroleros. Rusia tiene sus bases en las costas de Siria, donde está la reserva de gas más grande del mundo. De alguna manera es un tablero geopolítico clave para el porvenir de Europa, más que nada.
P.: Los testimonios sobre el inicio de la guerra hablan de la aparición en los pueblos y ciudades de gente desconocida, sobre todo extranjeros. ¿De qué se trató ese fenómeno?
S.C.L.: La mayoría de los sirios que entrevisté decían eso, que eran caras muy foráneas y ajenas. Barbas pelirrojas, por ejemplo, que en Siria no hay, algo muy propio de los chechenos; barbas muy largas, ropajes que no tenían nada que ver con la cultura siria, un idioma árabe mucho más torcido, como se habla en el golfo. Ahí empezás a entretejer conclusiones, a hilar más fino, y por ahí en un día escuchaba esto tres veces. Los medios no nos contaron nunca -ahora mucho menos porque casi no se habla- de que la mayoría, un 80%, de integrantes de los grupos terroristas son extranjeros, provenientes de Turquía, Arabia Saudita, Qatar. Incluso de EEUU y la Unión Europea. Personas muy ajenas a los habitantes sirios.
P.: Y la interrupción de servicios públicos también fue un preludio de la guerra: hospitales y mezquitas tomadas, suspensión de la recolección de basura…
S.C.L.: Ahí vas viendo cómo se forman los engranajes de la guerra. La señora que cuenta eso decía que su pueblo empezó a estar cercado por grupos que ella y sus vecinos no sabían quiénes eran, con toda la basura acumulada en las calles, porque nadie la levantaba. En un momento ella dice: “Si me preguntaras cómo empecé la guerra, fue así”. Con esa imagen de un pueblo aislado y sucio. Esa fue la célula que dio paso al monstruo que se desató. La mayoría de los sirios dice que, a comparación con otros países de la región, había bastante bienestar. Hay otros que dicen que no, que siempre fue horrible. No dejaba de escuchar todo tipo de opiniones. Si tuviera que hacer un balance entre lo que escuché allá y de mi madre, diría que, comparado con otros países de la región, se vivía mucho mejor.
P.: A la vez, los entrevistados coinciden en que no había una situación social crítica como para que se desatara una guerra de tales proporciones.
S.C.L.: Si tuviera que dar una opinión personal, diría eso. Siria es un país laico, aunque ahora está mucho más radicalizado por la guerra. La impresión que tengo por familiares o conocidos es que por ahí años anteriores vos te juntabas con alguien y no sabías si era musulmán, cristiano o judío. Ahora, si sos de una religión y yo soy de otra, por ahí no tenemos ni relación. Ese odio interreligioso que dejó la guerra hoy está a la orden del día. Mucha gente cuenta que Siria era un país muy seguro, algo que hoy no existe ni por casualidad. Hay una visión romántica de lo que fue Siria en los años anteriores y que hoy no existe más.
P.: En paralelo a la guerra, continuaban los ataques aéreos de Israel.
S.C.L.: Sí, eso pasaba todos los días. Algunos fueron cerca de mi casa. Todo el tiempo bombardeaban el aeropuerto y fábricas de armas del ejército. Israel bombardeaba puntos estratégicos que tenían que ver con el Estado. Eso era habitual: prendías la tele y veías “Israel bombardeó, Israel atacó”. Es algo completamente cotidiano. Hace poco leí un artículo de un portal de noticias sirio, que tiene una versión en español, y siempre aparece Israel atacando. Tengo entendido que atacan porque previamente se sienten amenazados por alguna cuestión. Es algo cotidiano.
P.: También hacés hincapié en la ruptura social que marcó la guerra. ¿Cómo fue ese proceso?
S.C.L.: Más de uno me lo ha dicho: “Acá no se sabe quién es quién”. Te decían eso, que por ahí había que tener cuidado con el vecino, que había vivido al lado de él toda la vida, pero no sabían si era espía de la Inteligencia del Estado o de los terroristas. De repente había que tener cuidado porque había gente que te podía botonear. Cada uno empezaba a tener ciertos recaudos. En Siria ya de por sí es muy difícil hablar de política local con gente por fuera de tu ámbito íntimo. De política local siria se habla con la familia y hasta ahí nomás. No vas a un bar y escuchás hablar de política. Tanto la inteligencia del Estado y de los grupos terroristas o topos estaban todos muy presentes. Muchas veces escuché que la mitad del pueblo sirio espía a la otra mitad.
P.: Los sirios que hablan en el libro detallan la buena relación entre el pueblo y el Ejército, algo ajeno a la historia reciente argentina.
S.C.L.: Es así. Nosotros, por nuestro pasado reciente, tenemos una reacción reacia hacia las fuerzas militares. Quizás es entendible, porque es parte de nuestra historia y hay cosas que saldar, entonces se puede comprender, pero está bueno hacer esta distinción: no siempre ejército es sinónimo de dictadura. Quizás en Latinoamérica sí, pero en Siria es distinto. Ellos tienen un trato distinto. Yo caminaba por calle y estaba todo bien. Por ahí pasaba una abuela y le convidaba un mate a un soldado (NdR: el mate es una de las bebidas más consumidas en Siria). Acá se contaba que el Ejército sirio estaba matando civiles por orden de Al Asad, siempre querían poner en la mira al Estado y, cuando estás allá, te das cuenta de que nada que ver. Hay una profunda unión con el Ejército, porque ellos mismos lo son: sus hijos, sus hermanos, incluso sus hijas, que voluntariamente quieren alistarse.
P.: Uno de los temas centrales de la guerra en Siria es el uso de armas químicas. En el libro te referís a un ataque puntual y hablás de un atentado. ¿De qué se trató?
S.C.L.: Si bien se supo que existió ese atentado con armas químicas, hoy todavía no se sabe quién fue el autor intelectual. Si tuviera que basar mi opinión en lo que escuché tanto allá como en gente que hoy vive acá, yo me inclino a pensar que fue un atentado de falsa bandera para seguir inculpando al Gobierno sirio y que EEUU tuviera la justificación adecuada para intervenir. Es el mismo guión que se usó entre otros países de la zona. Por ejemplo, Irak, donde inventaron lo de las armas de destrucción masiva para después invadir. Hoy en día Irak es un estado fallido y se comprobó que no había armas de destrucción masiva.
P.: ¿Los entrevistados tenían ganas de hablar cuando los abordabas o se mostraban reticentes?
S.C.L.: Tenían ganas de hablar, totalmente. No pude hacer entrarlos a todos en el libro, pero la verdad es que la gran mayoría tenía ese deseo de acercar su historia. Nadie en el mundo sabe qué les pasa a ellos. Creo que vieron una posibilidad de exportar sus historias y desahogarse, porque no están siempre contando lo que les pasa.
P.: ¿Tuviste miedo en algún momento del viaje?
S.C.L.: Tres veces. Una fue en un taxi. Era la primera vez que me subía. Yo ya había aprendido cómo hacer para regatear, dónde parar y a tratar de hablar el árabe más sirio posible. El tipo se dio cuenta de que era extranjera y empezó a tirar de la cuerda. Me hacía preguntas cada vez más íntimas. No sabía si era un topo de inteligencia o un viejo verde; no sabía bien qué hacer. Me empecé a desesperar porque veía que el taxi agarraba calles oscuras. De repente agarró una autopista. Después paró a una prostituta y la invitó a subirse. Pensé que era alguien de los grupos terroristas buscando una mujer para festín. Pensé que me secuestraba. Después pasó por un retén y habló con un soldado. Encima Google Maps no funciona allá. Estaba con el corazón en la boca. Al final se dio que hizo otro camino y me dejó donde yo quería. Me bajé con toda la bronca y le di un portazo. Encima fue en el primer mes de viaje.
P.: ¿Y las otras dos?
S.C.L.: La segunda vez yo estaba en el departamento que alquilaba. De repente se empezaron a escuchar tiros. No sabía si era una pelea callejera. Eso pasaba en la puerta de casa y, como yo no tenía ventanas, ni siquiera podía ver qué pasaba. Eso me dio miedo, porque al no poder ver imaginaba cosas peores. La tercera fue el último día del viaje, que tuve problemas con la visa. Tuve que ir a una ciudad recién liberada. A los dos meses de que yo entré a Siria se dio esa batalla. Ahí tuve que ingresar para pagar la multa por tener la visa vencida. Era una ciudad que pendía de un hilo, porque que aunque estuviera recientemente liberada, no significaba que estuviera liberada del todo. Podían seguir habiendo atentados o peleas callejeras entre bandas. Cuando llegué al portón de la ciudad, que vi banderas terroristas en las paredes, me cagué toda. Era una especia de ciudad fantasma. Las caras de las personas eran como de zombies, era gente que estaba muy mal. Todos los edificios estaban tiroteados, llovía a cántaros. Era horrible. Yo iba con un desconocido, un funcionario que me acompañó. Rogaba que nadie me hablara, quería hacer el trámite e irme. Era una oficina de migraciones para pasar por tierra a Jordania.
P.: Te reuniste con el embajador de Siria en la Argentina, ¿cómo fue ese encuentro?
S.C.L.: Todavía no leyó el libro porque se lo entregué ahí mismo. Creo que todo lo que va a leer le va a resultar bastante cercano y familiar. Entiendo que eso sucedería de esa manera. Habrá una visión compartida.
P.: Cuatro años después, ¿qué balance hacés del viaje y del libro? ¿Volverías?
S.C.L.: Me encantaría volver. Hay historias que quedaron en el tintero; muchas que no pude incluir por falta de espacio. Hay historias muy increíbles, que nada tienen que ver con la cosa morbosa que a veces se espera de los libros de guerra. Si bien son complejas, trato de no abordarlas desde ese lugar, que es muy simple, carece de contenido y posiciona a las personas en un lugar muy desagradable, como gente que le pasó algo duro y solo tiene el llanto. En realidad hay muchas más cosas que contar y revelar. Sé que no va a faltar oportunidad de volver.
P.: ¿Por qué optaste por el formato novela?
S.C.L.: Al principio iba a ser algo meramente informativo. Después lo convertí en una novela. Me pareció que está bueno porque hace que el lector se sienta más cerca; que imaginen en primera persona lo que se siente estar ahí. Esa una de las devoluciones que me dieron, que es fácil imaginar las cosas que están leyendo. Fue una experiencia dura, porque escribirlo fue volver a viajar. Fue volver a hacer el viaje, pero en mi escritorio de Parque Patricios. Yo soy muy noctámbula y me gusta escribir de noche. Revivir esas experiencias a las tres, cuatro de la mañana, a veces me resultaba duro, pero creo que valió la pena.
*"Para Bellum, un viaje a la guerra en Siria" se consigue en Librería Sudestada o a través de las redes Cichero Lalli.





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