Opiniones

Innovar sí, pero no a cualquier costo

Aunque los países más avanzados en robótica e Inteligencia Artificial (IA) tienen actualmente las tasas más bajas de desempleo en muchos años, nuestra región presenta características diferentes.

Para analizar el devenir evolutivo del hombre y la progresiva incorporación de herramientas y máquinas, cada vez más complejas, a su vida cotidiana, en 1930 Lewis Mumford hace foco en el término técnica remontándose a Aristóteles y su Ética Nicomáquea.

Siguiendo al célebre sociólogo norteamericano, dada la consolidación de la Primera y Segunda Revolución Industrial, el avance de la técnica no tiene vuelta atrás, porque el ser Humano ha desarrollado un conjunto de saberes prácticos ajustados a una razón verdadera -la ciencia- que le reportan bienestar y eficiencia.

Mumford no llegó a conocer la Tercera Revolución Industrial, signada por la explosión de las tecnologías de la comunicación, Internet, la convergencia de servicios y soportes; en definitiva, la Sociedad de la Información y el Conocimiento. Pero no se equivocaba al sentenciar que la evolución de la técnica, devenida en tecnología, no tenía freno.

De hecho, hoy asistimos a una nueva Revolución Industrial, la cuarta, que se caracteriza por el desarrollo de máquinas inteligentes cuya capacidad, hasta hace poco, era exclusivo dominio de nuestros cerebros. Al mismo tiempo, la economía de este siglo está basada en el conocimiento, y el máximo valor que una persona puede aportar a un proceso productivo es, sin dudas, intangible, porque surge de sus rasgos más humanos: creatividad, empatía, solidaridad y sentido común.

En un contexto como este, es esperable que suenen voces de alarma, porque los temores son usuales cuando atravesamos cambios disruptivos. A los seres humanos nos cuestan los grandes cambios, y mucho más cuando ponen en jaque saberes y procesos de aprendizaje que nos ha llevado mucho tiempo incorporar. No obstante, es bueno observar algunos detalles acerca de cómo impactan los cambios tecnológicos en diferentes latitudes.

Aunque los países más avanzados en robótica e Inteligencia Artificial (IA) tienen actualmente las tasas más bajas de desempleo en muchos años (Alemania, China, Japón, Estados Unidos y Corea del Sur), nuestra región presenta características diferentes.

En el prólogo del libro Inteligencia Artificial y trabajo. Construyendo un nuevo paradigma de empleo Ekkehard Ernst, Jefe de Políticas Macroeconómicas de la OIT, explica que nuestra región presenta singulares cualidades en relación con la incorporación de IA en el trabajo debido a las diferencias en la especialización sectorial, la dinámica demográfica o los gustos de los consumidores. A ello puede agregarse que las asimetrías de desarrollo presentes en América Latina conllevan, al menos, dos grandes desafíos.

El primero, vinculado a la puesta en agenda de esta temática desde una mirada inclusiva y protectora de los derechos. Vale decir: nuestra historia y nuestro presente nos obligan a no innovar de cualquier modo ni a cualquier precio.

Menos aún, si se toman como referencia los indicadores regionales. Según el estudio La tecno-integración de América Latina, publicado el año pasado por el Instituto para la Integración Latinoamericana del Banco Interamericano de Desarrollo (INTAL-BID) y Latinobarómetro, 77% de los trabajadores de la región ven en la tecnología una amenaza.

El segundo aspecto por considerar viene dado por el proceso de alfabetización y sensibilización, que sólo puede aplicarse a partir de una comprensión profunda del fenómeno disruptivo que vivimos. Al respecto, cabe agregar que el estudio de INTAL-BID citado señala que sólo el 22% de las empresas latinoamericanas piensa incorporar IA prontamente.

En este sentido, la reciente iniciativa de la Federación Argentina de Empleados de Comercio y Servicios (FAECyS) de crear el Instituto de Inteligencia Artificial para el Nuevo Desarrollo Argentino convocando, para ello, a quien más sabe de estos temas en la región -Gustavo Béliz- resulta un doble aliciente: por un lado, incentiva al sector privado a no dejar pasar el tren; por otro, viabiliza una relación indispensable para que la modernización laboral argentina funcione; empresas, sindicatos y Estado deben dar juntos el salto, para lograr que la revolución tecnológica sea por y para mejorar la vida de las personas y el bienestar general.

En el sector privado el avance de la Inteligencia Artificial (IA), permite avizorar una creciente transformación de los trabajos. Aunque algunos tiendan a desaparecer, surgen otros, y también se reconfigura la relación entre las personas y las máquinas. Sobre esto, la mayoría de los pronósticos fatalistas han fallado en sus predicciones.

Por ello, en vez de seguir intentando adivinar el futuro, es mejor enfocarse en: a) analizar el impacto de la innovación tecnológica en las tareas que componen los trabajos y, b) aprovechar los beneficios de la IA para que se puedan mejorar las condiciones laborales de muchos trabajadores, tal como recalcan los expertos que estudian el impacto de la tecnología en el trabajo.

Estos dos objetivos nos permiten construir un nuevo paradigma laboral inclusivo con el que dejamos de ser autómatas, y damos a las máquinas las tareas rutinarias, mecánicas y repetitivas. Humanizar al trabajador del siglo XXI, ese es un buen horizonte al que apuntar.

En el plano global, tal como señala Ernst en el citado prólogo, economistas y politólogos de las más variadas procedencias analizan seriamente -y, en casos como Italia, entre otros, implementan- intervenciones como la renta universal, o los ingresos básicos, en el entendimiento de que el flujo de capital y trabajo en estos tiempos debe ser compensado por acciones concretas desde el Estado.

Medidas como esas, u otras, pueden ser puestas en debate en Argentina. Pero no parece sensato resistirse a esta nueva ola de innovación disruptiva. Como latinoamericanos, podemos intentar un camino de regulación al estilo europeo, o mirarnos en el espejo de los Estados Unidos. Incluso, debemos estar atentos a lo que ocurre en China. Pero llevarle la contra a Mumford no parece buena idea.

Si pretendemos ingresar con el pie derecho a la Cuarta Revolución Industrial, hace falta educar pensando en la permanente interacción de los y las trabajadoras con las tecnologías disruptivas como la IA y la robótica. Reducir la brecha digital y alfabetizar en TICs deben volverse prioridades del sector público, junto con empresas y universidades, que tienen que estar a la altura del proceso de reconversión y adaptación de los trabajadores, cuyo desempeño estará signado por la capacitación constante.

En este sentido, resulta más que auspicioso que en el ámbito del sindicalismo argentino se inaugure un Instituto pionero en el mundo, destinado a capacitar en la innovación disruptiva que traen consigo fenómenos como Big Data, Machine Learning, y toda la gama de procesos automáticos generados por algoritmos.

Se trata de un ejemplo concreto del comienzo de un tiempo de adaptación a un nuevo paradigma, en el que los propios representantes de los trabajadores quieren ser parte del cambio, para que éste sea protectorio. Ojalá este avance se concrete con sentido humanista, para aprovechar mejor la ola, pero con un lema que declame “Innovar sí, a cualquier costo, no”.

(*) Co-director del Laboratorio de Innovación e Inteligencia Artificial de la Facultad de Derecho de la UBA.

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