La encerrona con la que Francisco Pizarro logró capturar al poderoso emperador inca Atahualpa, el intento de su liberación por el servicio secreto incaico, y su asesinato es el centro de la imponente novela de Rafael Dumett “El espía del Inca” (Alfaguara). El peruano Dumett, lingüista, docente, dramaturgo y guionista, está radicado en Fiddletown, California. En su breve visita a Buenos Aires para presentar su obra y dialogamos con él.
Rafael Dumett: al servicio secreto del inca
El narrador peruano presentó en el país su novela que enfrenta a Atahualpa y Pizarro.
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Periodista: ¿Buscó que el lector quedara atrapado por las dimensiones geográficas, políticas y sociales del imperio?
Rafael Dumett: Durante un par de años estuve investigando el mundo inca sin saber realmente adónde iba, sorprendiéndome de cómo era que sus personajes y leyendas no son aún parte de la literatura universal. De esa exploración surgió, entre otras muchas, la historia de Salango, un tejedor y lector de quipus, miembro del servicio secreto del incariato, al que el general Cusi Yupanqui, del gran ejército del Imperio inca, le ordena encontrar los medios para rescatar al inca Atahualpa atrapado por unos extraños barbudos que llegaron montados en una especie de llamas gigantes, y que poseen unos tubos donde habita el dios del trueno y el relámpago. Se refería a los conquistadores españoles comandados por Pizarro. A pesar de que el inca pagó por su liberación un rescate de un cuarto repleto de oro y otros dos de plata, tras ocho meses de encierro, fue asesinado y sepultado. La novela cuenta por qué fue infructuoso el intento de salvar al inca.
P.: ¿Sus modelos fueron las crónicas de Betanzos, las novelas de Arguedas, de Le Carré, “El nombre de la rosa” de Eco?
R.D.: Provengo del teatro, soy dramaturgo, y el diseño de la novela es escénico. Por más que se maneje por oleadas de pasado y presente, el hecho presentado tiene que suscitar un acto en tiempo real, con tensiones, objetivos que se contraponen, y diversos puntos de vista. Eso en el pasado se llamaba novela total, y ahora novela polifónica. Cuando estudiaba teatro en la Sorbona un profesor me insistía tienes que usar todas las armas con las que cuentes, la investigación, la evocación, tu propio pasado, las estrategias de animación, todo lo que te permita comprender al personaje, meterte en su piel sabiendo que nunca podrás comprenderlo enteramente. El personaje tiene que mantener su cuota de misterio, de imprevisibilidad, porque así es la naturaleza humana. Cuando puedas anticipar por completo lo que un personaje va a hacer o decir es porque has hecho mal tu trabajo, algo allí se ha esclerosado, ha muerto. Para mantener con vida al personaje tiene que sostener ese grado de imprevisibilidad tanto para vos como para el lector o el espectador.
P: La historia incaica tiene resonancias shakespearianas…
R.D.: Soy seguidor de Shakespeare y de Peter Brook, un profesor que montaba regularmente a Shakespeare. Mi maestra de Tragedia Griega, que leyó la novela, me dijo: todos tus personajes son trágicos; no son divinos, cometen errores y de una posición muy alta caen por su falta de visión y por sus culpas a un lugar abismal. Esa caída tiene la hermosura, el impacto estético que provoca la empatía, la catarsis.
P.: En los once años que le llevó “El espía del Inca”, ¿no sintió que estaba escribiendo sobre la realidad inmediata?
R.D.: Con frecuencia, pero busqué quedarme entre noviembre de 1532 y julio de 1533, que la inmediata política, económica, social del Perú y de América Latina en lo posible no interfiriera mi trabajo, si bien estaba tratando de un legado, de cuentas pendientes que datan de siglos. Fenómenos que desde la perspectiva limeña pareciera que no ocurrieran. Hay una serie de cosas que ocurren al interior del país y que en Lima no se detectan, así es como Pedro Castillo llega a presidente. Que Castillo sea presidente al llegar el Bicentenario es casi justicia poética. Algo así pasó con mi novela. Fue rechazada durante ocho años por la industria editorial porque no era comercial. Cuando salió en una editorial independiente se volvió el libro más vendido en Perú, y ahora es publicado por una gran editorial para toda América Latina.
P.: Su libro muestra una autocracia expansiva, cuando lo típico es hablar de lo religioso o del “imperio socialista de los incas”.
R.D.: Hay una serie de clichés, de esoterismos, que son meras idealizaciones. Imaginamos a nuestros ancestros no cómo realmente fueron sino cómo nos hubiera gustado que fueran. La realidad aparece no sólo en lo que hay de glorioso sino también en lo que hay de oscuro, de negativo, y ambas cosas están interconectadas, y esa es la única forma de ponernos verdaderamente en contacto con nuestros ancestros. En cuanto a Louis Baudin, cuando aplica la categoría de socialismo le pone un sambenito que no corresponde históricamente a lo que han sido los incas. Yo he utilizado la investigación histórica reciente y más exhaustiva sobre cómo ocurrieron las cosas realmente. Pero, “El espía del Inca” es una novela y debe defenderse como tal.
P.: ¿Por qué cree que Vargas Llosa nunca escribió sobre el mundo incaico?
R.D.: Nuestro Premio Nobel desprecia los pueblos originarios, los considera primitivos. Sostiene que tenemos que estar agradecidos a la conquista española. Sus comportamientos en términos políticos obedecen a los de un nacionalista español.
P.: ¿Ahora qué escribe?
R.D.: Una saga que transcurre en el siglo XX, inspirada en Eudocio Ravines, un propagandista, escritor y político peruano completamente olvidado. Fue un alto comisario político de la Internacional Comunista y tuvo enorme poder y participación en eventos cruciales del siglo pasado. Participó en cuatro golpes de Estado, fue desterrado siete veces, estuvo detrás de la Invasión de la Bahía de Cochinos. Giró y se convirtió en propagandista de la CIA, tuvo conocimiento directo de la Operación Cóndor. Muestro que las fidelidades eternas son una ficción y que en la realidad los personajes rígidos pocas veces existen.




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