18 de mayo 2005 - 00:00
"Aprendí mucho de viejas e innovadoras cineastas"
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Walter Schobert vino a dar un seminario sobre vanguardias
de los ’20, y dice que también hubiera querido dictar otro sobre
Lotte Reiniger («la maestra del cine de animación»),
entre otras mujeres que admira.
Periodista: Su última visita fue en 1997, cuando trajo los cortos de cine publicitario que Ingmar Bergman hizo en los '50 para una marca de jabón...
Walter Schobert: Unos avisos admirables, casi metafísicos, de los que él reniega. No, otra vez estuve apenas un día, visitando a Paulina Fernández Jurado en Cinemateca Argentina. Una mujer extraordinaria, muy luchadora. Me partió el corazón saber que ha muerto. Justo traía una rareza de Murnau, que le hubiera gustado conocer.
P.: ¿Aquella vez vino solo para ver a Paulina?
W.S.: En realidad iba de paso para el festival de Valparaíso, donde tengo una historia muy singular. La primera vez que fui, apenas comenzada la democracia, ningún estudiante me hacía preguntas en público. Recién después se me acercaban, de a uno.
Entre ellos, uno que hacía preguntas muy inteligentes, y tenía una linda novia alemana, y ahora es el director del festival. Puedo agregar que ahora tiene una novia chilena, todavía más linda.Y yo sigo con la misma traductora, muy reconocida en todo Chile.
P.: ¿Y su noviazgo con el Museo de Cine de Frankfurt, donde fue director?
P.: Vio sus películas cuando niño.
W.S.: No, entonces estaba olvidada. Recién supe de ella cuando grande, en Cinemateca Francesa. Enseguida me puse a investigar. Todos me decían que había muerto, quizás en Londres. En 1970 yo era pastor evangélico. Pues bien, organicé una excursión parroquial a Londres, así aprovechaba para seguir investigando. Ahí también, todos me dijeron que había muerto. Hasta que encontré a quien fue el productor de sus últimos cortos, casi veinte años atrás, y me dijo que estaba viva. El me la presentó. Y ella agradeció, porque estaba muy ensimismada, acababa de enviudar. Cuando dejó el cine, en 1954, se había pasado al teatro de títeres (en su caso, mejor diríamos de figuras recortadas), y durante varios años presentó entremeses en un festival de opera, incluso escribió algunos libros. Bien, cuando la conocí (fue la primer entrevista de mi vida) ella vivía como una viejita de un cuento de hadas, rodeada de todas sus figuras, el cigarrillo y el papel en una mano, la tijera en la otra, todo el tiempo haciendo figuras. Lo único que podía hablar, era de cómo expresarse con esas tijeras. A mi regreso convencí a un exhibidor, difundimos sus películas, y la hicimos nuevamente famosa. Fue como una segunda carrera, porque incluso volvió a filmar.
P.: Perdón, ¿dijo que era pastor evangélico?
W.S.: Todavía lo soy, si usted quiere casarse. Mi parroquia estaba en Munchberg, lo que llamamos «la Siberia de Baviera».
P.: Usted también recuperó la memoria de Oskar Fischinger, otro maestro de la animación.
W.S.: El era sencillamente un genio. Sesenta años más tarde, todavía nos quedamos sin palabras al ver sus obras. Pero pocos en Hollywood se interesaron en verlas, y ahí quedaron, guardadas en unas cajas. Quien luchó por rescatarlas y restaurarlas fue su viuda, una mujer maravillosa, charmante, con un enorme poder de convicción. Era increíble oírla, sentir cómo lo admiraba. Eso que también debe haber sufrido mucho con él, porque era un hombre egoísta, que vivió de la familia. Otra mujer que también conservó todo lo de su esposo y luchó por difundirlo fue la viuda del pintor y cineasta Guido Seeber, una mujer terrible, que hasta fumaba en pipa. He aprendido mucho de esas viejas mujeres alemanas, que tuvieron un destino bastante complicado, innovadoras que sufrieron exilio y hambre con sus maridos, y luego, viudas de 80 años, tenían más fuerza que yo con 40. Yo a medianoche ya me quedaba dormido, y ellas seguíananotando sus recuerdos y tomando su copita. Otra igual de fuerte, que además no tenía pelos en la lengua, era Lotte Eisner, la autora de «La pantalla demoníaca» (o « diabólica», según la primera edición argentina). A menudo le bastaba una sola frase para calificar la obra de un autor joven con tanta acidez que después uno no podía ver esa obra sin sonreírse maliciosamente. Pero también sabía reconsiderar sus puntos de vista. Por ejemplo, primero, creo que por envidia, desdeñó la actuación de la hermosa Louise Brooks en «Lulú», y después vio de nuevo la película y escribió que se había equivocado. Terminaron, más que amigas, hermanas, porque Louise también era igual de maldita. Si no, lea lo que escribió sobre Humphrey Bogart.
P.: Terminará escribiendo un libro sobre las grandes viudas del cine.
W.S.: No estaría mal, pero, ahora que recuerdo, estoy jubilado. No quiero escribir más, he iniciado una nueva vida. Aunque, es cierto, el retrato de Louise Brooks sigue sobre mi escritorio. Lo tengo desde hace años. La adoro, es una diosa. Y mi mujer debió aceptarlo.
Entrevista de Paraná Sendrós



