4 de septiembre 2007 - 00:00
Arte y arquitectura unidos en una muestra
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Obra de
Clorindo Testa,
quien comparte
con Miguel
Baudizzone,
Jacques Bedel y
Justo Solsona
una muestra que
ratifica la
excelencia de
los cuatro tanto
en la
arquitectura
como en el arte.
Solsona presenta obras vinculadas con el expresionismo abstracto: pinta sobre el suelo y logra chorreados con cierta nostalgia de columnas de arquitectura. Ha expuesto telas de grandes dimensiones, que no son proyectos ni dibujos de arquitectura, y aunque las obras no surgen explícitamente de su profesión, las imágenes se vinculan con ella, como las columnas griegas que se derrumban. No pinta con pinceles sino que utiliza escobas y acumula gran cantidad de materia sobre las telas en las que insiste con el color negro. El clima que generan estas telas está relacionado con paisajes que materializan la crisis actual. Por ello, las pinturas de Solsona se conectan con el neoexpresionismo representado entre otras figuras por el artista alemán Hans Hartung. En este artista como en Solsona, que también escribe, surge muy marcada su sensibilidad por la poesía y la literatura.
En la posguerra, en Nueva York avanzó un movimiento pictórico nuevo, la post-abstracción expresionista cuyo puntal fue Jackson Pollock. También Robert Motherwell, Willem de Kooning y Barnett Newman, Rothko y Gottlieb. El crítico Clement Greenberg sentó las bases teóricas para toda esta propuesta que luego se transformó en una tendencia, y además, puntualizó las directrices comunes que formaron el marco de ese movimiento artístico norteamericano, que en su libro «Avant Garde Attitudes» lo llama actitud, no una mera retórica: fuerzas que colisionan entre sí generando hechos artísticos diferentes. Entre ellos, podríamos ubicar a Justo Solsona.
Clorindo Testa expone obras que presentan el cuadriculado de Buenos Aires. A partir de la ciudad y sus manzanas, los números y las letras de las cuadriculas se integran y forman palabras. En su conciencia imaginativa las representaciones arquitectónicas y las artísticas ocupan el mismo lugar, de manera sucesiva pero también simultánea. El «Autorretrato con la peste» es la presentación del artista-arquitecto, que elaboró una mímesis de su práctica real como arquitecto, exaltando los hechos estructurales en su relación con el entorno: el urbanista, dentro de su esfera de acción, debe considerar al azote de la contaminación en las grandes ciudades.
Testa reactualiza una larga tradición, literaria y real, acerca de las pestes. El cambio arbitrario del medio ambiente puede desatar catástrofes peores de las que narran los libros de historia, al describir las plagas que asolaban al mundo hace seis siglos. En «La fiebre amarilla» (1991) remitía a los estragos de la fiebre amarilla en Buenos Aires, en 1871, con rigurosa economía de medios, y señalaba la degradación urbana de nuestro tiempo. Las camas de esa instalación representan una sala de hospital desierta. Están hechas con estacas de madera, que tal vez sugieren otros tantos tableros de dibujo, porque las sábanas que las cubren son de papel y tienen cintas negras, que aluden a la muerte.
A veces su obra retoma episodios reales o míticos, que le son ajenos, pero él los hace propios, al transformarlos, por medio de su imaginación, en obras de arte o arquitectura. Sus creaciones son siempre autobiográficas porque él las incluye en el marco de su propia vida.




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