20 de enero 2001 - 00:00

Campbell: "La acción sin buen drama detrás no sostiene un film"

Martin Campbell
Martin Campbell
Los Angeles - Aunque en Estados Unidos se debatía acerca de si «Vertical Limit» («Límite vertical»), protagonizada por Chris O'Donnell, alcanzaría los récords de taquilla de las grandes superproducciones de acción, los comentarios que antecedían la nueva película de Martin Campbell también se dirigían al hecho de que éste era un film con una impronta dramática no siempre presente en géneros de acción y aventura.

El mismo director que llevó a la pantalla «La máscara del Zorro», con Antonio Banderas y Catherine Zeta Jones, y «Goldeneye» de la serie de James Bond, incursionó esta vez en las películas llamadas «de montaña», todo un género de por sí cuya filiación se remonta al cine mudo alemán de los años 20.

Campbell
recurrió a algunas películas clave para estudiar los diferentes tratamientos que se hicieron en el género y buscar nuevas alternativas.

El director de «Límite vertical» decidió tomar «Cliffhanger», dirigida por Renny Harlin y protagonizada por Sylvester Stallone, lanzada en 1993, último exponente del género y tal vez la más popular. Campbell acudió también al film «K2», de Frank Roddam, que narra las peripecias de un grupo de alpinistas al intentar escalar el segundo pico más alto del mundo.

«Límite vertical» transcurre en ese mismo escenario, el de la cadena montañosa del Himalaya, siendo el K2 la cima codiciada por los alpinistas de este film. Martin Campbell, de origen neocelandés, eligió su país para filmar la película, aunque en la ficción se la sitúe en el territorio alpino que comparten China y Pakistán.

El director encomendó además a su staff la lectura del libro «Voices of the summit» («Voces de la cima») que con un relato exhaustivo narra las experiencias de los alpinistas más renombrados del mundo. Los actores de la película, puestos bajo un entrenamiento de cuatro semanas antes de comenzar a rodar el film, reconocen que el libro fue de gran ayuda para comenzar a imaginarse cómo es interpretar a un escalador.

Este diario conversó en Los Angeles con Campbell:

Periodista: La película da la idea de que los alpinistas sufren algo parecido a una adicción. ¿No resulta un tanto inverosímil?


Martin Campbell:
Es así, y mucho más de lo que podría creer alguien que nunca haya trepado más que una escalera mecánica. El alpinista que entrenó al staff de actores asegura que cuando los escaladores retornan de una misión, especialmente las peligrosas, o las que tuvieron algún accidente, juran que no volverán a hacerlo, pero finalmente terminan regresando. Está en la naturaleza de los alpinistas el riesgo y el peligro, y allá arriba se sienten más a gusto que en cualquier otra parte.

P.: ¿Es verdad que Chris O'Donnell le tiene fobia a la alturas o fue sólo un buen chiste publicitario?


M.C.:
Es verdad. Mucha gente tiene miedo a las alturas. Yo mismo estaba aterrado. No es tan sencillo leer la sinopsis y ver allí K2 como destino de filmación cuando uno le tiene miedo a las alturas. Sin embargo hay muchos más elementos, los helicópteros, el frío insoportable.

P.: El actor fue su primera elección, ¿Hubo reparos de parte de la productora?


M.C.:
Fue mi primera elección y fue aceptada aunque no coincidiera con la idea que tenía la productora. A decir verdad ellos no insistieron en ningún actor en particular así que cuando acepté el proyecto O'Donnell quedó pautado. No me gustan los clichés al estilo «esta es una película para Tom Cruise», yo imaginaba alguien con un plus que inspirara una mezcla de sensibilidad e inocencia.

P.: ¿Por eso lo eligió a Chris O'Donnell?

M.C.:
Creo que tiene los rasgos físicos que imaginaba y a la vez la cuota emocional que subyace en la historia. No se trata sólo de alpinistas sino de una historia fuerte entre hermanos con un pasado imborrable, un hombre que perdió su mujer en las alturas y acepta el desafío de escalar para reencontrarse con ella.

P.: ¿Qué fue, además de lo específicamente «montañista», lo que lo atrapó de la historia?


M.C.:
Me gustan los argumentos en donde hay decisiones extremas que pueden justificarse sólo cuando uno está bajo condiciones atípicas, y que no pueden imaginarse enmarcadas en una sociedad civilizada. El hecho de que seis personas arriesguen su vida por otros tres, impulsados por el sentimiento de un alpinista que no escala hace años, con el afán de rescatar a su hermana, no puede darse fácilmente en la vida ordinaria. Tienen enormes chances de fracasar, pero la presión de la situación extrema los lleva casi por inercia.

P.: También hay decisiones poco cotidianas, pero en el orden moral.


M.C.:
Estoy convencido de que todo lo que se ve podría ocurrir en la vida real. Hay un libro llamado «Funny Air» que cuenta una tragedia en el Everest, es excelente, sobre todo porque transmite cómo en situaciones extremas es casi natural la toma de decisiones terminales. Con ese libro las acciones se comprenden sólo en una situación de supervivencia.

P.: Pero el mismo productor de la película dijo que todo esto no podría ocurrir fuera de Hollywood.


M.C.:
Bueno, quizás él se refiera a otra cosa. Yo diría que nada de lo que hicimos podría hacerse fuera de Hollywood. El presupuesto que requiere un film de acción y aventuras, comenzando por la cláusula legal de que hay que asegurar a todo el equipo, no puede lograrse sino en Hollywood. Pero tengo mis discrepancias sobre lo inverosímil que pueda resultar la historia. Más bien enfatizo que cada escena puede llegar a tener lugar en situaciones extremas.

P.: ¿Y no es demasiado temeraria la decisión que toman los alpinistas de llevar bombas de nitroglicerina para facilitar el rescate de los que están atrapados en el pozo?


M.C.:
Admito. Ahí todos coincidimos en que fue un poco exagerado el recurso.

P.: Usted rodó escenas muy arriesgadas pero, lógicamente, también recurrió en numerosas tomas a la digitalización de la imagen. ¿Qué buscaba que no hubiera podido lograr con el sistema tradicional?


M.C.:
La digitalización sirve para embellecer y hacer todo más real pero no puede reemplazar la astucia de un ángulo acertado o un plano ocurrente. Ayudó muchísimo cuando dos de los personajes tienen que quedar colgados del acantilado sin más que el vacío, o cuando Chris salta de una montaña a otra. Hay digitalización en el paisaje o en las tomas de avalancha.

P.: ¿Cuánto tiempo le llevó el rodaje? ¿Cumplió con las fechas?


M.C.:
En este tipo de películas lo más común es que no se pueda filmar ateniéndose al plan de rodaje, lo cual implica pérdida de tiempo y en consecuencia de dólares. Perdimos 22 días y filmamos 151 a pesar de mi obsesión por aprovechar al máximo el tiempo. Y esto ocurre porque todo el tiempo se juega con las sorpresas que depara la naturaleza. Hubo escenas que filmamos en una carpa que las realizamos en el lobby del hotel porque el mal clima impedía hacer otra cosa.

P.: ¿Qué elemento natural fue el peor enemigo?


M.C.:
Sin duda siempre es el agua. Pero en este caso fue el agua en todos sus estados: nieve, aguanieve, llovizna, vapor de agua. Y, por supuesto, cuando necesitábamos que nevara naturalmente, el cielo estaba celeste, el sol brillaba radiante y debíamos recurrir a la utilería.

P.: ¿Cuál fue la toma más difícil de concretar?


M.C.:
Vuelvo a la toma de esos dos personajes que quedan colgados del vacío porque tiene la lógica de que se resuelve algo para que se desarregle otra cosa y así hasta su resolución final. Tardamos cuatro días en una escena que dura diez minutos pero lo más complicado fue lograr las expresiones que yo había imaginado en los actores en medio de una lucha permanente con lo incómodo de sus movimientos corporales. Isabella sostiene a su compañero de un brazo y ella está a la vez colgada de un gancho. Como se podrá imaginar, no es muy confortable expresar en ese estado, además, otro tipo de emociones.

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