Edmundo Rivero, un cantor no común: "Perder una ilusión, hiere. Perderlas todas, mata"

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Un 8 de junio de 1911 nacía un cantor que ya es un mito argentino, Edmundo Rivero.

Voz indiscutible del tango, guitarrista, compositor y emisario del lunfardo, Edmundo Rivero nació un 8 de junio, hace 111 años.

Su voz grave, pero aterciopelada, no obtuvo la adhesión unánime. Pero sí, la de una gran mayoría de su pueblo.

Pero hay un aspecto que nos parece más valioso y donde todos estuvieron de acuerdo. Fue en cuanto a su hombría de bien. Porque Rivero fue un hombre que llegó por gravitación de su valía artística. Él sabía que “quien se inclina para subir, siempre subirá inclinado”.

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Como a Héctor Palacios y Charlo, le sucedió a Rivero una circunstancia no común: que algunas piezas musicales cantadas por él, el gran público las identificó con su intérprete, más que con sus verdaderos autores. Como el tango “Sur”, por ejemplo, que es de Troilo y Manzi, que parece ser patrimonio de Rivero. Tal el caso del tango “Remembranzas”, identificado con Héctor Palacios. O “Nostalgias”, asociado con Charlo.

Hay un país en el Caribe, que figura políticamente como Estado libre, asociado a Estados Unidos: Puerto Rico. Es pequeño, pintoresco y de clima tropical. Tiene unos tres millones de habitantes, que en su mayoría hablan castellano.

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Hace unos años y con motivo de la aparición de mi cuarto libro, una inesperada carta llegó a mi domicilio en Adrogué. Venía de Puerto Rico, precisamente. La Secretaría de Cultura de ese país, me invitaba a disertar en la Capital: San Juan de Puerto Rico.

Quince días después, volaba hacia allí. Al llegar, ya la primera emoción. Por los altavoces del aeropuerto, se difundían canciones de distintos países latinoamericanos.

Y estando todavía en la Aduana, me pareció oír los acordes de un tango. Si. Era nada menos que “Sur”, con la voz inconfundible de Edmundo Rivero. ¡Y estaba en Puerto Rico! Y en el almuerzo, ya en el hotel, otra grata sorpresa, Rivero estaba allí, personalmente.

Superando mi timidez –nunca había hablado con él, más que algunos breves minutos en algún canal de televisión- me acerqué a su mesa para saludarlo. Me recibió ya no sólo como compatriota, sino con la calidez de los espíritus nobles.

Le conté el episodio del aeropuerto de Puerto Rico, con su voz entonando “Sur”. Recuerdo que me dijo con su modestia auténtica, porque los que son grandes realmente, no necesitan exhibirse:

-Sí. Difunden esa grabación, porque estoy actuando aquí por una semana y necesitan promocionarme para sumar público al recital.

-Puede ser ese el motivo, le dije, pero el disco ya lo tenían ellos.

-Sí. Eso es verdad, terminó aceptando.

Charlamos mucho todos esos días e hicimos varios paseos juntos. Me contó que había nacido en Pompeya, cerca del Riachuelo. Que luego vivió en Belgrano, en Buenos Aires. Que fue concertista de guitarra, ¡Egresado del Conservatorio Nacional! Y que era profesor de historia, profesión que jamás ejerció. Que ya tenía 33 años cuando Horacio Salgán lo invitó a incorporarse a su orquesta.

Accidentalmente, Salgán lo había oído cantar “Caminito” de Filiberto por la antigua Radio Cultura, me contaba. El resto es demasiado conocido.

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Después cantó tres años con Troilo, del 47 al 50, reemplazando a Marino. Y luego su proyección, triunfal –teniendo casi 40 años- como cantor solista.

Pero no deseo hacer su biografía.

Posteriormente, ya en la Argentina nos encontramos con Rivero muchas veces. La última, será para mi recordable. Estando en Mar del Plata en febrero de 1984 –él murió dos años después-, sonó el teléfono de mi departamento.

-Le habla Edmundo Rivero.

-¿Cómo te va Rivero? le respondí algo sorprendido. Nunca me había llamado por teléfono.

-Quiero charlar un ratito con vos, Narosky.

-¡Cómo no!, con mucho gusto.

Y ya frente a dos tazas de café me dijo:

-Dentro de ocho días, presento aquí en Automóvil Club de Mar del Plata, un libro que he escrito. Quiero que lo leas y que lo comentes en ese acto. Y Te pido un favor: Si no te agrada, decilo públicamente. Pero si mi libro te satisface, en ese caso, prefiero que hagas un examen del mismo y de la tesis que desarrollo. Pero no me elogies. Soy muy tímido... En fin.

Y este ídolo total de Buenos Aires, fue un ser humano cabal, que formó un hogar espiritualmente sano con su esposa Julieta y sus cinco hijos, tuvo principios morales e incorruptibles y de auténtica dignidad.

Y recordando aquel encuentro nuestro en Puerto Rico, en el que casi sin conocerme, me entregó lo más valioso que un ser humano puede brindar a otro, su afecto de hombre de bien, llegó a mi mente este aforismo: “Acerquémonos al desconocido. Y no será desconocido...”.

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